Una Epopeya misionera

Vomitando injusticias

P. Juan Terradas Soler C. P. C. R.

 

La Leyenda Negra había empezado a gran escala, para seguir vomitando injurias hasta nuestros días.

¡Pobre Fray Bartolomé de las Casas! Si hubiera presentido a qué resultados lleva la ligereza, la indocumentación y la bondad utópica, a buen seguro que no hubiera escrito su obra; o, por lo menos, hubiera puesto diligente cuidado en cotejar los datos que la envidia hacía llegar a su celda; hubiera perfilado conceptos, sin generalizar locamente, sin inventar, y, sobre todo, sabiendo distinguir entre lo que se hacía accidentalmente y lo que se hacía según el fin y la naturaleza de la empresa.

Autores críticos sensatos, antiguos y modernos, se han ocupado de rebatir, una por una, las burdas acusaciones de Las Casas. Por lo demás, la sola lectura de su libro, cuyas frases ditirámbicas rebosan apasionamiento y exageración, nos vale por la crítica más severa. Pensar que llega a calcular en quince millones los indios esquilmados por los españoles en las Antillas y costas adyacentes, cuando los científicos más entendidos en la materia afirman que aquello territorios no podían físicamente albergar entonces más de tres millones de hombres, dado el atraso de los cultivos de los indios, que vivían casi exclusivamente de la caza y pesca.

Para nuestro objeto documental, basta transcribir aquí un fragmento típico del prólogo de su libro principal:

En estas ovejas mansas y de las calidades susodichas, por su hacedor y criador así dotadas (los indios), entraron los españoles, desde luego que las conocieron, como lobos y tigres y leones crudelísimos de muchos días hambrientos. Y otra cosa no han hecho de cuarenta años a esta parte, hasta hoy, y hoy en este día lo hacen, sino despedazarlas, matarlas, angustiarlas, afligirlas, atormentarlas y destruirlas por las extrañas y nuevas y varias, y nunca otras tales vistas ni leídas y oídas maneras de crueldad: en tanto grado, que habiendo en la isla Española sobre tres millones de ánimas que vimos, no hay de los naturales de ella doscientas personas.

Daremos por cuenta muy cierta y verdadera que son muertas en los dichos cuarenta años, por las dichas tiranías e infernales obras de cristianos, injusta y tiránicamente más de doce millones de ánimas, hombres, mujeres y niños, y en verdad que creo, sin pensar engañarme, que son más de quince millones.

Dos maneras generales y principales han tenido los que allá han pasado que se llaman cristianos, en extirpar y raer de la haz de la tierra aquellas miserandas naciones : la una por injustas, crueles, sangrientas y tiránicas guerras…; la otra oprimiéndoles con la más dura, horrible y áspera servidumbre en que jamás hombres ni bestias pudieron ser puestas…

La causa porque han muerto y destruido tantas y tales y tan infinito número de ánimas los cristianos, ha sido solamente por tener por su fin último el oro y henchirse de riquezas en muy breves días… A las cuales gentes no han tenido más respeto, ni de ellas han hecho más cuenta y estima… no digo que de bestias (porque pluguiera a Dios que como bestias los hubieran tratado y estimado), pero como y menos que estiércol de las plazas.

Y así han curado de sus vidas y de sus ánimas, y por esto, todos los números y millones dichos han muerto sin fe y sin sacramentos.

(Fray Bartolomé de las Casas (1474-1566):

Brevísima relación de la destrucción

de las Indias, introducción.)

Después de este texto de Las Casas, “padre-sin saberlo- de la Leyenda Negra”, vengamos ya a examinar los golpes salidos del mismo campo enemigo.

Acerquémonos primeramente a la cátedra de fuego y humo. Veamos los manejos que allí se traman para enterrar la epopeya de América, o, al menos, para “mutilarla y remitirla astutamente a la penumbra”, como León XIII dice de la verdad histórica en general. Contemplemos la historia de América a la merced del “pernicioso influjo del prejuicio religioso”. Démonos cuenta de cómo es anatematizada -por el solo hecho de haber sido realizada por una nación católica- la colosal gesta americana. Veamos a nuestros enemigos -para emplear de nuevo las atinadas observaciones de León XIII- “ocupar toda su atención en señalar y exagerar lo que con temeridad o menos rectamente se pudo obrar”, mientras silencian lo esencial de la empresa, “lo que forma como los ejes, claves de la historia” de aquellas centurias.

Oigamos difamar a los conquistadores, a los colonizadores, a los oficiales, a los virreyes, a los monarcas. Los mismos misioneros no escaparán a la sátira mordaz. Y, cuando el odio religioso no se pueda contener más, aparecerá, junto al escarnio de España católica, el insulto y la crítica abierta contra la Iglesia, la verdadera culpable, según ellos, de tantos crímenes.

Recorramos las páginas de la mayor parte de las historias viejas y recientes, y las palabras: “matanzas”, “exterminios”, “crueldades”, “explotación”, aporrearán continuamente nuestros oídos. Se nos dirá que se subordinaba la evangelización a la codicia; que se imponía el cristianismo por fuerza, un cristianismo, por lo demás, que no era tal, sino tiranía y superstición. Se concluirá, en fin, que el continente americano más bien que ganar perdió con la llegada de los españoles, que los indígenas degeneraron a raíz de la conquista, y que el balance total de los tres siglos de tiranía fue completamente negativo.

Los más taimados hablarán de evangelización mediocre y poco estable, iglesias “puramente españolas”, desprecio de la raza indígena, opresión de los espíritus. O bien, de falta de enseñanza en los virreinatos, de carencia de fecundas instituciones, de centralización ambiciosa, etc.

Total, que no dejarán “títere con cabeza” de la que en boca de Pío XII fue gigante epopeya misionera, vocación heroica y providencial, hecho colosal y glorioso.

Consideremos por partes las calumnias propaladas en las historias hostiles.