Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Juan Pablo II - con un jovenPara ser santo basta que en todas las cosas cumplamos la voluntad de Dios. Voluntad divina manifestada en la Antigua Ley (Mandamientos de la Ley de Dios), perfeccionada por la Nueva Ley de Cristo (Ley de amor). Enseñada por el Magisterio de nuestra Santa Madre Iglesia.

Dios llama a la santidad. Nosotros respondemos con nuestras vidas. Así lo enseñó Nuestro Señor Jesucristo quien, después de predicar las Bienaventuranzas, dijo: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el Cielo y la tierra pasarán antes que pase una jota o un ápice de la Ley sin que todo se haya cumplido. Por tanto, el que quebrante uno de estos mandamientos menores, y así lo enseñe a los hombres, será el menor en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos” (Mt 5, 17-19).

Jesús fue el más fiel y perfecto cumplidor de la voluntad de su Padre. Nosotros debemos cumplir la voluntad de Dios con la perfección que es posible a la persona humana.

Jesucristo es la plenitud de la gracia y la fuente de la santidad; nosotros debemos conservar y aumentar la gracia y la santidad por la oración y los sacramentos.

La vida de santidad es la vida sobrenatural de la gracia santificante, que se manifiesta en una conducta moral semejante a la de Jesucristo.

El edificio de la santidad personal está formado por la gracia santificante, las virtudes sobrenaturales y los dones del Espíritu Santo.

La gracia santificante da al alma como una segunda naturaleza, superior sobrenatural que le hace participar, en cierto modo, de la naturaleza divina: “Nos han sido concedidas las preciosas y sublimes promesas, para que por ellas os hicierais partícipes de la naturaleza divina” (2ª Pe 1, 4).

Las virtudes son hábitos sobrenaturales con los que el alma, en gracia de Dios, practica el bien moral de manera sobrenatural y meritoria.

Los dones del Espíritu Santo hacen al alma dócil a las inspiraciones divinas y diligentes para seguir la acción del Espíritu Santo.

Vivir en gracia santificante es ya, sustancialmente la santidad. El pleno desarrollo de la gracia es la perfección de la santidad.

En el progreso de la perfección cristiana suelen distinguir tres etapas, llamadas “vías”: purgativa, iluminativa, unitiva.

La vía purgativa -propia de los principiantes de la vida cristiana- tiene por objeto principal el afán de evitar el pecado mortal y también el venial, en cuanto se pueda.

La vía iluminativa -propia de los que avanzan por los caminos de la santidad- sigue insistiendo en evitar el pecado venial, en cuanto es posible, pero su objeto principal es la práctica de las virtudes cristianas.

La vía unitiva -propia de los santos- aumenta la perfección de las virtudes, para llegar a la unión íntima con Dios, por un amor a Dios cada vez más perfecto.

Los consejos evangélicos son las prácticas religiosas recomendadas en el Evangelio para alcanzar la perfección cristiana. Jesús dijo al joven rico: “Si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los Cielos, luego ven y sígueme” (Mt. 19, 21).

La Iglesia ha aprobado y bendecido a órdenes, congregaciones e institutos religiosos, cuyos miembros se comprometen con votos especiales a procurar con particular empeño la perfección cristiana por la fiel observancia de los consejos evangélicos y sus reglas de vida.

Los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, pueden practicarse sin pertenecer a ninguna institución o congregación especial dentro de la Iglesia.

Los últimos Papas han recordado a los jóvenes sus obligaciones en la lucha para conseguir un mundo mejor, un mundo más cristiano: “La hora presente exige hombres y jóvenes de fe robusta. Nuestro tiempo será sólo de los hombres de fe fuerte y firmes en sus convicciones (…) El tiempo presente exige católicos sin miedo, para quienes sea la cosa más natural del mundo la abierta confesión de su fe con las palabras y con las obras. Verdaderos hombres, íntegros, firmes, intrépidos…

Hacen falta jóvenes de fe intensa, pronta a renunciar a la mediocridad, a abandonar el egoísmo si han caído en él; jóvenes que, estudiando o trabajando, hablando, rezando y sufriendo, tengan un corazón como llama que le abrase, el amor apasionado a Jesús, el amor a las almas” (Pío XII).

“No será la primera vez en la historia que la fresca y espontánea reacción de una juventud sana y fuerte, reclame contra la blanda tolerancia de la sociedad. Y exija la observancia de medios morales, que coinciden con la belleza, el vigor y la bondad de la vida (…) Cristo tiene necesidad de vosotros. Es la llamada que Él hace a los fuertes, a los rebeldes contra la mediocridad y la vileza, contra la vida cómoda e intrascendente” (San Pablo VI).

“Jóvenes: Cristo necesita de vosotros y os llama para ayudar a millones de hermanos vuestros a ser plenamente hombres y salvarse. Vivid con esos nobles ideales en vuestra alma y no cedáis a la tentación del hedonismo, de odio y violencia que degrada al hombre. Abrid vuestro corazón a Cristo, y a su ley de amor, sin condicionar vuestra disponibilidad, sin miedos a respuestas definitivas, porque la amistad y el amor no tienen ocaso.

Dios espera que los jóvenes colaboren con Él, mediante una donación total al designio de salvación; sus planes en cierto sentido dependen de vosotros, de la libre ofrenda de vuestra vida, y de la generosidad con que queráis seguir la inspiración del Espíritu en lo profundo de vuestros corazones.

Cristo resucitado nos guía hacia la salvación para hacer de nosotros una humanidad nueva, un mundo plenamente renovado. Fascinados con esta maravillosa vocación orad a María para que os acompañe, os proteja y os sostenga en el esfuerzo para transformar el mundo con el amor.

Nadie jamás podrá ocupar vuestro puesto. Ningún otro tendrá jamás la oportunidad que tenéis vosotros: acompañar a los jóvenes a buscar la verdad, conducirlos con paciencia y amor en el camino de la fe.

Cuento con vosotros para difundir un sistema nuevo de vida. Ese que nace de Jesús, Hijo de Dios y de María. Queridísimos jóvenes, buscad, amad, dad testimonio de Jesús y María”. (San Juan Pablo II).