Contracorriente

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Contracorriente

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Nuestras cruces salvan almas

11 jueves Jul 2019

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano

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Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Jesús Crucificado y San Juan Pablo IIEn tiempos del Estado de Bienestar no se quiere entender lo que dice nuestro Señor Jesucristo: «El que no toma su cruz y me sigue no es digno de Mí». Llevar la cruz, nuestros sufrimientos, nuestras enfermedades con paz y alegría es condición indispensable para ser discípulo de Jesús.

La Cruz que nos invita a llevar Jesús no es solamente los sufrimientos especiales y extraordinarios. Son también las molestias ordinarias de la vida que debemos aprovechar para adelantar por los caminos de la santidad. A veces, puede ser que aceptemos grandes sufrimientos por amor a Dios, pero los pequeños de cada día nos molestan y no los aceptamos para agradar a Dios y santificarnos. De todo corazón digamos al Señor: Quiero abrazar con toda generosidad todas las cruces que me envías, Jesús mío.

Jesús salvó a todos los hombres muriendo en la cruz, en la cima del monte Calvario. Nuestras cruces recibidas con amor y resignación, también salvan muchas almas. Todo fue ya previsto por el Señor y Él distribuye las gracias entre los pecadores.

Las cruces son un mal, según la mente humana. Pero al mismo tiempo son un bien sobrenatural porque nos dan las ocasiones de practicar las virtudes y nos purifican y acercan a Dios, nuestro Padre celestial.

A nuestros sufrimientos pequeños o grandes, Cristo le ha dado el nombre de cruz porque quiere que nuestro dolor no sea una cosa sin sentido, sino una cruz. Un medio de santificación y salvación eterna de las almas.

Debemos aceptar las cruces con serenidad y paz. Humanamente duelen, las repelemos. Pero son señales inequívocas de que Dios nos ama. Nos purifican para vivir más íntimamente unidos al Señor.

A través de los sufrimientos de cada día, Jesús nos llevará por el camino que ha escogido para nosotros. Para alcanzar el grado de santidad al que hemos sido llamados. Siempre con una confianza ilimitada, completamente abandonados a la voluntad de Dios. Las cruces se llevan con amor y agradecimiento a Dios. Así se llega a la santidad.

Muchas personas se desaniman ante los sufrimientos y el dolor y las esquivan de mil maneras. Piensan que es un mal. No tienen confianza en Dios. Ni piensan que esos sufrimientos ofrecidos a Dios, se convierten en salvación de muchas almas. Santa Teresa de Jesús exclamaba: «Padeced quiero, Señor, pues vos padeciste: cúmplase en mí de todas maneras vuestra voluntad».

El secreto de sufrir cristianamente está en olvidarnos de nosotros mismo. Confiar absolutamente en la Divina Providencia que nos guía. Quien se concentra en sus propios sufrimientos, no puede soportarles. Se desanima y deja el camino estrecho que lleva a la santidad y a la salvación eterna. Vivamos el momento presente: «Bástale a cada día su propia malicia», nos dice el Señor. Y San Ignacio de Loyola nos recuerda que en «tiempo de tribulación no hacer mudanza». No nos preocupemos de nuestros sufrimientos. La Divina Misericordia nos dice que recemos continuamente esta jaculatoria: «Jesús en Ti confío».

La Beata Teresa de Soubiran decía: «Mis penas, lo reconozco, han sido permitidas y hasta queridas por Tí, Señor mío, para enseñarme a tener confianza a despecho de todo». Sí, pueden venir momentos de angustia y tinieblas que las almas no saben cómo salir de ellas. Nuestra miseria y debilidad es grande, muy grande. Pero Dios nunca nos abandona, está junto a nosotros, en nuestras almas en gracia de Dios: «Descarga sobre Él tu cuidado y Él te sustentará» (Salmo 54, 23). A mayores pruebas y sufrimientos correspondamos con mayor abandono en Dios. Así llegaremos al Cielo. Estamos en las manos de Dios y no debemos tener miedo a nada ni nadie.

¡Viva Jesús Sacramentado!

¡Viva y de todos sea amado!

El acto humano

04 jueves Jul 2019

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano

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Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Soldado rezando a la Virgen María y Niño JesúsEl acto humano puede ser bueno o malo; interno o externo; perfecto o imperfecto; directo o indirecto…

Acto bueno o lícito es el que se ajusta a las normas de la ley moral (rezar, honrar a los padres).

Acto malo o ilícito es el que se aparta del recto orden moral (mentir, blasfemar, etc.).

Acto interno es el que se realiza únicamente con las facultades internas (imaginación, entendimiento, voluntad…), sin manifestar nada al exterior.

