Una Epopeya misionera

El precio de una apostasía

P. Juan Terradas Soler C. P. C. R.

Se denigra a España -a título de critica objetiva e imparcial- “porque, dicen, queda rezagada en el avance técnico”. ¡Qué hipocresía! Muchos otros pueblos están técnica y, sobre todo, culturalmente mucho más bajos que el español, y, sin embargo, la impiedad no los llena de baldones como a España. Naciones conocemos todos, en que la miseria más negra asola sus comarcas, las taras más vergonzosas las deshonran, y el gran mundo, no obstante, parece no darse cuenta de sus problemas. ¿Por qué? Porque estas últimas han sabido endosar la ideología de la Revolución. Y, así adornadas, aparecen hermosas y graciosas a los ojos de masones y judíos, líderes del mundo moderno, y -no hay que olvidarlo- a los ojos de los católicos izquierdistas.

¡La camisa revolucionaria y liberal lo cubre todo…!

Que España se revista de prenda tan “sagrada”, haciendo traición a su historia y a su Dios, y recobrará el prestigio ante el mundo entero. Ya se vio en el corto período de 1931 a 1936, cuando los españoles empezaron a ser más “comprensivos”…

Si día tan malhadado y sacrílego se repitiera de nuevo, veríamos a los unos y a los otros empezar a hablar de España con interés. Las revistas progresistas se desharían en elogios sobre el “dinamismo” de los católicos españoles. Los gerifaltes más destacados del liberalismo harían de Madrid uno de sus lugares de cita para sellar sus famosas alianzas y para elaborar sus geniales planes de restauración social.

Los liberales hispanoamericanos, a su vez, vendrían con gran amor a estrechar entre sus brazos a la “Madre Patria”, “que empezaría a adaptarse al siglo”; y anudarían con ella lazos de perpetua amistad, prendas de una futura hispanidad liberaloide, colmo de sus más íntimos anhelos. Oigámosles echar el veneno por su propia boca:

“Si el noble país de nuestros progenitores hubiera conquistado su libertad como nosotros, desde 1812, por ejemplo, se habría elevado en breve al rango de gran potencia europea, y la práctica de las instituciones libres le habría inspirado un sentimiento de inteligente benevolencia, aceptando desde temprano nuestra emancipación, como un hecho irrevocable y fecundo, del cual se podía sacar un partido inmenso. Entonces habría surgido, por la fuerza de las cosas, una grande confederación social de España y sus antiguas colonias, fundada en los principios de la libertad, la independencia, la comunidad de régimen constitucional, literatura, historia, religión, lengua, raza, etc., y la mutualidad de concesiones y ventajas.

España habría tenido una preponderancia enorme y fecunda, por su apoyo sobre todo un continente, y nosotros, sostenidos por el prestigio español, habríamos consolidado en breve una democracia benéfica, hospitalaria, noble y esencialmente progresista, contando con el respeto del mundo europeo”.

Alianzas, congresos, amistades, halagos: ¡he ahí el precio de una traición sacrílega, de una apostasía!

Quiera Dios que España no acepte jamás esas treinta monedas. Sería de desear, al contrario, que se percatara de que la única fuente de sus grandezas, pasadas y futuras, es el cristianismo de su pueblo. Y que, adoctrinada por las tristes experiencias de su historia, no se le ocurriera apartarse del Señor, “fuente de agua viva”, para irse a “fabricar aljibes rotos que no pueden contener las aguas”.

Ojalá se pudiera con verdad seguir aplicando cada día con más verdad, a este país, aquella inspirada estrofa de San Juan de la Cruz:

Dichosa y venturosa

el alma que a su Dios tiene presente;

¡oh, mil veces dichosa!

pues bebe de una fuente

que no se ha de agotar eternamente.