Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los resultados obtenidos por la providencial Epopeya Evangelizadora, son algo grandioso y único en su género: fe y santidad, lengua y cultura, sangre y héroes (19)

El ideal del reinado “colonial” de Jesucristo, sublimente realizado en la América hispana, fue el ambiente propicio en que la epopeya misionera halló su fecunda expansión (3)

Sin título“Un Congreso Eucarístico entronca siempre con las grandes tradiciones eucarísticas del pueblo donde se celebra, si este pueblo no es un neófito. Cuatro siglos de cristianismo habéis vivido y esos siglos están repletos de hazañas eucarísticas.

Todos hemos leído, entre dulces lágrimas de emoción, las narraciones de aquellas sencillas fiestas eucarísticas, sobre todo de las fiestas del Corpus, que se celebraban en las antiguas reducciones. Todos tenemos viva la memoria de aquéllas, porque ha venido a avivarla en este misino año la gloria de los primeros mártires de las reducciones, que la Iglesia ha elevado a los altares (296).

(296) Estos tres mártires, beatificados por Pío XI el 28 de enero de 1934, fueron tres sacerdotes de la Compañía de Jesús: Roque González, natural de La Asunción (Paraguay), y Alonso Rodríguez y Juan del Castillo, misioneros españoles. Se encontraban al frente de una de las Reducciones, cuando fueron atacados y matados a golpes de macana, a instigación de un indio apóstata (1628).

Parece como si el corazón del P. Roque González volviera a hablar de nuevo para decirnos cómo se celebraban las antiguas fiestas eucarísticas de la Argentina (297).

(297) Recuérdese que las Reducciones de los guaraníes abarcaban toda la zona en que estos pueblos vivían. Es decir, parte del Brasil actual, del Paraguay, del Uruguay y de la Argentina. De esta última, dos provincias: Corrientes y Entre Ríos.

Cantan y bailan los naturales en ellas con inocencia de paraíso y con ritmo bíblico en torno al arca de la Nueva Ley; los bosques dan sus ramas y sus pájaros; la tierra, sus flores y sus frutos; hasta los ríos dan sus peces para simbolizar de un modo a la vez primitivo y sublime que es del Señor la tierra y toda su plenitud; Jesús desde la Hostia se ve rodeado de corazones coronados con macizas virtudes evangélicas como si hubiera bajado a un huerto y le acariciara el perfume de las más bellas flores. Allí se veía realizada, como quizá no se ha realizado jamás en la Historia, la idea, central del presente Congreso: el Reinado de Jesucristo en lo que tiene de íntimo para el alma y en lo que tiene de majestuoso para los pueblos. Ni una sola alma, ni una sola institución podían esquivar los rayos de sol de la Eucaristía.

El grano de mostaza murió en el surco entre pavorosas tempestades, pero no pereció en la esterilidad. Las fatigas apostólicas y la sangre derramada lo fecundaron de tal modo que lo hicieron germinar y transformarse.

Donde la historia, que por lo heroica parece leyenda, dice bosques centenarios, decimos nosotros ahora urbes inmensas; donde decía cantos y bailes primitivos, decimos himnos incomparables brotados al calor del genio y cargados de suavidades y triunfos divinos; donde decía ramas, pájaros y peces, decimos nosotros los tesoros de nuestra civilización acumulados por los siglos, y las magnificencias de la vida moderna; donde decía unos centenares de almas sencillas e inocentes, decimos muchedumbres argentinas en las que el cristianismo tradicional y añejo heredado de los abuelos palpita vibrante en corazones templados con áureas vírgenes del Nuevo Mundo; muchedumbres cosmopolitas venidas de los más lejanos puntos del planeta para proclamar a Jesucristo por Rey del Universo en esta tierra vigorosa que ha sabido forjar un pueblo compacto, en el que los elementos más ricos y diversos se han fundido en armoniosa unidad y original potencia.

Pero en esta grandiosa metamorfosis, la metamorfosis de los pueblos americanos que han ido formando los siglos entre una historia épica de heroísmos, algo permanece y debe permanecer inmutable, y es el alma de esas tradiciones seculares, el espíritu que flota todavía y se extiende como el buen olor de Cristo por toda la América meridional.

La nota fundamental de ese espíritu es que Jesús se veía rodeado de almas limpias y podía apacentarse entre lirios y rosas. La otra característica es que, al proclamarse allí la realeza de Cristo, no se pronunciaba una palabra vacía, ni siquiera una palabra mutilada en su más hondo sentido, sino una palabra llena de asombrosas realidades.

Veo llegar hasta nosotros la gran corriente de la primitiva tradición cristiana de vuestra República para informar todo el Congreso. Los siglos cristianos la han ido transmitiendo de generación en generación.

Que en este punto no haya más que una diferencia. Aquellas fiestas primitivas eran como una flor silvestre ignorada que esparcía su aroma en las profundidades de los bosques o en la soledad de la llanura, y las nuestras queremos que sean una proclamación tan grandiosa de la realeza de Cristo que la oiga toda la redondez de la tierra”.

(Discurso del Cardenal Pacelli, Legado Pontificio, en la inauguración del XXXII Congreso Eucarístico Internacional, celebrado en Buenos Aires, 10-X-1934.)