Acto externo es el que se realiza interviniendo también los órganos y sentidos del cuerpo (leer, comer, correr).

Acto perfecto es el realizado con pleno conocimiento y deliberación (el hombre es dueño por completo de sí mismo).

Acto imperfecto es el que se realiza con semiadvertencia o semiconsentimiento (medio dormido, medio distraído).

Llamamos influjos del acto humano a los que modifican el acto humano en el entendimiento o en la voluntad.

Los influjos más comunes son la ignorancia, el miedo, las pasiones, los hábitos y la violencia.

El influjo mayor del acto humano en el entendimiento es la ignorancia: la falta de un conocimiento que la persona debería tener.

La ignorancia puede ser vencible o invencible.

La ignorancia vencible o corregible es la que se puede superar con un esfuerzo razonable (estudiando, consultando, etc.).

Ignorancia invencible o incorregible es la que no puede ser superada por la persona que la tiene. Ya sea porque de ninguna manera se da cuenta (ignorancia absolutamente invencible) o porque ha intentado en vano salir de ella, preguntando o estudiando (ignorancia moralmente invencible).

En una persona con preparación humana y escolar, la ignorancia en materia de fe y moral es casi siempre vencible.

El influjo de la ignorancia en el acto humano es decisivo. La ignorancia invencible quita toda responsabilidad ante Dios porque se trata de una ignorancia del todo involuntaria y, por consiguiente, inculpable ante Aquél que escudriña el fondo de los corazones.

La ignorancia vencible es siempre culpable, en mayor o menor grado, según la negligencia de la persona a la hora de buscar la verdad.

El miedo es la perturbación del ánimo que influye en el acto humano ante un mal presente o futuro.

A veces el miedo se produce también cuando el mal amenaza a nuestros familiares o amigos íntimos, a quienes consideramos como otro yo.

El miedo es grave, cuando el mal que se teme es grande, inminente y difícil de evitar. Si el mal no es así, el miedo será leve.

El miedo grave disminuye la libertad, y por consiguiente la culpabilidad de la persona, pero no excusa de pecado, a menos que su intensidad haga perder el uso de la razón.

El miedo grave no es razón suficiente para cometer un acto malo, aunque por ese acto se salvara la propia vida. Es ilícito renegar de la fe por miedo a la muerte o a un castigo. Si a pesar del miedo que le atenaza, la persona realiza la acción buena, el valor moral de esa acción es mayor y obtendrá más méritos delante del Señor.

A veces el miedo grave puede excusar del cumplimiento de las leyes positivas (Mandamientos de la Santa Madre Iglesia) que manden practicar un acto bueno, si causan grave incomodidad. Sería el caso de la esposa que, para evitar un grave conflicto familiar, dejara de ir a Misa un domingo.

No olvidemos que se trata sólo de leyes positivas o meramente eclesiásticas, porque el cumplimiento de la ley divina (amar a Dios sobre todas las cosas) obliga siempre, aun a costa de la propia vida. El miedo leve no excusa de las obligaciones graves como el precepto de oír Misa, ayunar, etc.

Santidad y sufrimiento

27 jueves Jun 2019

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano

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Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

María con Jesús en brazosLos Evangelios no dicen nada de si la Virgen María, estuvo presente en los milagros que hizo Jesús. Solamente en las bodas de Caná, donde el Hijo obedeció a la petición de su Madre. Sí estuvo presente en el Calvario: «Estaban junto a la cruz de Jesús su madre… y María, la de Cleofás y María Magdalena» (Jn 19, 25). Ya lo había profetizado el anciano Simeón: «Una espada atravesará tu alma» (Lc 2, 35). Sí, María contempló las torturas que sufrió su Hijo y su muerte clavado en la cruz.

La Virgen Santísima ofrece el holocausto más perfecto y completo que puede hacer de sí misma. Ofrece a su Hijo Jesús que es el amor de sus amores, «¡Oh María, Madre Santa de Jesús crucificado! Cuéntame alguna cosa de su Pasión, porque entre todos los que estuvieron presentes fuiste Tú quien más la sintió, y quién mejor la vio, porque la mirabas con los ojos del cuerpo y de la mente, porque los considerabas con todo atención, pues nadie amaba más que Tú a Jesús» (Santa Ángela de Foligno).

San Ignacio de Loyola nos hace pedir en las meditaciones de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo: «Dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, lágrimas, pena interna de tanta pena como Jesús pasó por mí». También a María Santísima podemos pedirle que nos diga lo que Ella sufrió en el Calvario. Que participemos de sus sentimientos, que se conviertan en un verdadero compadecer. Padecer los sufrimientos de Jesús y María en nuestros corazones. Para amarlos intensamente, puramente. Para nunca más pecar.

