Contracorriente

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Contracorriente

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En la última Cena

28 jueves Mar 2019

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano

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Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Jesús en la última CenaEn la carta a los Gálatas, dice San Pablo: “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (2, 20).

San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, propone que meditemos la Pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, al comienzo de la tercera semana. Y quiere que el ejercitante grave a fuego en su corazón que «Cristo me amó y se entregó por mis pecados». Y hace desear al ejercitante que no se canse de pedir: «Dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, lágrimas, pena interna de tanta pena que Cristo pasó por mí».

Se acerca la gran fiesta del pueblo judío y los Apóstoles le preguntan a Jesús: «¿Dónde quieres que te dispongamos la Pascua?» Jesús les indica el lugar y al atardecer del día, en torno a la mesa con los doce, les dice: ¡En gran manera he deseado celebrar con vosotros esta Pascua antes de padecer!». Jesús sabía lo que iba a sufrir, pero el amor que nos tiene le hacía desear ardientemente que llegara la hora de su Pasión y muerte que nos alcanzaría nuestra redención, nuestra eterna felicidad en el Cielo.

Con sublime sencillez los tres evangelistas sinópticos y San Pablo, narran el momento de la institución de la Eucaristía. San Mateo dice: “Mientras comían, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, lo dio a los discípulos y les dijo: “Tomad, comed: esto es mi cuerpo”. Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo: “Bebed todos; porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados” (Mt 26, 26-28).

Con qué reverencia y amor recibirían los Apóstoles a Jesús en la Eucaristía ¿Comulgó la Santísima Virgen? Los Evangelios no dicen nada. Yo pienso que la Virgen María y las santas mujeres prepararían la cena. Y que Jesús quiso darle a su Madre Santísima el gran consuelo de comulgar.

«Haced esto en memoria mía». Quedó instituido el sacramento del Amor. Dios está vivo, permanentemente con nosotros. La Eucaristía es el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo.

El padre Bover S. I. En su «Concordancia de los Santos Evangelios», aporta la siguiente nota: «Sobre la realidad del cuerpo y de la sangre de Cristo bajo las especies eucarísticas decía San Cirilo de Jerusalén: “Cuando Jesús, hablando del pan, afirmó y dijo: Este es mi cuerpo, ¿quién osará en adelante vacilar? Y cuando él mismo, tan resueltamente dijo: Esta es mi sangre, ¿quién jamás dudará, atreviéndose a decir que no es su sangre? (Cast. myst., 4, 1). Lo mismo escribía San Hilario: “Sobre la verdad de la carne y de la sangre queda excluida toda posibilidad de dudar” (De Trin., lib. 8, n. 14). Y con igual aseveración toda la tradición cristiana. Y conforme a la misma tradición, la Eucaristía es, no sólo un misterio, sino también un sacrificio y un sacramento: misterio de la presencia real de Cristo; sacrificio, que reproduce incruentamente el sacrificio de la cruz; sacramento de amor y de vida, en que se nos da en manjar y en bebida la misma carne y sangre del Redentor, para que, incorporados a él, vivamos de él y por él».

Santa Teresa de Jesús nos dice de la presencia de Jesús en la Eucaristía: “Después de comulgar, me parece clarísimamente se sentó cabe mí nuestro Señor y comenzóme a consolar con grandes regalos, y díjome entre otras cosas: Vesme aquí, hija, que yo soy; muestra tus manos; y parecíame que me las tomaba y llegaba a su costado, y dijo: Mira mis llagas; no estás sin mí; pasa la brevedad de la vida. En algunas cosas que me dijo entendí que después que subió a los cielos nunca bajó a la tierra -si no es en el Santísimo Sacramento- a comunicarse con nadie (Cuentas de conciencia 13, 10-11).

Santa Teresita del Niño Jesús. “¡Qué dulce fue el primer beso de Jesús a mi alma! ¡Sí, fue un beso de amor! Sentíame amada y repetía a mi vez: “¡Os amo, me entrego a Vos para siempre!” Jesús no me pidió nada, no exigió de mi ningún sacrificio. Hacía ya mucho tiempo que Él y Teresita se habían mirado y comprendido; aquel día no pudo llamarse nuestro encuentro simple mirada, sino verdadera fusión. Ya no éramos dos: Teresita había desaparecido, como a gota de agua se pierde en el océano; Jesús quedaba solo, como Dueño y como Rey. ¿No le había suplicado Teresita que le arrebatase su libertad? Aquella libertad la aterraba; se sentía tan débil, tan frágil, que quería unirse a la Fortaleza divina».

