P. Manuel Martínez Cano mCR.

Sangre de Cristo, derramada en la Cruz, ten misericordia de nosotros.

San Marcos nos recuerda, a los hombres y mujeres de hoy, las palabras de Cristo, antes de su ascensión al Cielo, dijo a los apóstoles: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado”. (San Marcos 16, 15-16)

Duras palabras, dicen ciertos ecumenistas, son palabras que transmiten la verdad divina. Son palabras del Hijo eterno de Dios, encarnado en las purísimas entrañas de la Niña Hermosa de Nazaret, María Santísima. Son palabras esenciales del Evangelio: la Buena Nueva de la vida eterna. Un día empezamos a vivir. Y viviremos eternamente felices en el Cielo o eternamente sufriendo en el infierno.

Nótese bien: para salvarse, hay que creer todo lo que Jesús predicó. Y bautizarse, que es la entrada a la única Iglesia fundada por Cristo, fuera de la cual no hay salvación. Porque Cristo no es el fundador de una religión más. Jesucristo es Dios.

Hemos leído escritos de sacerdotes que dicen que la doctrina del IV Concilio de Letrán: “Una sola es la Iglesia universal de los fieles fuera de la cual nadie absolutamente se salva”, ya está superada. El Beato Pío IX recuerda a los que afirman que cualquier religión es buena para salvarse, que:

“Por la fe debe sostenerse que fuera de la Iglesia Apostólica Romana nadie puede salvarse; que ésta es la única Arca de salvación; que quien en ella no hubiese entrado perecerá en el diluvio. Sin embargo, también hay que tener por cierto que quienes sufren ignorancia de la verdadera religión, si aquella es invencible, no son reos por ello de culpa alguna”.

“Aquellos que sufren ignorancia invencible acerca de nuestra santísima religión, que cuidadosamente guardan la ley natural y sus preceptos esculpidos por Dios en los corazones de todos y están dispuestos a obedecer a Dios y llevan vida honesta y recta, pueden conseguir la vida eterna (…), pues Dios, que manifiestamente ve, escudriña y sabe la mente, ánimo, pensamiento y costumbres de todos, no consiente en medio alguno (…) que nadie sea castigado con eternos suplicios si no es reo de culpa voluntaria. Pero bien conocido es también el dogma católico, a saber, que nadie puede salvarse fuera de la Iglesia Católica” (Beato Pío IX).

El Concilio Vaticano II enseña que “no podrán salvarse quienes, sabiendo que la Iglesia Católica fue instituida por Jesucristo como necesaria, desdeñaran entrar o no quisieran pertenecer a ella” (Constitución dogmática, Lumen Gentium, 4º 14).

El extraordinario novelista Gilbert k. Chesterton, convertido al catolicismo, manifestó que: “La dificultad de explicar “por qué soy católico” radica en el hecho de que existe diez mil razones para ello, aunque todas acaban resumiendo en una sola: que la religión católica es la verdadera”.

De esto se trata, hermanos, de vivir en la única religión verdadera. La fundada por Nuestro Señor Jesucristo: la Católica, la Universal. Cristo nos ha dicho:

“Acercándose a ellos, Jesús les dijo: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”. (San Mateo 28, 18-20)