Que la Virgen Santísima, la Madre de los Dolores, nos enseñe a sufrir. A llevar con fe y paciencia las cruces de cada día. Unidos a Jesús y a María salvemos muchas almas. Santa Isabel de la Trinidad exclamaba: ¡Oh Reina de las vírgenes! Tú eres también de los mártires. La lanza abrió una herida en tu corazón, porque en ti todo es íntimo, todo se realiza en tu interior. “Tú estás allí, ¡oh María!, al pie de la cruz, erguida, fuerte y animosa: y el Maestro me dice: «He aquí a tu Madre.» ¡Me da a ti por madre! Cuando Él ha vuelto al Padre y yo estoy en su lugar sobre la cruz, para que supla en mí «lo que falta a su Pasión para bien de su cuerpo que es la Iglesia», Tú, ¡oh María!, estás aún allí, para enseñarme a sufrir como Él, para repetirme, para enseñarme el último canto de su alma, aquel canto que sólo Tú, la Madre, has podido entender”.

Nuestras cruces, nuestros sufrimientos, vistos a la luz sobrenatural, como dones que nos da Dios para nuestra santificación, deben darnos paz y gozo. Los santos se unieron a Dios mediante los sufrimientos, fracasos y persecuciones de buenos y malos. No bastan, pues, nuestras mortificaciones y penitencias voluntarias. Es necesario que el Señor nos haga sufrir en el cuerpo y el alma para ir subiendo al monte santo del Carmelo donde solo hay amor, amor, amor a Dios.

En la estrofa segunda de la «Llama de amor viva», San Juan de la Cruz dice que son pocas las almas que llegan a la plenitud de la santidad porque son muy pocas las almas dispuestas que Dios encuentra para aceptar su profunda acción purificadora en todos las circunstancias de la vida.

La tibieza y la mundanidad impiden la purificación de las almas. Vivimos en tiempos mundanos y tibios. Debemos ir Contracorriente. Cumplir siempre los Mandamientos de Dios y de la Santa Madre Iglesia. Si no cumplimos la Ley de Dios no podemos ser santos, no podemos salvarnos eternamente.

¡Santa María, Madre de Dios y Madre mía!

¡Cuídame durante todo el día!

¡Todos los días de mi vida!

 

Caminos de santidad

20 jueves Jun 2019

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano

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Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Juan Pablo II - con un jovenPara ser santo basta que en todas las cosas cumplamos la voluntad de Dios. Voluntad divina manifestada en la Antigua Ley (Mandamientos de la Ley de Dios), perfeccionada por la Nueva Ley de Cristo (Ley de amor). Enseñada por el Magisterio de nuestra Santa Madre Iglesia.

Dios llama a la santidad. Nosotros respondemos con nuestras vidas. Así lo enseñó Nuestro Señor Jesucristo quien, después de predicar las Bienaventuranzas, dijo: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el Cielo y la tierra pasarán antes que pase una jota o un ápice de la Ley sin que todo se haya cumplido. Por tanto, el que quebrante uno de estos mandamientos menores, y así lo enseñe a los hombres, será el menor en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos» (Mt 5, 17-19).

Jesús fue el más fiel y perfecto cumplidor de la voluntad de su Padre. Nosotros debemos cumplir la voluntad de Dios con la perfección que es posible a la persona humana.

Jesucristo es la plenitud de la gracia y la fuente de la santidad; nosotros debemos conservar y aumentar la gracia y la santidad por la oración y los sacramentos.

La vida de santidad es la vida sobrenatural de la gracia santificante, que se manifiesta en una conducta moral semejante a la de Jesucristo.

El edificio de la santidad personal está formado por la gracia santificante, las virtudes sobrenaturales y los dones del Espíritu Santo.

La gracia santificante da al alma como una segunda naturaleza, superior sobrenatural que le hace participar, en cierto modo, de la naturaleza divina: «Nos han sido concedidas las preciosas y sublimes promesas, para que por ellas os hicierais partícipes de la naturaleza divina» (2ª Pe 1, 4).

Las virtudes son hábitos sobrenaturales con los que el alma, en gracia de Dios, practica el bien moral de manera sobrenatural y meritoria.

Los dones del Espíritu Santo hacen al alma dócil a las inspiraciones divinas y diligentes para seguir la acción del Espíritu Santo.

Vivir en gracia santificante es ya, sustancialmente la santidad. El pleno desarrollo de la gracia es la perfección de la santidad.

