reina isabel, montada a caballo

JEAN DUMONT, Historiador francés

ISABEL LA CATÓLICA, LA GRAN CRISTIANA OLVIDADA

Mortificada, aficionada a la música y deportista

En el abandono donde estaba sumergida, la huérfana Isabel se formó a sí misma, con una personalidad muy fuerte y muy cristiana. En medio de la corte disoluta de Enrique IV, resplandecía como “señora y hermana muy virtuosa”, así la llamaba el rey. Todo el mundo sabía que vivía en oración y hacía duras penitencias usando cilicios y disciplinas de mortificación. Hasta el punto que uno de sus principales consejeros, el poeta Gómez Manrique, le pedirá públicamente, cuando llegó a ser reina, que se ocupara de los asuntos de gobierno antes que de las oraciones y penitencias.

No es que ella fuera una santurrona. Era una mujer bonita y elegante, rubia con ojos azul verdosos. Le gustaba la música, la poesía, el teatro y la fiesta, sobre todo en el servicio del oficio divino (ella dirigía personalmente su “capilla” musical). Con benevolencia por los necesitados, se informaba atentamente de todos los problemas de su tiempo, que a sus veinte años mostrará conocer muy bien. Era muy deportista, sobre todo una amazona excepcional. Hizo duras prácticas, en su infancia, de largas carreras a caballo por los campos de Madrigal y Arévalo. Hasta el punto que, siendo reina, no dudará de hacer a caballo cientos de leguas atravesando las más escarpadas sierras y los más duros inviernos para enfrentarse a algún poderoso rebelde, o para presenciar el capítulo general de la orden militar de Santiago.