Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Cristo ayudame a llevar mi cruzEl Concilio Vaticano II, en su Constitución dogmática sobre la Iglesia proclama la universal vocación a la santidad: “El Señor Jesús, divino Maestro y Modelo de toda perfección, predicó la santidad de vida, de la que Él es autor y consumador, a todos y cada uno de sus discípulos, de cualquier condición que fuesen: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt. 5, 48). Envió a todos el Espíritu Santo, que los moviera interiormente para que amen a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas (cf. Mc. 12, 30) y para que se amen unos a otros como Cristo los amó (cf. Jn. 13, 34; 15, 12).

Los seguidores de Cristo, llamados por Dios y justificados en el Señor Jesús, no por sus propias obras, sino por designio y gracia de Él, en el Bautismo de la fe han sido hechos verdaderamente hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y por lo mismo, realmente santos; conviene, por consiguiente, que esa santidad que recibieron sepan conservarla y perfeccionarla en su vida con la ayuda de Dios.

Para alcanzar esa perfección, los fieles, según la diversa medida de los dones recibidos de Cristo, deberán esforzarse, para que siguiendo sus huellas y amoldándose a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, se entreguen totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Así la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como brillantemente lo demuestra en la historia de la Iglesia la vida de tantos santos”.

En su tercera visita a España, en el marco de la V Jornada Mundial de la Juventud, San Juan Pablo II dijo: “¡No tengáis miedo a ser santos! Esta es la libertad con la que Cristo os ha liberado (Gal. 5, 1). No como la libertad que prometen con ilusión y engaños los poderes de este mundo: una autonomía total, una ruptura de toda pertenencia en cuanto creaturas e hijos, una afirmación de autosuficiencia, que nos deja indefensos ante nuestros límites y debilidades, solos en la cárcel de nuestro egoísmo, esclavos del espíritu de este mundo, condenados a la “servidumbre de la corrupción” (Rom. 8, 21).

¿Sentís la fuerza del Señor para haceros cargo de vuestros sacrificios, sufrimientos y “cruces” que pesan sobre los jóvenes desorientados acerca del sentido de la vida, manipulados por el poder, desocupados, hambrientos, sumergidos en la droga y la violencia, esclavos del erotismo que se propaga por doquier?…

Sabed que el yugo de Cristo es suave. Y que sólo en Él tendremos el ciento por uno, aquí y ahora y después la vida eterna… ¡No tengáis miedo a ser santos!”.

Ser santos. ¡Hermoso, sublime ideal! “Dios nos eligió antes de la creación del mundo para que fuésemos santos e irreprochables ante Él en el amor” (Ef. 1,4).

San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, cuyos religiosos profesan los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, en su meditación del Reino de Cristo, llama a los ejercitantes a la santidad: “Ver a Cristo, nuestro Señor, Rey eterno, y delante de Él todo el universo mundo, al cual, y a cada uno en particular, llama y dice: Mi voluntad es de conquistar todo el mundo y todos los enemigos, y así entrar en la gloria de mi Padre, por tanto, quien quisiere venir conmigo ha de trabajar conmigo, porque, siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria”.

El trabajo a que llama San Ignacio es luchar contra las afecciones desordenadas propias para alcanzar la santidad y así conquistar todo el mundo para Cristo. Los ejercitantes que de verdad quieran ser santos dirán a Jesús: “Eterno Señor de todas las cosas, yo hago mi oblación con vuestro favor y ayuda, delante de vuestra Madre gloriosa y de todos los santos y santas de la corte celestial, que yo quiero y deseo y es mi determinación deliberada, sólo que sea vuestro mayor servicio y alabanza, de imitaros en pasar todas injurias y todo vituperio y toda pobreza, así actual como espiritual, queriéndome vuestra santísima majestad elegir y recibir en tal vida y estado”.

Imitar a nuestro Señor Jesucristo, he ahí el secreto de la santidad.

Para imitar a Jesucristo debemos meditar profundamente el Evangelio y tener largos ratos de oración con el Señor ante el sagrario. Todo el Evangelio es un ejemplo vivo, constante y espléndido de las virtudes que Jesucristo practicó y enseñó para nuestro provecho.

Jesús nos enseñó el amor infinito a su Padre celestial y a todos los hombres, que motivó su encarnación, pasión y muerte en la cruz.

Jesús nos enseñó la piedad para con su eterno Padre, familiares y amigos de la tierra; la religión con la que tributó a Dios el culto y honor debidos; el celo con que se consagró por entero a la gloria de su eterno Padre y a la salvación de las almas; la humildad con que “se anonadó a sí mismo” por amor de Dios y los hombres, “tomando forma de siervo” (Fil. 2, 7).

Jesús nos enseñó la obediencia con que se sometió -hasta la muerte- a toda autoridad y a toda ley; la compasión con que hizo suyos los males y miserias de la Humanidad y la misericordia con que procuró remediarlos; la diligencia con que se entregó a toda clase de trabajos sencillos y apostólicos, etc.

Si queremos ser santo tenemos que imitar las virtudes que practicó Nuestro Señor Jesucristo. “Christianus: alter Christus”. El cristiano ha de ser otro Cristo.