Obispo José Guerra Campos (12)

EN DEFENSA DE MONS. JOSÉ GUERRA CAMPOS

– DIARIO MUNDO:

– “Con él se va el pasado nacional-católico de la Iglesia”.

– “Giraba todavía más a la derecha”.

– ”Tesis integristas del secretario del Episcopado”.

– “Desde entonces se siente relegado y, despechado, inicia el camino de la disidencia abierta”.

– “Se convirtió en adalid de los “ultras”.

– EL PAÍS:

– “…defensa a ultranza de las posiciones más conservadoras de la Iglesia Católica”.

– “…jornadas de Zaragoza a las que Pablo VI le prohibió asistir”.

– EL PERIÓDICO:

– “Un ataque cardíaco mata a…”.

– “Se enfrentó a Pablo VI”.

– “Carácter ultraconservador”.

– “El obispo que irritaba a Tarancón”.

– EL DIARI DE SABADELL:

– “Vota contra la Llei de la Reforma Política, contra la Llei del Divorci, Avortament… i la Constitució Democràtica”.

Después de haber leído estos periódicos que se publican en Catalunya, el lector poco avisado sobre los términos usados se quedará con una imagen del santo obispo que lo fue de Cuenca durante veintitrés años, como de una persona muy poco deseable, que hacía muy bien en morir y desaparecer de este mundo, junto con todo lo que defendía. Pues bien, el que desee tener una imagen real de él, lea cualquier periódico de Cuenca, que es donde le conocieron, y verá de qué otra forma más distinta le ven allí. Fiel a su puesto de pilar de la Iglesia, cumplió con creces sus obligaciones pastorales con las gentes de aquellos pueblos, que le correspondieron con un cariño y una adhesión que no desdecían en nada de su celo pastoral, pues continuamente estaba andando de pueblo en pueblo, y le gustaba participar de la sana alegría de sus gentes, como por ejemplo, después de un acto religioso en un pueblo, solía haber bizcocho y “zurra” (mezcla de vino, gaseosa y frutas). El Sr. Obispo siempre era el que cogía las bandejas el primero, con aquella su franca y cordial sonrisa que le caracterizaban, y servía al público, que solía ser todo el pueblo, reunido en la Plaza mayor, o frente a la iglesia o el ayuntamiento. Así, estaba sirviendo mientras hablaba con todo el mundo con su hablar siempre ecuánime y sereno.

No hay peor mentira que las verdades a medias, o presentar el bien y la verdad como mal y error. Es una guerra de términos.

A un Obispo de la Iglesia Católica que es fiel a sus enseñanzas, ¿hay que tratarle con todos los epítetos peyorativos que encabezan este escrito? La verdad es una y simple, y esta verdad que está clarísima en el Evangelio es la que Mons. Guerra Campos ha enseñado desde que era sacerdote. Y como esta verdad requiere el testimonio de la vida, con todas sus consecuencias, como signo de contradicción, él no dudó en testificarla de palabra y de obra, hasta su muerte, incluso con sus silencios.

¿Es que se puede decir de los mártires de la Iglesia o de toda la amplísima variedad de sus santos y santas que son “ultras”, “integristas”, etc.? No, sino que han sido fieles a lo que Nuestro Señor Jesucristo ha enseñado, con todas las fuerzas de su espíritu.

Quien le ha conocido íntimamente puede afirmar que hasta sus últimos momentos ha sido fidelísimo a la Iglesia. Al que le temblaba la voz y se le enrojecían los ojos de cariño y respecto al hablar de cierta ocasión en que se entrevistó con Pablo VI, ¿cómo se puede decir de él que desobedeciera al Papa, sabiendo muy bien que lo primero que tienen que hacer los obispos y cualquier fiel cristiano es obedecer al Sumo Pontífice? Por tanto, decirlo es calumniarle gravemente.

He tenido ocasión de conocerle en los últimos días de su vida, de aquella vida que se iba apagando de día en día, pero que tenía todo el vigor y lozanía del que tiene su conciencia limpia ante Dios y los hombres, del que ha sido coherente hasta el final con la Fe que ha iluminado su vida y su actuación en todos los momentos de ella. Fue verdaderamente ejemplar en todo: desde el meticuloso orden de sus propios enseres caseros, hasta el mismo orden en la exposición de sus ideas, procurando siempre medir y calcular todas sus palabras para ser fiel a la verdad y rigurosamente objetivo en su exposición hasta los más mínimos detalles, sin querer herir a nadie, delicadísimo en la caridad, no se le oyó una sola crítica de nadie. Callaba.

En la vida de familia de sus últimos días nos ha dejado muy buenos recuerdos. Procuraba agradar a todo el que se acercaba a él; se le veía, o se adivinaba, por la extremada palidez de su rostro, hacer esfuerzos por hablar y decir algo instructivo, con aquella profundidad y serenidad con que lo decía todo. Quería ser útil a todos con sus palabras y de cualquier cosa tenía algo interesante que decir, pues sabía de todo y se interesaba por todos. Al mismo tiempo, ponía su máximo empeño en ocultar sus males para no dar qué sufrir ni qué hacer.

Mucho obispo como él quisiera tener la Iglesia de Dios.

Este es el testimonio que puedo dar en favor de esta gran personalidad de la Iglesia en España, que se merecería muchos más elogios, pero lo dejo para quien sepa escribir mejor.

Hna. Isabel Lamarca Abelló, mCR.