Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars, patrona de la ancianidad

Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

 La Hispanidad, firme y prometedora realidad (38)

“El Pilar de una dilatada y gloriosa estirpe” (4)

Y en otra ocasión, como casualmente, pero respondiendo en realidad a un firme convencimiento de su corazón, el gran Papa: proclamó la realeza de Nuestra Señora del Pilar sobre todo el mundo de lengua española.

Se celebraba en el Vaticano la solemne beatificación de la Sierva de Dios Teresa de Jesús Jornet e Ibars, fundadora de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Pío XII, en el discurso de bienvenida a los peregrinos asistentes a la inolvidable ceremonia, habló de las fundaciones de la Sierva de Dios. Una de éstas, la de Zaragoza, la había realizado la Beata Teresa Jornet el día del Pilar. Pues bien; Su Santidad, cuando llegó a este punto, no dejó de hacer constar que tal día era el “consagrado al culto, de la Reina de la Hispanidad”.

“Nos complace considerar la gran parte que la Virgen Santísima quiso tomar en la vida y obra de Teresa de Jesús.

Nacida al sonar el “Angelus”…, muchas horas solemnes de su existencia coinciden providencialmente con una fiesta mariana…; la fundación en Zaragoza el mismo día consagrado el culto de la Reina de la Hispanidad”.

(Discurso en la beatificación de la Madre Teresa de Jesús Jornet e Ibars, 28-IV-1958.)

Y con estas delicadas palabras acabamos la larga serie de textos del gran Pontífice.

El lector que no los conocía habrá quedado profundamente admirado al comprobar la riqueza de las ideas y la exquisitez y dulzura de las expresiones.

Pío XII muestra en sus palabras haber conocido a las mil maravillas la gran gesta misionera hispana. Sus delicados recuerdos, por una parte; sus puntuales citas, sus atinados comentarios dicen a las claras que estimó en alto grado el ideal de conquista que animó a la España misionera. Por otra parte, sus sabios y acertados conceptos sobre la realidad actual de la Hispanidad, sobre su porvenir y sobre su esencia, evidencian en el sabio Pontífice un sentido nada común de las leyes de la Historia y de sus relaciones con la Iglesia católica.

Su Santidad no podía ocultar, por lo demás, su gran amor a la que él mismo llamó “epopeya misionera”.

“Se trata, efectivamente, de un país predilecto (República Dominicana), que la Divina Providencia quiso escoger: para cuna del cristianismo, en América y centro difusor de, aquella epopeya misionera, que acompaña a su descubrimiento y a su conquista…”

(Discurso a D. Roberto Despradel, nuevo embajador de la República de Santo Domingo ante la Santa Sede, 8-I-1948).