P. Manuel Martínez Cano mCR.

Sangre de Cristo, brotada en la coronación de espinas, ten misericordia de nosotros.

Con el apostolado de la Divina Misericordia, peregrinamos a Lourdes. Ambiente de oración, mucha oración y silencio. Dejamos las maletas en el hotel y Santa Misa en “Marie Saint-Frai”. Después de cenar, a la procesión de antorchas, rezando el Santo Rosario. Impresionante. La Virgen debe estar contentísima contemplando a sus hijos desde el Cielo. Sonríe, como sonreía a Santa Bernardita en 1858. En la octava aparición también sonrío la Inmaculada, dice la niña: “Sonrío, se entristeció y dijo penitencia, penitencia, penitencia”. Ya, en la sexta aparición, con rostro triste, le había dicho la Virgen: “rueda a Dios por los pecadores”.

Rogad por los pecadores, porque son muchos los que se condenan y van al infierno porque no hay quien rece y se sacrifique por ellos, dijo la Virgen Santísima en 1917 en Fátima. La Purísima, la Virgen del Rosario, nos llama hoy más que nunca, a combatir contra los demonios y los enemigos de Cristo. El mundo está sumergido en un paganismo que desprecia la ley de Dios. Combatamos los nobles combates de la fe.

Me contaba una juez joven que, hace unos años se negó, con toda justicia, a conceder un niño a dos lesbianas. Escándalo mediático. Fue destituida y, desde entonces, solo encuentra trabajos temporales, ahora está en paro. Pero no se queja. Está convencida que al final triunfará el Corazón Inmaculado de María. Que lo importante es salvar almas.

Lourdes, capital de la alegría del sufrimiento y del amor. Católicos de los cinco continentes, bajo la bandera de María Santísima, dispuestos a combatir al Maligno (no al mal abstracto, Sousa) a Satanás y sus secuaces, infiltrados en la Iglesia de Cristo. La Virgen Santísima aplastará la cabeza de la serpiente infernal. Y salvará a todos sus hijos e hijas. Nos espera una eternidad de amor y felicidad.

A mi entender, una de las mil razones por las que el Señor no ha destruido el mundo es porque, aquí, en la tierra hay almas que alaban, adoran, aman y sirven como en el Cielo. Es la impresión que recibí en la basílica subterránea de San Pío X, en Lourdes. La adoración al Santísimo de los enfermos del cuerpo y alma de santos, enfervoriza. Culto de ángeles terrenos, de almas divinizadas por la gracia santificante.

Los que contemplaban a Bernardita en éxtasis en la cueva de Massabielle decían que aquello parecía un Cielo. En la tercera aparición, la Inmaculada le dijo a la santa niña: “Yo no te prometo hacerte feliz en este mundo sino en el otro”. Y sufrió hasta el momento de su muerte, pero con alegría eterna, porque la Purísima vino a llevar su alma al Cielo. Su cuerpo sigue incorrupto. Es un detalle del Señor para que vivamos contentos y felices en este valle de lágrimas.

Devoción al sacerdocio. Es para explotar de gozo, ver con qué devoción tratan a los sacerdotes. Besan sus manos piden su bendición, se inclinan reverentemente ante ellos, se descubren la cabeza; un joven italiano, muy alto, me abrazó y besó en la frente. Recemos a tope para que el Señor nos envíe un aluvión de vocaciones.

Y los niños y los bebés. Es un universo de inocencia de belleza y de alegría. Les regalaba la Medalla de la Milagrosa. Sus sonrisas y las de los padres no tienen precio. Son reflejos celestiales. Calculé mal, me faltaron. No importa la Virgen los lleva en su corazón, los quiere celestialmente.

Un grupo de peregrinos suizos despertó la atención de todos. En cabeza iban tres jovencísimas guapísimas, vestidas de “novias” con la franja azul de la Virgen. La menor iba en el centro contemplando un crucifijo entre sus manos al que miraba cariñosamente. Avanzaba dando saltitos, entre otros peregrinos admirados.

Los voluntarios de esta ciudad de la Virgen María, la Niña Hermosa de Nazaret, se merecen un imperio, una gloria especial. Llueve, las voluntarias portuguesas que trazan el camino de la procesión de antorchas, están firmes en sus puestos. Catorce adolescentes y jóvenes como nuevas imágenes, permanecen firmes en sus puestos. Las felicité de corazón.

Cada uno en su puesto. Combatiendo contra los enemigos de Cristo y su Iglesia. Pocos meses antes de ser proclamado Sumo Pontífice, San Juan Pablo II, dijo: “Nos encontramos hoy ante el más grande combate que la humanidad nunca haya visto. No creo que la comunidad cristiana lo haya comprendido totalmente. Estamos hoy ante la lucha final entre la Iglesia y la Anti-Iglesia, entre el Evangelio y el Anti-Evangelio”.

Vencerá la Iglesia de Cristo por la protección de su Madre, la Virgen María.