San Juan Pablo II y Mons. José Guerra Campos, Obispo de Cuenca

D. José Guerra Campos
El octavo día
Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973

Estamos en vísperas de la fiesta de San Pedro y del día del Papa.

Cristo, cabeza, fundamento y pastor de su Iglesia, confía a Pedro y a sus sucesores la administración visible de sus propios oficios. Lo constituye su vicario y portavoz supremo, a la cabeza de los apóstoles; principio de unidad, sobre todo por la confesión de la verdadera fe.

A Pedro hemos de volver los ojos en las horas de confusión, como la que ahora atravesamos (1).

“¿Quién dicen los hombres que soy yo?”, pregunta el Señor. Los discípulos refieren diversas opiniones humanas (“Unos dicen… Otros dicen…”). El que acierta es Pedro; no porque fuese más sabio que los demás, sino por la revelación del Padre, acogida con docilidad (2).

¿Qué dice la gente sobre lo que es o debe ser la Iglesia? ¿Qué es Cristo para nosotros en el siglo XX? ¡Se dicen tantas cosas! Con tanta algarabía, que muchos terminan por no entender nada. Y ahí está, resonando de continuo, la voz del Papa; precisando, en un diálogo amoroso y comprensivo, cuál es la verdad divina, que corresponde a la revelación del Padre, y cuáles son habladurías vanas. Con sus instrucciones casi diarias y con su palabra más solemne -el Credo pronunciado en 1968- el Papa confirma en la fe a sus hermanos (3).

Notas:

(1) Pedro es al mismo tiempo portavoz de Cristo y portavoz de nuestra fe.

(2) Ver Mt. 16, 13-17.

(3) En la introducción a su “Credo”, recitado en la plaza de San Pedro el 30 de junio de 1968, el Papa declaró que tenía presente la “inquietud que agita” a aquellos “católicos que se dejan llevar de una especie de pasión por el cambio y la novedad”, que “no se sustraen a la influencia de un mundo en profunda mutación, en el que tantas cosas se impugnan o discuten”. El Papa recuerda que la búsqueda de una inteligencia más profunda o de una presentación más inteligible de los misterios de Dios, labor propia de la Iglesia, no ha de degenerar en la suplantación de su sentido revelado por hipótesis arbitrarias. El Papa “responde a la necesidad de luz que experimentan tantos fieles” no sólo con sus instrucciones normales, sino con una “palabra más solemne” (el credo o profesión de fe, que pronunció) para cumplir el mandato del Señor de confirmar en la fe a sus hermanos, y también para orientar “a todos aquellos que en el mundo… están buscando la verdad”.

“Como en otro tiempo en Cesarea de Filipo el apóstol Pedro tomó la palabra en nombre de los doce para proclamar verdaderamente, por encima de las opiniones humanas, a Cristo, Hijo de Dios vivo, así hoy su humilde sucesor, pastor de la Iglesia universal, levanta su voz rindiendo, en nombre de todo el pueblo de Dios, un firme testimonio a la verdad divina confiada a la Iglesia para que ella la anuncie a todas las naciones.”

“Debemos cumplir el mandato confiado por Cristo a Pedro, del que somos sucesor…, de confirmar en la fe a nuestros hermanos. Conscientes, ciertamente, de nuestra debilidad humana, pero con toda la fuerza que tal mandato imprime a nuestro espíritu, vamos a hacer una profesión de fe, a pronunciar un credo que… recoge en sustancia, y en algún aspecto desarrollado en consonancia con la condición espiritual de nuestro tiempo, el credo de Nicea, el credo de la inmortal tradición de la Santa Iglesia de Dios”.