Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los resultados obtenidos por la providencial Epopeya Evangelizadora, son algo grandioso y único en su género: fe y santidad, lengua y cultura, sangre y héroes (21)

El ideal del reinado “colonial” de Jesucristo, sublimente realizado en la América hispana, fue el ambiente propicio en que la epopeya misionera halló su fecunda expansión (5)

Convento de Santo Domingo - Lima (Perú)

Y esa labor no fue estéril. Cristo se adueñó del alma americana, y la religión de Cristo llegó a los más recónditos valles y a las más abruptas cordilleras, levantando por doquier templos y monasterios, que son como un vivo reflejo del arte religioso español. Restringiéndome a recuerdos personales y a la evocación que de la nación peruana trae en estos momentos a mi espíritu la presencia del excelentísimo señor Vicario Apostólico de Urubamba y Madre de Dios, me complazco en señalar un solo recuerdo: el histórico y artístico templo y convento de Santo Domingo de Lima, asombro de arte y de belleza, y unida a ese recuerdo viene a mi mente la simpática figura de la Rosa limeña, de la primera santa de América, “primus Americae meridionalis sanctitatis fructus”, de Santa Rosa de Santa María, cuya casa, convertida hoy en santuario está confiada a vos, excelentísimo señor, y a vuestros colaboradores, y cuya vida y virtudes proclaman muy alto que la obra religiosa de España no se paró en la labor externa de levantar catedrales y monasterios sino también de formar las almas y conducirlas a las cumbres de la santidad.

Y al mismo tiempo que predicaban a Cristo, los misioneros españoles se dedicaron a formar las conciencias conforme a la doctrina esencial del Cristianismo, de que todos los hombres de todas las razas somos hijos de un mismo Padre y hermanos de Jesucristo; y esa doctrina la afirmaron y sostuvieron con denuedo frente a los egoísmos y a la dureza de conducta de los que en ocasiones querían subordinar el ideal cristiano al interés personal y egoísta. De este concepto de dignidad humana nació el sentido de la personalidad, que Llegado a madurez produjo la exuberante floración de veinte naciones, a las que si España en el primer momento miró separarse con dolor, con el dolor de todas las separaciones, contempla ahora con legítimo orgullo de madre, que ve los hogares de sus hijos prósperos y florecientes.

No contenta España con llevar a América estos ideales de religión y de civismo, le dio también su lengua para que pudiera expresarlos con la sonoridad y elegancia del habla castellana, a la que el César Carlos V consideraba como la lengua más apropiada para hablar con Dios. Del Nuevo Mundo ha surgido toda una pléyade de escritores, pensadores y poetas que, uniendo sus admirables obras a las inmortales de la lengua castellana, forman un coro armonioso que canta las alabanzas de Dios al mismo tiempo que la grandeza de España.

Considerando todo esto un escritor mejicano, al que no podemos considerar como parcial, porque de serlo sería en contra de España, se entusiasma frente a esta empresa “que, dice, no tiene paralelo en la historia entera de la Humanidad, epopeya de geógrafos y de guerreros, de sabios y colonizadores, de héroes y de santos, que, al ensanchar el dominio del hombre sobre el planeta, ganaban también para el espíritu las almas de los conquistados”.

Y un poeta peruano, de vida atormentada y trágica, ha cantado en admirables versos:

Tú sí eres grande, España romancesca y luminosa: Tú eres la Fe que el corazón expande, tú la Esperanza que en la fe reposa, y tú la Caridad que por doquiera va prodigando su alma generosa. Grande fue tu ideal, grande tu ensueño; tan grande fue éste en la Cristiana Era, que el mundo antiguo resultó pequeño y para ti se completó la esfera.

Me complace traer a cuento estas citas y evocar estos recuerdos y cantar estas glosas en la víspera de una fecha famosa en los fastos de España y de la humanidad: ¡el 12 de octubre!

El día de mañana todo el mundo americano se une a España con amoroso afán, todos recuerdan una palabra que en la mañana del 12 de octubre sonó como un grito de victoria: ¡Tierra, tierra! Después de setenta y dos días de angustias y temores, de alternativas y de tempestades, aquella palabra venía a compensar abundantemente las fatigas pasadas, las zozobras de aquel viaje a los desconocidos linderos del mundo. Y aquel grito de ¡Tierra! no era más que el comienzo de una obra gigantesca, civilizador a que España llevó a cabo con abnegado heroísmo.

Este seminario quiere continuar las glorias misioneras de España y por eso ha sido una feliz coincidencia que su inauguración oficial se haya celebrado en las vísperas de aquella gloriosa fecha.

Lleno de admiración a la labor evangelizadora de España, cuyos frutos he palpado de cerca con emoción durante mi larga estancia en tierras hispanoamericanas, yo os felicito, excelentísimo señor, por el logro de esta iniciativa vuestra, y en Vos felicito a la orden dominicana, que por medio de este seminario quiere seguir atando con lazos de amor los corazones de España y de América”.