Obra Cultural

Hora cero

astronauta.jpgMi padre y mi madre me han dado, cada uno, la mitad de la herencia genética, que a su vez ellos han recibido de sus predecesores. La fusión de esas dos partes en una, desencadena un programa del que ellos ya no son los artífices. Cierto que sin ellos yo no sería nada; les debo todo; les debo la vida. Pero desde ahora yo me voy a servir del programa que ellos me han confiado, de bueno o de mal grado, para construirme yo a mí mismo. Mi punto de partida es más extraordinario en su ínfima pequeñez, que el del cohete espacial en su grandeza. Recuerdo las palabras de J. Lejeune «En cada célula reproductora humana, una cinta de un metro de larga, queda fraccionada en 23 segmentos. Cada segmento es enrollado y empaquetado. Al microscopio, aparece un bastoncito: es un cromosoma. Tan pronto como 23 cromosomas paternos se reúnen con los 23 maternos, tenemos la información necesaria y suficiente para expresar todas las cualidades.  Y toda esta información para construir nuestro cuerpo y nuestro cerebro cabe en la punta de una aguja».

Soy yo, yo solo. Soy único e irreemplazable. En esta hora cero, y jamás posteriormente, pueden producirse los gemelos idénticos, rara excepción a la regla.

Algunos minutos después: llego a ser lo que soy

La única célula se escinde en dos células, dividiéndose inmediatamente una de ellas en dos. Así se forma un número impar; esta sorprendente e indispensable trinidad, estas tres células cuidadosamente empaquetadas en una membrana protectora transparente. Las tres células fundamentales están allí. Después de lo cual, el bebé se lanza al trabajo, él solo, para multiplicar en 8, 16, 32… y hasta sesenta mil millones de células que forman el pequeño ser humano en su nacimiento. Yo que leo estas líneas, estaba ya completo. El color de mis ojos, de mi piel, la clase de cabellos, mi grupo sanguíneo… todo está ya programado. Soy tan pequeño que me sostengo en la punta de una aguja. Sea lo que sea de lo que impropiamente se denomina «bebé probeta», después de la formación de las tres células iniciales, la vida puede tomar de sí misma su curso «in vitro» en espera del medio nutricio maternal del que tiene una doble necesidad para continuar, indisolubles; cuerpo y alma.

Seis días después: yo quiero

A los seis días mi talla es de milímetro y medio. Trabajo a todo gas para construir mi habitación personal. Mi madre ignora mi presencia, pero yo me impongo sin que ella pueda dudar de ello. Mediante un mensaje químico, yo he interrumpido su ciclo para que ella conserve mi protección. Enrollados como un «minicassette», aunque visibles al microscopio, unos minúsculos filamentos que los biólogos llaman ADN, es decir, ácidos que constituyen la célula, contienen el programa que va a diferenciar mis células. El primer grupo formará el sistema nervioso y la piel. El segundo forma el sistema digestivo, hígado y páncreas. El tercero se encarga de formar el esqueleto, el corazón, los vasos sanguíneos y los músculos.

A los 17 días mi corazón empieza a latir

A pesar de que sólo llevo 17 días de existencia, mi talla apenas llega a los dos milímetros y mi madre ignora mi presencia, mi corazón comienza a latir y no se detendrá hasta el momento de mi muerte. Se pueden adivinar los lóbulos cerebrales y el diseño de mi brazo y de mis piernas.

Hacia el día 26, aparecen brazos y piernas

Primero aparecen mis brazos, y dos días más tarde mis piernas. Tengo ya un centímetro de estatura y verdaderamente soy yo personalmente. Mi sangre es absolutamente distinta de la de mi madre y se propaga a través de todo mi cuerpo. Mi corazón late a 65 pulsaciones por minuto. Cualquier día podrá ser registrada la primera música humana que el oído puede percibir; el ritmo profundo y tranquilizador de 70 pulsaciones por minuto, del corazón de mi madre y la aguda y rápida cadencia de 170 latidos por minuto de mi corazón que se une al suyo. Entre los dos realizamos, a las cinco semanas de mi concepción, la primera sinfonía del mundo:

De la 6. ª a la 10. ª semana, mis dedos

Ocho días más tarde, mis dedos llevan ya sus huellas dactilares definitivas. Con un gran aparato de aumento, se podría establecer mi tarjeta de identidad. A partir de la décima semana tengo ya unos lindos pies. También aparecen mis párpados que quedarán cerrados para proteger mis ojos durante seis meses. También se forma mi sexo con las células que deberán programar las generaciones futuras. Algo extraordinario; ¿no?

Pero algo terrible puede sobrevenir en medio de esta alegría

En nombre de leyes nuevas, me pueden eliminar de la lista de los vivos. Hace veinte años, todas las leyes me defendían. Yo era inocente contra todo agresor. Hoy las leyes me consideran agresor precozmente contra aquella a la que estoy obligado a llamar ¡madre!

