Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

María con Jesús en brazosLos Evangelios no dicen nada de si la Virgen María, estuvo presente en los milagros que hizo Jesús. Solamente en las bodas de Caná, donde el Hijo obedeció a la petición de su Madre. Sí estuvo presente en el Calvario: “Estaban junto a la cruz de Jesús su madre… y María, la de Cleofás y María Magdalena” (Jn 19, 25). Ya lo había profetizado el anciano Simeón: “Una espada atravesará tu alma” (Lc 2, 35). Sí, María contempló las torturas que sufrió su Hijo y su muerte clavado en la cruz.

La Virgen Santísima ofrece el holocausto más perfecto y completo que puede hacer de sí misma. Ofrece a su Hijo Jesús que es el amor de sus amores, “¡Oh María, Madre Santa de Jesús crucificado! Cuéntame alguna cosa de su Pasión, porque entre todos los que estuvieron presentes fuiste Tú quien más la sintió, y quién mejor la vio, porque la mirabas con los ojos del cuerpo y de la mente, porque los considerabas con todo atención, pues nadie amaba más que Tú a Jesús” (Santa Ángela de Foligno).

San Ignacio de Loyola nos hace pedir en las meditaciones de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo: “Dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, lágrimas, pena interna de tanta pena como Jesús pasó por mí”. También a María Santísima podemos pedirle que nos diga lo que Ella sufrió en el Calvario. Que participemos de sus sentimientos, que se conviertan en un verdadero compadecer. Padecer los sufrimientos de Jesús y María en nuestros corazones. Para amarlos intensamente, puramente. Para nunca más pecar.

Que la Virgen Santísima, la Madre de los Dolores, nos enseñe a sufrir. A llevar con fe y paciencia las cruces de cada día. Unidos a Jesús y a María salvemos muchas almas. Santa Isabel de la Trinidad exclamaba: ¡Oh Reina de las vírgenes! Tú eres también de los mártires. La lanza abrió una herida en tu corazón, porque en ti todo es íntimo, todo se realiza en tu interior. “Tú estás allí, ¡oh María!, al pie de la cruz, erguida, fuerte y animosa: y el Maestro me dice: “He aquí a tu Madre.” ¡Me da a ti por madre! Cuando Él ha vuelto al Padre y yo estoy en su lugar sobre la cruz, para que supla en mí “lo que falta a su Pasión para bien de su cuerpo que es la Iglesia”, Tú, ¡oh María!, estás aún allí, para enseñarme a sufrir como Él, para repetirme, para enseñarme el último canto de su alma, aquel canto que sólo Tú, la Madre, has podido entender”.

Nuestras cruces, nuestros sufrimientos, vistos a la luz sobrenatural, como dones que nos da Dios para nuestra santificación, deben darnos paz y gozo. Los santos se unieron a Dios mediante los sufrimientos, fracasos y persecuciones de buenos y malos. No bastan, pues, nuestras mortificaciones y penitencias voluntarias. Es necesario que el Señor nos haga sufrir en el cuerpo y el alma para ir subiendo al monte santo del Carmelo donde solo hay amor, amor, amor a Dios.

En la estrofa segunda de la “Llama de amor viva”, San Juan de la Cruz dice que son pocas las almas que llegan a la plenitud de la santidad porque son muy pocas las almas dispuestas que Dios encuentra para aceptar su profunda acción purificadora en todos las circunstancias de la vida.

La tibieza y la mundanidad impiden la purificación de las almas. Vivimos en tiempos mundanos y tibios. Debemos ir Contracorriente. Cumplir siempre los Mandamientos de Dios y de la Santa Madre Iglesia. Si no cumplimos la Ley de Dios no podemos ser santos, no podemos salvarnos eternamente.

¡Santa María, Madre de Dios y Madre mía!

¡Cuídame durante todo el día!

¡Todos los días de mi vida!