Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Soldado rezando a la Virgen María y Niño JesúsEl acto humano puede ser bueno o malo; interno o externo; perfecto o imperfecto; directo o indirecto…

Acto bueno o lícito es el que se ajusta a las normas de la ley moral (rezar, honrar a los padres).

Acto malo o ilícito es el que se aparta del recto orden moral (mentir, blasfemar, etc.).

Acto interno es el que se realiza únicamente con las facultades internas (imaginación, entendimiento, voluntad…), sin manifestar nada al exterior.

Acto externo es el que se realiza interviniendo también los órganos y sentidos del cuerpo (leer, comer, correr).

Acto perfecto es el realizado con pleno conocimiento y deliberación (el hombre es dueño por completo de sí mismo).

Acto imperfecto es el que se realiza con semiadvertencia o semiconsentimiento (medio dormido, medio distraído).

Llamamos influjos del acto humano a los que modifican el acto humano en el entendimiento o en la voluntad.

Los influjos más comunes son la ignorancia, el miedo, las pasiones, los hábitos y la violencia.

El influjo mayor del acto humano en el entendimiento es la ignorancia: la falta de un conocimiento que la persona debería tener.

La ignorancia puede ser vencible o invencible.

La ignorancia vencible o corregible es la que se puede superar con un esfuerzo razonable (estudiando, consultando, etc.).

Ignorancia invencible o incorregible es la que no puede ser superada por la persona que la tiene. Ya sea porque de ninguna manera se da cuenta (ignorancia absolutamente invencible) o porque ha intentado en vano salir de ella, preguntando o estudiando (ignorancia moralmente invencible).

En una persona con preparación humana y escolar, la ignorancia en materia de fe y moral es casi siempre vencible.

El influjo de la ignorancia en el acto humano es decisivo. La ignorancia invencible quita toda responsabilidad ante Dios porque se trata de una ignorancia del todo involuntaria y, por consiguiente, inculpable ante Aquél que escudriña el fondo de los corazones.

La ignorancia vencible es siempre culpable, en mayor o menor grado, según la negligencia de la persona a la hora de buscar la verdad.

El miedo es la perturbación del ánimo que influye en el acto humano ante un mal presente o futuro.

A veces el miedo se produce también cuando el mal amenaza a nuestros familiares o amigos íntimos, a quienes consideramos como otro yo.

El miedo es grave, cuando el mal que se teme es grande, inminente y difícil de evitar. Si el mal no es así, el miedo será leve.

El miedo grave disminuye la libertad, y por consiguiente la culpabilidad de la persona, pero no excusa de pecado, a menos que su intensidad haga perder el uso de la razón.

El miedo grave no es razón suficiente para cometer un acto malo, aunque por ese acto se salvara la propia vida. Es ilícito renegar de la fe por miedo a la muerte o a un castigo. Si a pesar del miedo que le atenaza, la persona realiza la acción buena, el valor moral de esa acción es mayor y obtendrá más méritos delante del Señor.

A veces el miedo grave puede excusar del cumplimiento de las leyes positivas (Mandamientos de la Santa Madre Iglesia) que manden practicar un acto bueno, si causan grave incomodidad. Sería el caso de la esposa que, para evitar un grave conflicto familiar, dejara de ir a Misa un domingo.

No olvidemos que se trata sólo de leyes positivas o meramente eclesiásticas, porque el cumplimiento de la ley divina (amar a Dios sobre todas las cosas) obliga siempre, aun a costa de la propia vida. El miedo leve no excusa de las obligaciones graves como el precepto de oír Misa, ayunar, etc.