«¡Ay! ¿Qué será de este pobrecito corazón? ¡Cuando el diablo ha conseguido alejar a un alma de la comunión, él lo ha todo ganado, y Jesús llora!…»

Santa Faustina Kowalska dice en su diario: “Hoy, después de la Santa Comunión Jesús me dijo cuánto desea venir a los corazones humanos. Al sumergirme en la oración, fui trasladada en espíritu a la capilla y vi al Señor Jesús expuesto en la custodia; en lugar de la custodia veía el rostro glorioso del Señor y el Señor me dijo: Lo que tú ves (en) realidad, estas almas lo ven a través de la fe. Oh, qué agradable es para Mí su gran fe. Ves que aparentemente no hay en Mí ninguna traza de vida, no obstante, en realidad ella existe en toda su plenitud y además encerrada en cada Hostia. Pero para que Yo pueda obrar en un alma, el alma debe tener fe. Oh, cuánto Me agrada la fe viva».

 

La Iglesia hoy

21 jueves Mar 2019

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano

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Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Papa Francisco inciensandoLos promotores de la nueva Iglesia están endemoniados. Solo hay una Iglesia fundada por nuestro Señor Jesucristo. El Papa Francisco ha dicho: «No podemos vivir una vida entera acusando, acusando, acusando, acusando a la Iglesia ¿El oficio de acusador de quién es? ¿Quién es el que la Biblia llama el gran acusador? ¡El diablo! Y aquellos que se pasan la vida acusando, acusando, acusando son: no diré hijos porque el diablo no tiene ninguno sino amigos, primos y familiares del diablo».

Lo que más duele a los hijos de la Iglesia es que la denigren y calumnien sus descastados hijos. Nuestra iglesia ha llegado hasta hoy por el heroísmo de nuestros santos, mártires y confesores. Amparados por la protección maternal de la Virgen Santísima. Los enemigos internos y externos están endemoniados, son hijos del diablo, «vuestro padre es el diablo», dijo Jesús a sus enemigos. El diablo es el padre de la mentira y estos descastados no predican nada más que las mentiras que, acaso han conocido, en libros escritos por «teólogos» católicos. Estos heterodoxos deben ser expulsados de la Iglesia.

Jesús eligió como Apóstoles suyos a personas sencillas pero egoístas, interesados. Les va explicando que pronto va a ser encarcelado, torturado, muerto en una cruz y que al tercer día resucitará. Pero los Apóstoles iban a lo suyo. Discutían quién era el más importante entre ellos. Algo de ese espíritu invade ámbitos de la Iglesia en nuestros días. Cristo vino al mundo para salvar eternamente a los hombres. Y los hombres a lo suyo. Todos abandonaron a Jesús en el Huerto de los Olivos. Judas le vendió por treinta monedas de plata. Pedro le negó tres veces.

El día de Pentecostés, el Espíritu Santo los convirtió. Y salieron del Cenáculo predicando la muerte y resurrección de Jesucristo. Todos murieron mártires. San Juan sufrió el martirio, pero el Señor lo preservó de morir en una caldera de agua hirviendo ¿Que pasó para esta transformación radical de los Apóstoles? Que sus corazones se llenaron de amor de Cristo. Es lo que deseamos hoy para la jerarquía de la Iglesia y los seglares.

Hoy se viaja mucho para hablar en cualquier lugar del mundo. También nuestras oraciones y sacrificios llegan a todo el Cuerpo Místico de Cristo y a toda la Tierra. La Iglesia tiene un tesoro grandioso en los conventos y monasterios de vida contemplativa. Muchos están tristes y desanimados por los tiempos sombríos que pasamos. Pero esto lo sabe Dios, lo permite para santificar a su Iglesia. Nada sin Dios. Toca combatir los nobles combates de la fe.

En la Iglesia de Cristo puede entrar libremente quien quiera y libremente puede separarse. Pero la Iglesia tiene poder para expulsar a los bautizados que han caído en herejía, a los apóstatas y a los cismáticos, por tanto, dejan de ser miembros de la Iglesia.

