D. José Guerra Campos
El octavo día
Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973

Gracias a Dios, el Espíritu actúa en el interior de los hombres, incluso donde no alcanza la acción exterior de la Iglesia. Y hay hombres que se dejan guiar por el Espíritu; tienen, sin saberlo, valores religiosos. Pero no se puede desorbitar, con optimismo infundado, esta situación. No es satisfactoria; No disminuye la urgencia de la acción misional. Porque no todo es buena fe, a los ojos de Dios, que es quien la juzga. Seguir la conciencia es seguir la voz de Dios, que resuena en ella; no un proceder arbitrario. Dice el Concilio: “Quienes voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios y soslayar las cuestiones religiosas, desoyen el dictamen de su conciencia y, por tanto, no carecen de culpa” (5). “Con mucha frecuencia los hombres, engañados por el maligno, se envilecen sirviendo a la criatura más bien que al Creador…; o, viviendo y muriendo sin Dios en este mundo, se exponen a la desesperación extrema” (6).

Además, cualquiera que sea el número de los que se salven por la buena fe (7), no se trata sólo de no tener culpa. La orfandad de un niño abandonado, aunque sea inculpable, es un estado de desgracia. Aquel que no ha descubierto la manifestación de Dios, vive privado de un gran bien: el de ver y esperar con la luz de la fe. Anda a tientas a través de los enigmas del pecado, el dolor y la muerte; no reconoce a Aquel que es su vida; “no recibe plena y conscientemente la obra salvadora de Dios” (8).

Notas:

(5) GS., 19.

(6) LG., 16.

(7) “Cuyo número sólo Dios conoce” (profesión de fe, de Pablo VI). Este Credo del Papa resume así nuestro tema: “Creemos que la Iglesia es necesaria para salvarse, porque Cristo, el solo mediador y camino de salvación, se hace presente para nosotros en su cuerpo que es la Iglesia. Pero el designio divino de la salvación abarca a todos los hombres; y los que sin culpa por su parte ignoran el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sinceridad y, bajo el influjo de la gracia, se esfuerzan por cumplir su voluntad conocida mediante la voz de la conciencia, éstos, cuyo número sólo Dios conoce, pueden obtener la salvación”.

(8) Decreto Ad gentes: AG., 7.