Ildefonso Rodríguez Villar
Puntos breves de meditación
sobre la vida, virtudes y advocaciones litúrgica
de la Santísima Virgen María
26ª edición, Valladolid, 1965

Sufrimientos y penas. -Él corazón es la sede, hemos dicho, o el símbolo al menos del amor… y, por lo mismo, ha de serlo también del dolor. -Él corazón que ama, es el que sufre…, hasta el punto que la medida del amor más fiel y seguro, será siempre la intensidad de sus dolores y sufrimiento.

Él Corazón de la Virgen había de ser un corazón de Madre, pero de Madre Dolorosa… y por eso su Corazón aparece siempre traspasado con una Cruel y penetrante espada. -¡Cuánto sufrió este Corazón benditísimo!… ¿Quién lo puede rastrear siquiera?

Antes de la Pasión, como conocía perfectamente todo lo que los profetas habían dicho de su Hijo y habían anunciado grandes padecimientos para salvar a los hombres, su Corazón se encontraba siempre inundado de dolor. -Ya, en la cuna de Belén, al ver la pobreza y miseria de la misma, junto con el desconocimiento y desprecio que por parte de los hombres acompañó al nacimiento de su Hijo…, ¡qué dolor tan profundo sentiría su delicado corazón maternal!… Sigue los misterios de la vida de Jesús y verás cómo a cada uno de ellos, corresponde un nuevo dolor en el Corazón de la Virgen.

Las inquietudes de la huída y del destierro en Egipto..” la pérdida del Niño… y antes su Presentación en el Templo, con la profecía de Simeón…, todo esto ¿no era el preludio terrible y penosísimo de las angustias espantosas de la Pasión?… -Cuando ésta llegó, es cuando aquel Corazón fue convertido en un océano inmenso de aguas amarguísimas.., fue entonces la realización de la profecía de Simeón, por la que la espada del dolor penetró en él como en ningún, otro corazón humano.

Síguela, aunque ya lo hayas hecho en otras meditaciones…; síguela muy de cerca…, penetra en su Corazón y trata de percibir algo de aquel sufrimiento espantoso de la Virgen, cuando vio a Jesús en la columna de la flagelación hecho una. llaga a fuerza de azotes..,; al contemplarle como Rey de burlas con la corona de espinas, la caña y la púrpura andrajosa…; al escuchar los gritos de aquel pueblo…, ¡el pueblo de Dios!…, ¡el pueblo escogido que venía suspirando siglos y siglos por el Mesías!

Acompaña a la Virgen en su subida al Calvario… ¡Qué generosidad la suya!… Pero, ¡qué dolor!… Ella ha de presenciar las más crueles y espantosas escenas…, las repetidas caídas bajo el peso de la Cruz…, los martillazos horripilantes para atravesar aquellos pies y aquellas manos…, la erección de la Cruz con la imagen desfigurada por el dolor y sufrimiento de su Hijo…; luego, las tres horas largas de agonía. -¿No has visto muchas veces, cuando se alarga la agonía de un ser querido cómo se llega a desear que acabe y muera cuanto antes, porque el corazón no puede resistir aquel espectáculo de agonía prolongada?… Pues, ¿qué sería el Corazón de la Virgen en la agonía de su Hijo?

Y después, al escuchar sus palabras…, al darse cuenta de aquel trueque que hacía de hijos…, dejando al hijo divino por el hijo ingrato y pecador, cuya Madre comenzaba a ser…; al verle expirar al contemplar con horror la escena de la lanzada y ver cómo se rompía aquel divino Corazón, rompiéndose, a la vez, el suyo por la fuerza del dolor…; en fin, cuando ya le tuvo en sus brazos y por última vez le apretó contra su Corazón y se retiró en la tristeza espantosa de aquella noche a llorar su soledad, ¿qué inteligencia…, ni qué corazón será capaz de abarcar y comprender cuánto fue aquel sufrimiento del Corazón de la Virgen? -Detente mucho en esta consideración y trata tú de medir algo siquiera la magnitud de este dolor…

Sus causas. -La primera de las causas que más contribuyeron a atormentar el Corazón de la Virgen, fue su amor ardiente a Dios…, el deseo tan grande y eficaz que tenía de procurar su gloria y de que todos los corazones de los hombres se la diesen… y, por lo mismo, el horror tan espantoso que la causaba todo pecado, viendo en él un enemigo de Dios y de las almas… que además del daño que a éstas producía, trataba de producírselo- también a Dios, atacando todas sus perfecciones.

No llegaremos nunca a comprender bien lo que todo esto atormentaría el Corazón de la Virgen, porque es muy distinto nuestro amor al suyo… y por eso, unas veces somos nosotros mismos los que pecamos y así ofendemos a la Majestad de Dios…, otras vemos los pecados de los demás, con cierta indiferencia, sin lanzarnos a reparar y desagraviar… o, si podemos, a trabajar con todas nuestras fuerzas para evitar o disminuir al menos esos pecados…, y, finalmente, por falta de ese verdadero amor a Dios, no nos entregamos a su servicio y a su gloria como debiéramos…, y no le damos nuestro corazón con generosidad.

