Obra Cultural

MURILLO_VIRGEN DEL ROSARIOEn 1977 fue secuestrado largamente don Antonio de Oriol y Urquijo, conocido en toda España. Fue un secuestro penoso, duro, exasperante. Pero la víctima supo reaccionar cristianamente, y expresó en unas declaraciones lo que vivió en aquellas circunstancias. Aquí lo tenemos explicado con sus propias palabras.

«Una parte de aquella experiencia (el secuestro), quedó recogida en las cartas que entonces escribí. Unas, llegaron a su destino y otras quedaron retenidas por los GRAPO y luego fueron encontradas en la casa donde detuvieron. No pensaba mucho al escribirlas. Dejaba que se manifestara espontáneamente lo que anteriormente sentía, evitando siempre trasluciera mi preocupación o angustia.

Otra parte, la recuerdan unas breves notas, que hice y que conservo. Sirven para confirmar cuál era mi actitud personal en aquellos momentos. En una de ellas, escrita el 1 de enero de 1977, decía: Tiene para mí un gran beneficio esta situación; porque me permite pasar de la teoría acerca de la aceptación de la Voluntad Divina al ejercicio práctico del «hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo». Aquella experiencia quedó grabada en mi espíritu que, sin duda alguna, se transformó en alguna medida.

Soy Hijo de Dios

La idea central en las cartas, como lo era también en mi pensamiento, fue considerar cuanto acontecía a la luz de la fe. Recordaba con frecuencia aquella frase de Paco (mi yerno muerto en accidente): «Hay que cerrar los ojos humanos y abrir los ojos de la fe». Así vino de manera plenamente espontánea, a mi pensamiento el recuerdo de que soy hijo de Dios, «¡Dios es mi Padre, qué feliz soy!»

Es ciertamente una verdad esencial y conocida por todo cristiano, pero puede que precisamente por ser así y repetirla con harta frecuencia al rezar el Padrenuestro, sin la debida consideración y con excesiva rutina a veces, no se profundiza en ella todo lo que deberíamos.

Es posible que las brutales blasfemias que oía a mi secuestradores, sobre todo al principio, me conmovieron y revolvieron íntimamente, contribuyendo a dar más vida a esta idea y al deseo , por este reconocimiento de la filiación Divina, de reparar las ofensas que, sin seguramente proponérselo, estaban cometiendo otros que también eran y son hijos de Dios y por quienes tenía que pedir también en aquella circunstancias. Digo «sobre todo al principio», no porque me habituara a la blasfemia, sino porque dejaron de utilizarla con tan frecuencia ante la petición que les hice de que delante de mí les pedía que no ofendieran a Dios en tal forma. Lo curioso fue que, si alguna vez se les escapaba alguna blasfemia, la mujer les recordaba que no debían decirlo delante de mí, porque me molestaba.

Fue este recuerdo de la filiación divina, a mi entender, la primera de las misericordias divinas que se prodigaron a lo largo de aquellos días, y que recibí por la intercesión de la Santísima Virgen, a quien acudí desde el primer momento.

Contacto personal con Cristo Vivo, de la mano de la Virgen

Lo he repetido ya muchas veces. Lo primero que se me ocurrió hacer cuando llegué a la primera casa que me llevaron, al encontrarme agotado y deshecho, en aquella situación tan insólita como inesperada y de futuro tan incierto, fue rezar el Rosario. Lo dije a los secuestradores que estaban en el cuarto conmigo. Les invité a rezarlo. Su contestación fue airada, advirtiéndome que, si quería que hubiera paz, que no les hiciera tales proposiciones. Ellos respetarían mis creencias, pero que no les planteara estas cuestiones.

Y así, rezando el Rosario una y otra vez a lo largo de toda aquella temporada, de día o de noche, con dificultad para recoger mi pensamiento algunos días de mayor agotamiento o cansancio, unas veces en mi cuarto y otras paseando de arriba abajo por el corredor de la casa, iba buscando, sin pensarlo, ese contacto personal con Cristo vivo al meditar su vida. Este es el gran valor del Rosario, porque lleva, de la mano de la Virgen, a contemplar la totalidad de la vida de Cristo. Así la compañía de nuestra Madre del Cielo no me faltó en ningún momento. Puedo por ello decir desde lo más profundo de mi corazón y con el más vivo agradecimiento:

¡Madre mía, qué buena has sido siempre conmigo!

