Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los resultados obtenidos por la providencial Epopeya Evangelizadora, son algo grandioso y único en su género: fe y santidad, lengua y cultura, sangre y héroes (18)

El ideal del reinado “colonial” de Jesucristo, sublimente realizado en la América hispana, fue el ambiente propicio en que la epopeya misionera halló su fecunda expansión (2)

Jesús Crucificado (1)Una parecida disociación de fuerzas—como explican los propios autores franceses—retardó el desarrollo de las después tan florecientes misiones del Canadá. En efecto, los apóstoles católicos de esa región no recibieron apoyo ni se vieron protegidos firmemente por el gobierno de la metrópoli hasta que Richelieu, en 1627, tomó seriamente a su cargo la nueva cristiandad. Leemos a este propósito en la revista “Verbe”: “La historia de las grandes empresas; coloniales ofrece, a quien la estudia con atención la prueba más convincente de la importancia de la espada temporal con respecto a la evangelización de los pueblos. Quien no se preocupa por descubrir las causas de los sucesos se asombra naturalmente, al ver cuán difíciles fueron los comienzos en el Canadá, mientras que los españoles habían conquistado tan fácilmente su vasto imperio”. Y el articulista descubre acertadamente el motivo de la diversidad de resultados de conversión en las diferentes circunstancias en que se hallaban ambas metrópolis. Mientras la España del siglo XVI, pletórica de fuerzas humanas y espirituales, gozaba de la unidad religiosa y política, que le procuró la energía de sus católicos reyes, Francia se veía entregada a las guerras de religión y a luchas políticas extenuantes. Hasta el advenimiento de Richelieu, y de Luís XIV después, no fue Francia propiamente Un Estado misionero.

No sucedió así en la colonización iberoamericana. Lo que en las Reducciones—por las particulares, y temporales circunstancias del país—era unidad de poder, en el resto del inmenso dominio español era unión de poderes, distintos entre sí, pero siempre con un marcado tinte de soberanía de lo religioso sobre todas las manifestaciones de la vida social. La vida colonial estaba toda ella penetrada de lo religioso, si cabe más que en la península, por haberse podido levantar allí de planta todo el edificio social cristiano sin miramientos, con tradiciones o privilegios más o menos profanos. En la América colonial española Jesucristo presidía todas las instituciones, desde las audiencias virreinales hasta los concejos y ayuntamientos del interior. Y tanto las solemnes tomas de posesión de los virreyes y ministros reales cómo los sencillos nombramientos de alguaciles, todo se hacía en el nombre augusto de la Santísima Trinidad. ¡No había sociedad más exenta de liberalismo que la formada por las colonias hispánicas!

¡Clericalismo!, exclamarán los católicos liberales. Catolicismo, y Romanismo, y Evangelio, afirmamos con decisión nosotros, respaldados por toda la doctrina pontificia de ciento cincuenta años, para no decir de veinte siglos.

Porque la Iglesia siempre ha sentido idénticamente respecto a la conjunción de los dos poderes.

La prueba más adecuada para nosotros es que ella misma inspiró la estructura social de las Españas ultramarinas, tal como acabamos de exponerla. Los adversarios del Catolicismo lo sabían bien, y, por ello, al tomar a aquel régimen como blanco de sus invectivas, no lo separan de la misma Esposa de Cristo. Y aun algunos—como el cínico Déberle—tienen el blasfemo atrevimiento de reprender directamente a la Iglesia por haber permitido tantos “desmanes”.

Lo cual nos confirma en nuestra posición doctrinal y en nuestra “tesis colonial”: “Ladran, luego cabalgamos”.

Pío XII no albergaba seguramente diversos sentimientos cuando al dirigir complacido sus recuerdos a aquellos felices tiempos de la Reducciones—extremada contextura a que puede llegar la unión de la Iglesia y el Estado—veía en ellas “realizada, como quizá no se ha realizado jamás en la historia, la idea del Reinado de Jesucristo en lo que tiene de íntimo para el alma y en lo que tiene de majestuoso para los pueblos”.