Padre Manuel Martínez Cano mCR.

La Cátedra de San PedroPecado mortal es toda desobediencia voluntaria de la Ley de Dios en materia grave, con plena advertencia y perfecto consentimiento.

El pecado mortal es un desorden monstruoso que lleva consigo el castigo de las penas eternas del infierno.

El pecado mortal es el desprecio de la amistad divina, la renovación de la causa de la muerte de Cristo y la destrucción del alma del cristiano como templo del Espíritu Santo. Por eso encierra en sí una malicia en cierto modo infinita.

“Todos los pecados mortales, aun los de pensamiento, hacen a los hombres hijos de la ira y enemigos de Dios” (Concilio de Trento).

El pecado mortal es un suicidio espiritual del alma, porque queda privada de la gracia Divina, fuente de la vida sobrenatural, pierde todos los méritos contraídos durante toda su vida y el derecho a la gloria eterna.

El pecado mortal es la única desgracia que merece propiamente el nombre de tal; es de tal magnitud que no debería cometerse jamás un pecado mortal.

Por el pecado mortal el cristiano se hace esclavo de Satanás, pierde la dignidad de hijo de Dios y queda en estado de condenación al infierno.

“Lo que nunca he llegado a comprender es que un hombre se atreva a dormir en pecado mortal” (Santo Tomás de Aquino).

Para que un pecado sea mortal es necesario que se den tres condiciones: materia grave, plena advertencia y perfecto consentimiento.

Materia grave es todo lo que la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia enseñan como grave ofensa a Dios.

En la Sagrada Escritura encontramos muchos textos que refieren pecados que excluyen del Reino de los Cielos: “¿No sabéis que los injustos no poseerán el Reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los beodos, ni los maldicientes, ni los rapaces poseerán el reino de Dios” (1ª Cor 6, 9-10).

Hay pecados que por su materia son mortales. El Papa San Juan Pablo II lo explica con estas palabras: “Algunos pecados, por razón de su materia, son intrínsecamente graves y mortales. Es decir, existen actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto. Estos actos si se realizan con suficiente conocimiento y libertad, son siempre culpa grave”.

Para que un acto humano sea pecado mortal se requiere, por parte del entendimiento, la advertencia plena de la grave malicia de la acción pecaminosa. Es decir, que la persona se dé cuenta de lo que está haciendo (si está semiembriagado o semidormido no hay advertencia plena) y también que caiga en la cuenta de la malicia del acto, es decir, que advierta que está cometiendo un pecado.

Para que haya pecado mortal no es necesario que la persona caiga en la cuenta de que está ofendiendo a Dios, basta con que se dé cuenta de que está realizando un acto malo.

Para que un acto humano sea pecado mortal se requiere el consentimiento perfecto por parte de la voluntad. Es decir, que la voluntad realice el acto pecaminoso a pesar de darse cuenta claramente que es malo e inmoral.

Es muy importante distinguir entre “sentir” y “consentir”. “Sentir” es propio de la parte animal de la persona y, por tanto, es un fenómeno puramente sensitivo que no tiene malicia moral; mientras que “consentir” supone la intervención positiva de la voluntad, que es una cualidad espiritual y, por tanto, será un acto bueno o malo, según se corresponda con la ley moral.