En el progreso de la perfección cristiana suelen distinguir tres etapas, llamadas «vías»: purgativa, iluminativa, unitiva.

La vía purgativa -propia de los principiantes de la vida cristiana- tiene por objeto principal el afán de evitar el pecado mortal y también el venial, en cuanto se pueda.

La vía iluminativa -propia de los que avanzan por los caminos de la santidad- sigue insistiendo en evitar el pecado venial, en cuanto es posible, pero su objeto principal es la práctica de las virtudes cristianas.

La vía unitiva -propia de los santos- aumenta la perfección de las virtudes, para llegar a la unión íntima con Dios, por un amor a Dios cada vez más perfecto.

Los consejos evangélicos son las prácticas religiosas recomendadas en el Evangelio para alcanzar la perfección cristiana. Jesús dijo al joven rico: «Si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los Cielos, luego ven y sígueme» (Mt. 19, 21).

La Iglesia ha aprobado y bendecido a órdenes, congregaciones e institutos religiosos, cuyos miembros se comprometen con votos especiales a procurar con particular empeño la perfección cristiana por la fiel observancia de los consejos evangélicos y sus reglas de vida.

Los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, pueden practicarse sin pertenecer a ninguna institución o congregación especial dentro de la Iglesia.

Los últimos Papas han recordado a los jóvenes sus obligaciones en la lucha para conseguir un mundo mejor, un mundo más cristiano: «La hora presente exige hombres y jóvenes de fe robusta. Nuestro tiempo será sólo de los hombres de fe fuerte y firmes en sus convicciones (…) El tiempo presente exige católicos sin miedo, para quienes sea la cosa más natural del mundo la abierta confesión de su fe con las palabras y con las obras. Verdaderos hombres, íntegros, firmes, intrépidos…

Hacen falta jóvenes de fe intensa, pronta a renunciar a la mediocridad, a abandonar el egoísmo si han caído en él; jóvenes que, estudiando o trabajando, hablando, rezando y sufriendo, tengan un corazón como llama que le abrase, el amor apasionado a Jesús, el amor a las almas» (Pío XII).

«No será la primera vez en la historia que la fresca y espontánea reacción de una juventud sana y fuerte, reclame contra la blanda tolerancia de la sociedad. Y exija la observancia de medios morales, que coinciden con la belleza, el vigor y la bondad de la vida (…) Cristo tiene necesidad de vosotros. Es la llamada que Él hace a los fuertes, a los rebeldes contra la mediocridad y la vileza, contra la vida cómoda e intrascendente» (San Pablo VI).

«Jóvenes: Cristo necesita de vosotros y os llama para ayudar a millones de hermanos vuestros a ser plenamente hombres y salvarse. Vivid con esos nobles ideales en vuestra alma y no cedáis a la tentación del hedonismo, de odio y violencia que degrada al hombre. Abrid vuestro corazón a Cristo, y a su ley de amor, sin condicionar vuestra disponibilidad, sin miedos a respuestas definitivas, porque la amistad y el amor no tienen ocaso.

Dios espera que los jóvenes colaboren con Él, mediante una donación total al designio de salvación; sus planes en cierto sentido dependen de vosotros, de la libre ofrenda de vuestra vida, y de la generosidad con que queráis seguir la inspiración del Espíritu en lo profundo de vuestros corazones.

Cristo resucitado nos guía hacia la salvación para hacer de nosotros una humanidad nueva, un mundo plenamente renovado. Fascinados con esta maravillosa vocación orad a María para que os acompañe, os proteja y os sostenga en el esfuerzo para transformar el mundo con el amor.

Nadie jamás podrá ocupar vuestro puesto. Ningún otro tendrá jamás la oportunidad que tenéis vosotros: acompañar a los jóvenes a buscar la verdad, conducirlos con paciencia y amor en el camino de la fe.

Cuento con vosotros para difundir un sistema nuevo de vida. Ese que nace de Jesús, Hijo de Dios y de María. Queridísimos jóvenes, buscad, amad, dad testimonio de Jesús y María”. (San Juan Pablo II).

Llamamiento Universal a la Santidad

13 jueves Jun 2019

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano

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Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Cristo ayudame a llevar mi cruzEl Concilio Vaticano II, en su Constitución dogmática sobre la Iglesia proclama la universal vocación a la santidad: «El Señor Jesús, divino Maestro y Modelo de toda perfección, predicó la santidad de vida, de la que Él es autor y consumador, a todos y cada uno de sus discípulos, de cualquier condición que fuesen: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt. 5, 48). Envió a todos el Espíritu Santo, que los moviera interiormente para que amen a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas (cf. Mc. 12, 30) y para que se amen unos a otros como Cristo los amó (cf. Jn. 13, 34; 15, 12).