No entendemos cuál sería el dolor y sufrimiento del Corazón de la Virgen al ver entonces y después los corazones de los hombres, posponiendo la misma gloria de Dios a sus caprichos y pasiones.

Otra causa fue el amor que nos tenía a todos… y porque nos amaba con un amor semejante al que tenía a Dios mismo, el deseo ardentísimo que tenía de nuestra salvación y santificación. -Mira lo que hicieron algunos santos…, podemos decir que todos, por la salvación de sus hermanos… Recuerda a un San Pablo padeciendo y sufriendo tanto en sus viajes apostólicos y llegando a desear ser maldecido y anatematizado si fuera necesario, por la salvación de las almas… A un San Agustín, que de un modo semejante, escribe: «Yo no quiero mi salvación si vosotros no os salváis»… A un Javier a quien todo sufrimiento le parecía nada con tal de salvar un alma… Y así todos los apóstoles…, todas las almas santas… Pues, ¿cuál sería el amor de la Virgen que conocía mejor que nadie el valor de un alma?…, el amor que Dios la tiene y, por lo mismo, que Ella también la había de tener, amándola con un amor sólo inferior al de Dios, pero muy superior al de todos los santos y apóstoles.

Semejante a esta causa o derivándose de ella, viene la tercera, que fue el conocimiento que tenía de la vida, pasión y muerte, de su Hijo…. Para cuántas almas iba a ser inútil  la Redención!… ¡Qué pocas iban a santificarse con la sangre tan generosamente derramada por el Cordero Divino… y  vería cómo habían de pasar los siglos, como han pasado ya veinte hasta ahora, y aún la mayor parte del mundo sería pagano… y el mismo mundo cristiano y católico, viviendo casi en su totalidad paganizado… y hasta las almas consagradas especialmente al servicio de Dios, serían muchas veces las que más herirían el Corazón de su Hijo… ¿Cómo no había de sufrir con todo esto el Corazón de la Santísima Virgen? . ¿Y para eso, diría, ha derramado mi Jesús toda su sangre.., para que Siga triunfando el paganismo…, el odio a Dios…, la indiferencia y la frialdad por sus cosas…, el egoísmo y la sensualidad y el amor propio por todas partes?…

Su gravedad. -Y ahí tienes indicadas también las razones de la gravedad extrema…, de la acerbidad infinita, en cierto modo, de los sufrimientos del Corazón de Ma­ría. -Sufría como Madre de Dios y Madre de los hombres…, como Corredentora del mundo…; por eso su dolor no era un dolor humano;.., por eso no podemos nunca llegar a entender ni a imaginar la profundidad y extensión de este dolor.

Jesús, según el Profeta, debía ser el «Varón de dolores…, convertido en un gusano despreciable…, en el deshecho de los hombres»… Así debía ser el Redentor…, de este modo debía de llevar a cabo su obra Pues, ¿cómo sería la Corredentora?… ¿No había de ser, necesariamente, la «Madre del dolor?… Ella no había de sufrir en su cuerpo tormentos físicos…, pero por eso mismo todos, los sufrimientos necesariamente habían de acumularse en su Corazón…

Ya hemos dicho, como dicen los Santos Padres, que todos los padecimientos que Jesús sufrió en su Cuerpo Sacrosanto, Ella los sufrió todos, uno por uno, en su Inmaculado Corazón. -Este Corazón, traspasado tan cruelmente por durísima espada, será siempre el modelo de las almas que sufren… y a la vez el dulce consuelo y el divino bálsamo que las anime y aliente en sus dolores.

Aprende a mirar, en tus sufrimientos, a este dolorido Corazón… ¡Cuántas cosas puedes y debes estudiar y aprender allí… -Muchas veces verás que tú has sido la causa de sus padecimientos…, que en tu conducta indigna y miserable miles de veces clavaste esa espada en el Corazón de tú Madre. -Debes ver también la obligación que tienes de expiar, con tus sufrimientos, tus pecados y los de los demás… -Ma­ría no pecó y, sin embargo, expió… ¿Pues tú, qué debes hacer?:.. Quizá huyes del dolor…, rebelándote contra. Dios cuando justamente te castiga… ¿no huyes siempre de la Cruz? -En fin, mira cómo has de sufrir… y Si sabes mirar bien a ese Corazón traspasado, esa mirada endulzará todas tus penas y sufrimientos, pues entonces comprenderás lo dulcísimo que es el sufrir por Dios en compañía y a imitación del Corazón de la Santísima Virgen.

Pídela muy seriamente y fervorosamente, no que te quite el sufrimiento, sino que te enseñe a ennoblecer…, a divinizar tus penas, comunicándote los méritos de las suyas…