Herejes.- Son aquellos que, después de haber recibido el Bautismo, niegan pertinazmente alguna o varias verdades de fe divina y católica.

Apóstatas.- Son aquellos que, después de haber recibido el Bautismo, niegan con pertinacia todas las verdades que han de ser creídas como de fe divina y católica.

Cismáticos.- Son aquellos que, después de haber recibido el Bautismo, admiten todos los dogmas de la fe, pero se niegan a obedecer al Papa.

Excomulgados.- Son aquellos que son expulsados de la Iglesia por haber caído en censura eclesiástica.

Todos los separados de la Iglesia, si se arrepienten de sus errores, y piden perdón ante el tribunal de la Iglesia, vuelven a ser miembros de la Iglesia.

La mansedumbre

14 jueves Mar 2019

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano

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Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Jesús Misericordioso dando la ComuniónJesús nos dice: «Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón». La mansedumbre es la virtud que nos refrena los ímpetus de la ira y de la cólera. Nos da paz interior tan necesaria para cumplir nuestros deberes para con Dios y con el prójimo. Nos hace señores de nosotros mismos.

El alma arrastrada por la pasión de la ira desordenada no sabrá juzgar con rectitud y serenidad. Se incapacita para ver las cosas en su justa luz; la luz de Dios.

La irascibilidad enfría la caridad, nubla el espíritu y rompe la armonía de las relaciones humanas. Se olvida de la voluntad de Dios y se deja llevar por los impulsos de su pasión desordenada, hasta lo inhumano.

La mansedumbre modera y pacifica la irritabilidad y todas las pasiones desordenadas, haciendo al alma dueña de sí y capaz de mantenerse serena aun en circunstancias difíciles. Cuando surja el menor movimiento de ira, debemos atacarla inmediatamente para que no arraigue en nuestros corazones. El «Agere contra» de San Ignacio de Loyola es un buen medio para conseguirlo.

San Francisco de Sales nos aconseja que: «Apenas me dé cuenta de que la ira se enciende en mí, recogeré mis fuerzas, no con ímpetu, sino con suavidad; no con violencia, sino dulcemente y procuraré restablecer la paz». Siempre pidiendo la ayuda del Señor, como nos dice el santo.

La mansedumbre es necesaria para llevar una vida de oración y de unión con Dios. Las pasiones desordenadas suscitan distracciones, siguiendo las imaginaciones que van y vienen desordenadamente. Sobre todo debemos combatir la iracundia. Debemos vigilar y combatir para no dejarnos llevar por los caprichos de los impulsos desordenados que nos hacen cometer faltas continuamente.

Si queremos seguir por el camino de la perfección cristiana, siendo fieles a las mociones del Espíritu Santo, no debemos permitir que la ira y el mal genio se vaya apoderando de nuestra alma. «El Señor enseña su camino a los humildes» (Salmo 25, 9). Sólo las almas que no se dejan dominar por la iracundia y la cólera pueden escuchar la voz de Dios y seguir caminando por la senda estrecha que lleva a la perfección y a la eterna felicidad del Cielo.

San Francisco de Sales, le pedía a Jesús: «Señor enséñame a ser manso con todos, aún con aquellos que me ofenden o me son contrarios, y hasta conmigo mismo, de modo que no me desespere por mis defectos y recaídas».

Es muy difícil apaciguar en nosotros todos los resentimientos que hemos tenido a lo largo de la vida. Son callos del alma que, con la gracia de Dios y la protección de la Virgen Santísima, tenemos que extirpar de nosotros mismos. Con la fuerza del Espíritu Santo venceremos, como pedimos en esta oración «Ven, Espíritu Santo, dobla y vence mi dureza, calienta mi frialdad, endereza lo que me aparta de la mansedumbre».

Santo Tomás de Aquino dice que: «La mansedumbre enseñorea al hombre de sí mismo». El pleno dominio de sí mismo nos hace fuertes ante las contrariedades que trae la vida. Amemos al prójimo con mansedumbre para orientarlo hacia el bien, la verdad y la eterna felicidad del Cielo.

Como empezamos, terminamos, completando las palabras de Jesús: «Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis descanso para vuestras almas».