A partir de la 11.ª semana, estoy en plan de danzar

Puedo dormir cuando mamá duerme, pero también le puedo despertar; y si hay ruidos, me despiertan. Mi talla es de seis centímetros. He comenzado a agitarme mucho. Un profesor inglés pudo en 1984 hacer una película en la que un bebé de 11 semanas parece danzar. Y es que su cuerpo tiene la misma densidad que el líquido amniótico, por lo tanto, no se nota la gravedad y danza de manera muy lenta con una gracia y salero imposibles en cualquier otro lugar de la tierra. Sólo los astronautas en su estado de ingravidez llegan a tal dulzura de movimientos.

Al llegar la 12.ª semana

Peso 35 gramos y mido diez centímetros. Si se me hacen cosquillas en la frente vuelvo la cabeza y frunzo el ceño. Si me tocan los labios, éstos bosquejan el movimiento de chupar o engullir. Mi mano se acerca a mi boca; puedo doblar el codo y la mano, e incluso puedo atrapar un pequeño objeto.

Después de la 15.ª semana, más despacio

Mido trece centímetros, pero mi crecimiento comienza a ir más despacio. Si fuera a la velocidad de las primeras semanas, al nacer llegaría a pesar 80kilos: Mi programa modifica su ritmo, y a la 17 semana mi peso es de 150 gramos, y mi talla es de 25 centímetros. Mamá cae en la cuenta de mi danza en la cápsula de astronauta que lleva en su seno, y se siente feliz.

A los cinco meses

Tengo cinco meses. Mis medidas son: 30 centímetros de talla y 500 gramos de peso. Mis cabellos brotan y se forman mis pestañas y mis glándulas mamarias. Al estetoscopio se oye el latido de mi corazón. Es posible mi encefalograma. Mamá sitúa perfectamente mi posición. Podría venir al mundo sin demasiados problemas. Espero que un movimiento de opinión mundial acabará por defenderme en virtud del principio casi universal: «No matarás».

«En honor del hijo que maté»

Este testimonio es de una madre que se muestra arrepentida por haber matado a uno de sus hijos, agobiada por problemas económicos y familiares.

Soy casada y tengo cuatro hijos. Tenía cuatro cuando me quedé de nuevo embarazada; de esto hace ya cuatro años. Con el estado de nervios que durante los primeros meses del embarazo solemos tener, empezamos mi esposo y yo a comentar lo que decían vecinas y amigos: «¿Otro hijo más? ¡Buenos están los tiempos!» Algunas amigas iban más allá: «Eres tonta, deshazte de eso –refiriéndose al hijo que llevaba en mis entrañas- cuanto antes y verás cómo se acaban las preocupaciones. Pero si es tan fácil, aseguraban otras, tomas un avión y en tres días todo arreglado.»

Un viaje a Londres

Una y otra vez mi marido y yo discutimos. Al final y después de muchas dudas decidimos que fuera a Londres. Los verdaderos sufrimientos vinieron después, cuando nos dimos cuenta, mi esposo y yo, de lo que habíamos hecho: ¡¿Cómo era posible que hubiésemos matado a nuestro propio hijo?! Noches sin dormir, discusiones violentas, culpándonos el uno al otro y mis nervios se dispararon de tal manera que creí que me volvería loca. No podía vivir con el remordimiento recomiéndome las entrañas. Día y noche aparecía mi hijo muerto y destrozado. Es horrible. Tuve que consultar con un psiquiatra.

El remordimiento

A pesar de un fuerte tratamiento, llegué a un desequilibrio tal, que pensé salir de aquel terrible estado, y, completamente desequilibrada, intenté suicidarme. Afortunadamente no logré mi intento y con un nuevo tratamiento y sobre todo con el cariño y la comprensión de mi esposo logré superar aquel estado, pero nunca podré olvidar lo que hice.

Unidos adelante

Sin palabras, pero unidos en el sentimiento mi marido y yo recordamos y sufrimos. Nunca podremos ser tan felices como antes. Por supuesto que a raíz de aquello hicimos el propósito de recibir todos los hijos que Dios nos enviara, incluso hicimos todo lo posible por tener un nuevo hijo, pero ni siquiera esto ha logrado borrar de nuestra imaginación el horror de lo cometido. Quiero ofrecer este testimonio en honor de aquel hijo que maté, pues creo que es la mejor manera de honrarlo.

«Dice San Bernardino de Sena: «DESDE LA ENCARNACIÓN, MARÍA HA ADQUIRIDO UNA ESPECIE DE JURISDICCIÓN SOBRE TODA MISIÓN TEMPORAL DEL ESPÍRITU SANTO, DE SUERTE QUE NINGUNA CRIATURA RECIBE LAS GRACIAS, QUE DIOS LE CONCEDE, SINO POR SUS MANOS» y estas gracias llegan a nosotros especialmente por el rezo bien hecho de las TRES AVEMARÍAS cada mañana y cada noche».