Contracorriente

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Contracorriente

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Doctrina perenne

21 jueves Feb 2019

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano

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Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

María Auxiliadora - ÁngelesA mis amigos y «enemigos», recuerdo este anatema del Concilio Vaticano I: «Si alguno dijere que podría suceder que los dogmas propuestos por la Iglesia puede dárselas alguna vez, conforme al progreso de la ciencia, un sentido distinto de aquel que entendió y entiende la Iglesia, sea anatema». Tranquilos, si os han engañado no os llega la condenación. A estudiar ¡tocan!

León XIII, en su encíclica Sapientiae Cristianae, afirma tajantemente: «De lo cual se sigue la absoluta necesidad de abrazar con igual asentimiento todas y cada una de las verdades, cuya revelación divina está probada. Negar el asentimiento a una sola de estas verdades equivale a rechazar todas».

Y vuelve a recordarnos en Satis cognitum que: «El que en un solo punto rehúsa su asentimiento a las verdades divinamente reveladas, realmente abdica de toda la fe, pues rehúsa someterse a Dios como suprema verdad y motivo propio de la fe».

Y, como no es verdad, que el Concilio Vaticano ha cambiado la fe tradicional de la Iglesia, transcribo estas palabras de la Gaudium et spes: «Una cosa es el depósito mismo de la fe, o sea, sus verdades, y otra cosa es el modo de formularlas, conservando el mismo sentido y el mismo significado».

Cristo dice que el gran obstáculo para conocer la verdad religiosa es la vida inmoral: «Porque todo el que obra mal, aborrece la luz, y no viene a la luz porque sus obras no sean reprendidas» (Jn 3, 20). Seamos astutos y sencillos para no meternos en ocasiones de pecado. Los siete pecados capitales se difunden por muchos medios de comunicación social. Un párroco nos ha dicho que conoce casos de sacerdotes que se han «perdido» por el móvil, por las inmoralidades que ven en el móvil. Después de la corrupción moral sigue la corrupción doctrinal.

Muchos eclesiásticos han sido deformados por la razón práctica de Kant (1724-1804) que se independiza totalmente de la razón teórica. La conciencia moral se libera de todos los dogmas. No razona, impone su criterio.

Sí, «Hay que vivir como se piensa, porque si no, pronto o tarde se termina pensando como se vive» afirma la máxima. Debemos vivir como nos enseñó Jesucristo y creer en todo lo que enseña en el Evangelio. No fiarnos solo de nosotros mismos, porque el mundo, el demonio y la carne, tiran. Vivir santamente.

Se trata de vivir en humildad. Y humildad es vivir en la verdad, como nos dice nuestra Santa Teresa de Jesús. Cristo quiere que conozcamos y vivamos en la verdad: «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 32). San Pablo le escribe a Timoteo: «Esto es bueno y agradable a los ojos de Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (Timoteo 2, 3-4). Los que han caído en las redes de la secta «humo de Satanás», si quieren salvarse, tienen que volver a la verdad y vivir bien, como lo manda la Santa Madre iglesia en todos los tiempos.

Los Católicos son tontos

14 jueves Feb 2019

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano

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Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Santisima Trinidad y loa ángelesHay quienes afirman que los católicos somos tontos, que no pensamos, que nos tragamos los dogmas de fe a toneladas. Por mi parte, digo que no hay ningún animal que crea en Dios. Para creer en Dios se tiene que razonar y tener rectitud de voluntad.

Vintilia Horia, que fue Catedrático de la Universidad de Alcalá de Henares, dijo: «Es falso creer que la fe es algo perteneciente al pasado más remoto de nuestra civilización. Yo sostengo lo contrario. Hoy día la mayor parte de los científicos creen. No se puede medir o pesar un ser espiritual. La ciencia no niega la existencia de Dios porque no tiene como objeto de investigación la existencia de seres espirituales.