Cristo humillado

07 jueves Mar 2019

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano

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Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Jesús - Pilatos«Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón». Sí, aprendamos de Él. Aprendamos de Jesús en su vida oculta, en su vida pública, en su vida dolorosa, en su vida eucarística. Durante nueve meses se encerró en las purísimas entrañas de María Santísima. Nació en un pesebre, sobre un poco de paja y aquel Niño era el Hijo de Dios, igual al Padre y la Espíritu Santo, la Sabiduría increada. Fue circuncidado, huyó a Egipto, vivió escondido en una aldea de Galilea (Nazaret), aprendiz y obrero, pasó treinta años obedeciendo, Él que era el Amo del mundo.      

En su vida pública no cesó de practicar el olvido de sí mismo. Se rodeó de apóstoles ignorantes, de pecadores, publicanos y mostró preferencia por los que el mundo desprecia: pobres, afligidos, pecadores, niños, enfermos. Vivió de limosna y no tuvo casa propia siendo el Señor del mundo, se hizo criado de los hombres: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos» (Mateo 20, 28).

Jesús padeció terribles sufrimientos de tristeza, abatimiento y desmayo en el Huerto de los olivos, al verse cubierto con nuestros pecados. Entregado por Judas, abandonado de sus apóstoles, calumniado, tratado como loco, el pueblo lo desprecia prefiriendo a Barrabás. Condenado injustamente por Pilato, calla y se deja azotar, coronado de espinas y vilipendiado como rey de burlas. Se abraza a la cruz que ponen sobre sus hombros y se deja crucificar sin quejarse ni una sola vez. Junto a Él, crucificaron a dos bandidos. Y fue contado entre malhechores.

En su vida eucarística, el Señor perpetúa los ejemplos de su humildad. Porque Jesús está en el Sagrario más escondido que en el pesebre y en el Calvario. Y, sin embargo, en la Eucaristía Cristo consuela y conforta a los misioneros, a los mártires, a las vírgenes, a los matrimonios, a los hijos.

Y en la Eucaristía, Cristo es profanado y maltratado no sólo por sus enemigos, sino también por sus escogidos. Y en lugar de quejarse, no cesa de decirnos: «Venid a Mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré» (Mt 11, 28).

«El remedio es éste: Fijar la mirada en Tí, o Verbo Encarnado, clavado en la Cruz» (Santa Mª Magdalena de Pazzi). Sí, fijémonos en Nuestro Señor y en Nuestra Señora, porque, «Nuestra Señora no ama sino los lugares ahondados por la humildad, ennoblecidos por la simplicidad dilatados por la caridad, estaré muy a gusto al pie del pesebre y de la Cruz» (San Francisco de Sales).

Que con la Virgen Santísima, digamos siempre al Señor: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra». Porque eso es la humildad vivir esclavos de la voluntad de Dios, vivir para Dios. «Vivir sumergidos en humildad es vivir sumergidos en Dios» (Santa Isabel de la Trinidad). «Nada hay más sublime que la humildad ante Dios» (San Jerónimo).

Jesucristo dijo a Santa María Faustina Kowalska: “Una hora de meditación de Mi dolorosa Pasión tiene mayor mérito que un año entero de flagelaciones a sangre; la meditación de Mis dolorosas llagas es de gran provecho para ti y a Mí Me da una gran alegría. Me extraña que no hayas renunciado todavía completamente a tu propia voluntad, pero Me alegro enormemente de que este cambio se produzca durante los ejercicios espirituales».

¡Oh María! Madre de los humildes, rogad por mí.

San José, protector de las almas humildes rogad por mí.

San Miguel, que fuiste el primero en abatir el orgullo rogad por mí.

Todos los justos santificados por la humildad, rogad por mí.

Humildad

28 jueves Feb 2019

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano

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Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Jesucristo y María Magdalena

«Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11 ,29).

La humildad es la virtud sobrenatural que, por medio del conocimiento exacto de nosotros mismos, nos inclina a estimarnos justamente en lo que valemos, y a procurar para nosotros la oscuridad y el menosprecio.

Todo lo bueno que hay en nosotros procede de Dios, todo lo malo de nosotros. La humildad se funda en la verdad y en la justicia. La verdad por la que nos conocemos como somos y la justicia que nos inclina a tratarnos según ese conocimiento.

