Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los resultados obtenidos por la providencial Epopeya Evangelizadora, son algo grandioso y único en su género: fe y santidad, lengua y cultura, sangre y héroes (16)

Las mezclas de razas,nota propia de la colonización indiana, da a la gigante epopeya un cariz de cristianismo y humanidad inigualado

Catedral de Lima - Perú“Fusión de sangre, porque España hizo con los aborígenes lo que ninguna nación del mundo hiciera con los pueblos conquistados: cohibir el embarque de españolas solteras para que el español casara con mujeres indígenas, naciendo así la raza criolla, en la que, como en Garcilaso de la Vega, tipo representativo del nuevo pueblo que surgía en estos países vírgenes, la robustez del alma española levantaba a su nivel a la débil raza india. Y el español, que en su propio solar negó a judíos y árabes la púrpura brillante de su sangre, no tuvo empacho de amasarla con la sangre india, para que la vida nueva de América fuera, con toda la fuerza de la palabra, vida hispanoamericana. Ved la distancia que separa a España de los sajones, y a los indios de Sudamérica de los pieles rojas”.

(Cardenal Gomá, 12-X-1934.)

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La comunidad de sangre, originada por la fusión de estirpes o mestizaje—palabra no por desacreditada ante los ojos del mundo, menos cristiana y menos noble—es, con la fe y con la cultura, el elemento que más firme y amablemente unifica a los pueblos.

Entre estos tres factores de cohesión, la primacía se la lleva la fe, como más trascendente; después la cultura, no sometida a las mutaciones etnográficas de los pueblos y de difícil pérdida. Una y otra son el legado más común de los pueblos hispánicos, bien que la primera prevalece en universalidad sobre la segunda, pues hay en América ciertos linajes a los que España no logró llevar totalmente su cultura y su lengua, como es el caso de las tribus nómadas andinas, pero a los que sí logró ganar para el cristianismo.

El pueblo español menos aún pudo mezclar en breve tiempo su sangre con tantos millones de seres que poblaban el Nuevo Mundo; aunque, eso sí, aquella generación de colonizadores no puso otro coto a sus planes de asimilación racial que la capacidad de sus fuerzas.

En resumen, los españoles consiguieron enseñar a casi todos los indios la doctrina de la salvación y la lengua ubérrima de Castilla, y, en la medida que pudieron, iniciaron el mestizaje, con la intención cristianísima de crear vínculos indestructibles de sangre entre la metrópoli—en su genuino significado de “ciudad madre”—y los pueblos colonizados, para que la unión entre ambos fuese más duradera y más humana.

Esta fusión de estirpes se continúa hoy día en América con vigoroso empuje, de tal manera que en un futuro próximo ya no habrá más indios puros, ni más blancos puros. Se habrá formado un pueblo nuevo y uniforme, un pueblo mestizo. El mestizaje es, pues, una de las notas más peculiares y gloriosas de la epopeya misionera (291).

(291) Adviértase que gran número de las palabras que designan los cruzamientos entre razas humanas son de origen hispanoamericano (zambo, mulato, cuarterón, mestizo, etc.). ¡No en vano fue en América donde se rompieron por primera vez las barreras que separaban a las diferentes estirpes de la tierra!

Poblaciones indígenas, publicación de la O. I. T. (Oficina Internacional del Trabajo), divulgaba hace unos años la siguiente estadística del mestizaje en las naciones iberoamericanas, claro exponente del potente movimiento fusionador.

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Pío XII ha captado finamente este cristiano abajamiento de la raza superior, y le pondera entre los puntos de su doctrina sobre la colonización americana. Y nótese que el Papá habla a un pueblo, al tratar este asunto, que no pudo beneficiarse sino en dosis relativamente escasas—por lo menguado de los contingentes colonizadores—de los cruzamientos con sangre española.

“Conquista principalmente pacífica, fusión de estirpes, que sólo la fuerza aglutinante de la religión pudo realizar con misión maternal, sólo el aliento unánime de una fe, profundamente arraigada, pudo mantener entre tantas vicisitudes”.

(Radiomensaje al Congreso Mariano Nacional de Filipinas, 5-XII-1954.)