Los seguidores de Cristo, llamados por Dios y justificados en el Señor Jesús, no por sus propias obras, sino por designio y gracia de Él, en el Bautismo de la fe han sido hechos verdaderamente hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y por lo mismo, realmente santos; conviene, por consiguiente, que esa santidad que recibieron sepan conservarla y perfeccionarla en su vida con la ayuda de Dios.

Para alcanzar esa perfección, los fieles, según la diversa medida de los dones recibidos de Cristo, deberán esforzarse, para que siguiendo sus huellas y amoldándose a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, se entreguen totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Así la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como brillantemente lo demuestra en la historia de la Iglesia la vida de tantos santos».

En su tercera visita a España, en el marco de la V Jornada Mundial de la Juventud, San Juan Pablo II dijo: «¡No tengáis miedo a ser santos! Esta es la libertad con la que Cristo os ha liberado (Gal. 5, 1). No como la libertad que prometen con ilusión y engaños los poderes de este mundo: una autonomía total, una ruptura de toda pertenencia en cuanto creaturas e hijos, una afirmación de autosuficiencia, que nos deja indefensos ante nuestros límites y debilidades, solos en la cárcel de nuestro egoísmo, esclavos del espíritu de este mundo, condenados a la «servidumbre de la corrupción» (Rom. 8, 21).

¿Sentís la fuerza del Señor para haceros cargo de vuestros sacrificios, sufrimientos y «cruces» que pesan sobre los jóvenes desorientados acerca del sentido de la vida, manipulados por el poder, desocupados, hambrientos, sumergidos en la droga y la violencia, esclavos del erotismo que se propaga por doquier?…

Sabed que el yugo de Cristo es suave. Y que sólo en Él tendremos el ciento por uno, aquí y ahora y después la vida eterna… ¡No tengáis miedo a ser santos!».

Ser santos. ¡Hermoso, sublime ideal! «Dios nos eligió antes de la creación del mundo para que fuésemos santos e irreprochables ante Él en el amor» (Ef. 1,4).

San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, cuyos religiosos profesan los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, en su meditación del Reino de Cristo, llama a los ejercitantes a la santidad: «Ver a Cristo, nuestro Señor, Rey eterno, y delante de Él todo el universo mundo, al cual, y a cada uno en particular, llama y dice: Mi voluntad es de conquistar todo el mundo y todos los enemigos, y así entrar en la gloria de mi Padre, por tanto, quien quisiere venir conmigo ha de trabajar conmigo, porque, siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria”.

El trabajo a que llama San Ignacio es luchar contra las afecciones desordenadas propias para alcanzar la santidad y así conquistar todo el mundo para Cristo. Los ejercitantes que de verdad quieran ser santos dirán a Jesús: «Eterno Señor de todas las cosas, yo hago mi oblación con vuestro favor y ayuda, delante de vuestra Madre gloriosa y de todos los santos y santas de la corte celestial, que yo quiero y deseo y es mi determinación deliberada, sólo que sea vuestro mayor servicio y alabanza, de imitaros en pasar todas injurias y todo vituperio y toda pobreza, así actual como espiritual, queriéndome vuestra santísima majestad elegir y recibir en tal vida y estado».

Imitar a nuestro Señor Jesucristo, he ahí el secreto de la santidad.

Para imitar a Jesucristo debemos meditar profundamente el Evangelio y tener largos ratos de oración con el Señor ante el sagrario. Todo el Evangelio es un ejemplo vivo, constante y espléndido de las virtudes que Jesucristo practicó y enseñó para nuestro provecho.

Jesús nos enseñó el amor infinito a su Padre celestial y a todos los hombres, que motivó su encarnación, pasión y muerte en la cruz.

Jesús nos enseñó la piedad para con su eterno Padre, familiares y amigos de la tierra; la religión con la que tributó a Dios el culto y honor debidos; el celo con que se consagró por entero a la gloria de su eterno Padre y a la salvación de las almas; la humildad con que «se anonadó a sí mismo» por amor de Dios y los hombres, «tomando forma de siervo» (Fil. 2, 7).

Jesús nos enseñó la obediencia con que se sometió -hasta la muerte- a toda autoridad y a toda ley; la compasión con que hizo suyos los males y miserias de la Humanidad y la misericordia con que procuró remediarlos; la diligencia con que se entregó a toda clase de trabajos sencillos y apostólicos, etc.

Si queremos ser santo tenemos que imitar las virtudes que practicó Nuestro Señor Jesucristo. «Christianus: alter Christus». El cristiano ha de ser otro Cristo.

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