«Humildad es andar en verdad» (Santa Teresa). Y la verdad es que hemos cometido muchos pecados, que hemos ofendido a Dios en muchas ocasiones. Porque somos pecadores merecemos toda clase de menosprecios y humillaciones. Dios tiene derecho a valerse de todas sus criaturas para castigarnos y humillarnos.

«El verdadero humilde ha de desear con verdad ser tenido en poco y perseguido y condenado sin culpa, aún en cosas graves. Porque si quieres imitar al Señor ¿en qué mejor puede que en esto? Que aunque no sea en lo mismo que nos culpan, nunca estamos sin culpa de todo, como lo estaba el buen Jesús” (Santa Teresa).

La humildad no es fruto de una meditación, no se aprende en los libros, la humildad es fruto de las humillaciones. Efectivamente Santa Bernardita decía: «Soy humilde porque me humillan» y el rey y profeta David cantaba: «Ha sido bueno para mí que me humillaran».

Sin la humildad, no hay vida espiritual: «La humildad es el fundamento de la vida espiritual» (Beata María de San Ignacio). «¡Que dicha ser humillada! ¡Este es el sólo camino que hace Santos!» (Santa Teresita). «¿Cuál es el camino para el Cielo? La humildad una y mil veces que me preguntares te diré lo mismo: la humildad» (San Agustín).

«La humildad es el fundamento de la misma fe, porque el que no es humilde, vacila y pierde la fe» (Santo Tomás).

«Todo este cimiento de la oración va fundado en humildad, y mientras más se abaja un alma en la oración, más la sube Dios. No me acuerdo haberme hecho merced muy señalada, que no sea estando desecha de verme tan ruin» (Santa Teresa).

San Juan de Ávila decía a sus dirigidos: «Ten presente que humildad que no es obediente no es humildad. Y no se engañe nadie con color de virtudes». «Si obedecéis pronta, franca, alegremente, sin murmuraciones, sin rodeos, sin réplica, sois verdaderamente humildes… el verdadero humilde se hace inferior y se sujeta a toda criatura por amor a Jesucristo; tiene a todos sus prójimos por superiores y se considera como el oprobio de los hombres, el desecho de la plebe y la escoria del mundo» (San Francisco de Sales).

Sí, «La humillación conduce a la humildad, como la paciencia a la paz y el estudio a la ciencia ¿deseáis la virtud de la humildad? No huyáis el camino de la humillación, porque si no soportáis los abatimientos, no podéis ser llevados a la humildad» (San Bernardo).

«Vale más delante de Dios un menosprecio sufrido pacientemente por su amor, que mil ayunos y mil disciplinas» (San Alfonso Mª Ligorio). El verdadero humilde no solo no se turba al verse menospreciado, sino que también se goza en el menosprecio» (San Alfonso Mª Ligorio). «El que no se abraza con la humillación da claras pruebas de que no es humilde, y el que no se humilla no se hará santo y corre gran peligro de condenarse» (San Alfonso Mª Ligorio).

«Si quieres ser santo, se humilde; si quieres ser más santo, se más humilde; si quieres ser muy santo, se muy humilde» (San José de Calasanz). Sí, «Déjate enseñar, déjate mandar déjate sujetar y despreciar y serás perfecto» (San Juan de la Cruz). «Sin la mortificación y la humildad no hay santidad alguna» (Santa María Sofía Barac). «No hay humildad sin mansedumbre y olvido de sí. La humildad es la virtud de las almas grandes. Si tuviéramos un solo átomo de humildad, soportaríamos gozosos las contrariedades, los olvidos y cualquier otra falta. ¡Acaso no tienen los demás que soportar las nuestras!» (Santa María Sofía Barat).

«Muchos tienen la apariencia de la humildad, pero no la virtud» (San Ambrosio). «El vestido de las virtudes es la humildad, si se lo quitas desaparecerán todas. La humildad es la señal más fija de predilección» (San Gregorio Magno).

«La humildad a los ojos de Dios es un tesoro preciosísimo y una alhaja que encanta al Señor, pues Tú, que eres su hijo divino, has querido humillarte tanto para hacernos tal virtud asequible, para estimularnos a imitarte en su ejercicio y para merecernos la gracia de practicarla» (San Juan Eudes).

“Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Filipenses 2, 5-8).

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