Entrega confiada a la paternal providencia de Dios

Con evidentes manifestaciones internas de consuelo y aliento unas veces, de ánimo y resignación otras, pero siempre con paz interior, llegó un momento en el que vi con claridad cómo no tenía que parar mi atención en la consideración de mí mismo y de la situación y los riesgos que me amenazaban, a lo que aquella circunstancia era propicia, sino que debía mirar sólo a Dios y entregarme confiadamente a su paternal Providencia.

Me doy cuenta de que esa tristeza, angustia, ansiedad, etc. se produce por mirarme a mí y a mis temores, en vez de considerar que es a Dios a quien debo contemplar, para recordar que aquí estamos para cumplir su voluntad y así participar de la resurrección después de acompañar a Cristo en su Pasión y su Cruz. Este es el camino de santificación al que somos llamados, pero nos empeñamos en vivir en el mundo como si éste fuera nuestro fin.

Una y otra vez me volvía esta idea de que ¡Dios es mi Padre, qué feliz soy! Este sentimiento de filiación divina fue para mí fuente inagotable de paz, aun en las horas bajas de mayor angustia. No me abandonó nunca y me sacaba de aquellas situaciones que califico de horas bajas, siempre entregado confiadamente a la Misericordia Divina, y con una paz interior inexplicable e indescriptible. Ese vivir constantemente apoyado en la fe, fue el gran privilegio de aquella prueba y lo que me llevó a destacar, en las primeras declaraciones, cuando fui liberado, la importancia que tiene en la vida de cada uno y a lo largo del tiempo se ha venido arraigando cada vez más en mi ánimo esta idea. ¡Qué beneficio tan inmenso es haber sido formado en la fe desde siempre, desde aquel lejano día de mí Bautismo, en el que fui introducido en la vida de la gracia! ¡Cuántas gracias a Dios hay que dar por los padres que me dio y por tantos y tantos beneficios concedidos!

Pienso que vivimos unos momentos de la historia en los que hay que volver a vivir la fe como en los principios del cristianismo, sin buscar ni esperar protección humana de un lado, y de otro sosteniéndola contra todas aquellas diferentes formas en las que el maligno enmascarado; en una u otra manera, pretende atacarla, confiando exclusivamente en la Gracia divina. Hay una cierta semejanza entre el paganismo que invadía el mundo y que en su soberbia creía que con las persecuciones cruentas destruía el Cristianismo, con el materialismo que hoy aspira dominar, impulsado por un verdadero espíritu diabólico, para hacer que desaparezca Dios de nuestra vida. Posiblemente la situación actual sea de mayor riesgo porque es una forma más disimulada, más sutil, de atacar, porque ya había comprobado el diablo que, de frente, sólo con la persecución sangrienta, nada había conseguido.

No hay dos posibilidades: o con Dios o contra Dios

Cuando se habla de que es preciso evitar la bipolarización de las fuerzas sociales, se ignora esta realidad: o con Dios o contra Dios.

No dejaba a veces e recordar mi participación anterior en actividades políticas que veía totalmente fracasadas, lo que me servía para recapacitar sobre la inconsistencia de lo temporal, que sólo tiene valor cuando sirve a un propósito trascendente. Pero a todo esto le daba poco tiempo de atención. Volvía a mi interior, donde tenía paz a pesar de todo. Allí procuraba avivar la comunicación con Dios, mi Padre, y con la Santísima Virgen.

Recordaba y releía lo que San Pablo dice en la Epístola a los Colosenses (3,1-2): «Si fuisteis, pues, resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios; pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra».

Lo que entonces consideraba de mayor importancia, y sigo considerándolo como lo único y que más interesa, es la manera y la posibilidad de hacer realidad esa fe que decimos profesar en nuestra vida actual, con todo lo que esto pueda suponer o exigir. Es decir, vivir la fe. Tuve algunas ocasiones más destacadas en aquellos 62 días para ejercitar esto.»

«DIOS PODRÍA HABER HECHO UN MUNDO MÁS HERMOSO Y MARAVILLOSO. PERO NO PUDO HABER HECHO UNA MADRE SUPERIOR A MARÍA», dice San Buenaventura. Y porque María es Madre nuestra, escucha siempre, atiende y salva al que la invoca cada mañana y cada noche con las TRES AVEMARÍAS bien rezadas.