P. Manuel Martínez Cano mCR.

Sangre de Cristo, prenda de nuestra salvación, ten misericordia de nosotros.

Antes de la ascensión al Cielo, Jesús dijo a los Apóstoles: “Id por todo el mundo, predicad el Evangelio a toda humana criatura, enseñándoles todas las cosas que Yo os he enseñado; el que creyere y fuere bautizado se salvará, el que no creyere se condenará”. (San Marcos 16, 16).

Sí, señores, la fe es necesaria para salvarse eternamente. El Concilio de Trento enseña que “La fe es el comienzo de la salvación del hombre, el fundamento de toda justificación sin la cual es imposible agradar a Dios”. (D. 801).

La fe sola no salva al creyente. Es necesario que a la fe acompañen la gracia santificante y las buenas obras. Se necesita la fe viva, “la fe que actúa por la caridad” (Gal. 5, 6), porque la fe sin la gracia y las buenas obras “es una fe muerta”, como dice el apóstol Santiago: “Ya veis cómo el hombre es justificado por las obras y no por la fe solamente” (Sant. 2, 24).

El acto de fe del hombre es un asentimiento de la inteligencia, voluntariamente aceptado, bajo el influjo de la gracia, con el que creemos y tenemos por verdadero lo que la Iglesia nos propone como revelado por Dios.

No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre confiar en Dios y creer las verdades que Él ha revelado, como dicen algunos; porque si creemos y confiamos en las personas, es mucho más lógico creer y confiar en Dios, que no puede engañarse ni engañarnos.

El depósito sagrado de la fe contenida en la Tradición divina y en la Sagrada Escritura fue confiada por Jesús y los Apóstoles, a la Iglesia. El Magisterio de la Iglesia no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar íntegramente la fe divina.

Antes de escribirse los Evangelios, la Iglesia sirvió de fuente humana de certeza de la Revelación divina y de intérprete auténtica de su contenido. Fue la Iglesia quien reconoció los escritos posteriores como fieles transmisores de la verdad revelada por Dios y a la vez, rechazó otros escritos como apócrifos por falsear el mensaje de Cristo.

La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo. Ya San Pablo advertía a Timoteo: “Combate el buen combate conservando la fe y la conciencia recta; algunos por haberlas rechazado, naufragaron en la fe” (1ª Tim. 1, 18-19).

Para los timoratos idólatras de la fe en la ciencia, dos anotaciones:

Alexis Carrell, Premio Nobel de Medicina, decía: “Yo creo todo aquello que la Iglesia Católica quiere que creamos. Y para esto no encuentro ninguna dificultad, porque no encuentro en la verdad de la Iglesia ninguna oposición con los datos seguros de la Ciencia. No soy lo suficientemente crédulo para ser incrédulo”.

Alessandro Volta, descubridor de las nociones básicas de la electricidad, ha dicho: “He estudiado y reflexionado mucho: Ahora yo veo a Dios en todo. Yo confieso la fe santa, apostólica, católica y romana. Doy gracias a Dios que me ha concedido esta fe, en la que tengo el firme propósito de vivir y morir”.