Werner Heisemberg, el físico que ha revolucionado la ciencia del siglo XX, Premio Nobel, ha dicho: «Es posible establecer contacto entre el alma y Dios, de la misma manera que un ser humano puede establecer contactos con otros seres humanos. Lo que sí creo cierto es en Dios y que de Él viene todo. Las partículas atómicas tienen un orden y una armonía que tienen que haber sido impuestas por alguien».

Desde el inicio de la historia hasta el día de hoy los hombres han expresado su relación con Dios por medio de sus creencias y costumbres religiosas (oraciones, sacrificios, cultos, meditaciones, etc.). De tal manera que el hombre aparece en la historia como un ser esencialmente religioso.

La existencia de Dios es connatural al alma humana, la descubre el sentido común. Una de las cosas que más fácilmente aprende el niño y que más imperiosamente le domina es la existencia de Dios. Y el adulto no puede sustraerse a la objetividad de la existencia de Dios, verdaderamente avasalladora, si está libre de prejuicios y pasiones desordenadas.

Nadie acepta que el reloj que lleva en la muñeca se ha hecho solo, porque la existencia de su reloj supone la existencia de una inteligencia y un poder que lo ha inventado y hecho. De la misma manera que el reloj reclama la existencia de una inteligencia y un poder, el mundo con su variedad, con su conjunto innumerable de seres a cuál más maravilloso, con su orden y movimiento, presupone una inteligencia y un poder infinitos. Esa inteligencia y poder infinitos la tiene Dios, principio y fin de todas las cosas. No hay reloj sin relojero, no hay mundo sin Creador.

A. Compton, profesor de Física en la Universidad de Chicago, ha dicho: «Lejos de estar en conflicto, la Ciencia se ha hecho aliada de la Religión. Al aumentar nuestros conocimientos de la naturaleza, nos hemos relacionado mejor con el Dios de la naturaleza. Naturalmente, son muy pocos los modernos hombres de ciencia que defienden una actitud atea».

Lógicamente no debería haber ateos, pues las razones de la existencia de Dios son asequibles a cualquier inteligencia, de tal modo que toda persona sensata y razonable puede conocer la existencia de Dios. Sin embargo, hay hombres y mujeres que viven como si Dios no existiera. También hay políticos ateos que procuran desterrar a Dios de la sociedad. Incluso no han faltado ateos especulativos que han inventado hipótesis y sistemas ideológicos, para explicar el mundo y todas las cosas sin Dios, y así relegar a Dios a la categoría de mito; pretensión inútil, pues nada han conseguido.

El ateo afirma que Dios no existe, pero no tiene pruebas para demostrar que Dios no existe, porque no las hay. El ateísmo es, pues, una profesión de fe en la inexistencia de Dios. El ateo no tiene razones para justificar su posición.

Francisco González de Posada, Rector de la Universidad de Santander y Catedrático de Física, ha dicho: «La ciencia de hoy no le da al ateo ningún dato que le confirme en su ateísmo».

«No hay más que dos clases de personas a las que se pueden llamar razonables: aquellos que sirven a Dios con todo su corazón, porque lo conocen, o aquellos que buscan a Dios con todo su corazón, porque no lo conocen» (Pascal).

«Yo quisiera poder ver un hombre sobrio, moderado, casto, equitativo… que negase la existencia de Dios y la inmortalidad del alma. Ése, al menos, hablaría sin interés, pero un hombre así no se encuentra» (La Bruyère).

«Nadie niega a Dios, sino quien tiene interés en que Dios no exista» (San Agustín).

Hemos leído en El Eco de la Milagrosa que Antony Flew, el ateo más famoso del mundo, cambia de opinión y dice que Dios existe.

El ateísmo mundial se tambalea ante el avance de la ciencia (afirma el propio Flew).

Una auténtica conversión intelectual del «ateísmo» al ‘teísmo». Le costó 80 años descubrir la existencia de Dios a través de la razón y de los últimos avances científicos. Reconoce, al final de su vida, que el ateísmo actual tiene muchas falacias y fallos en la argumentación.

Sin ir más lejos, el biólogo ateo Richard Dawkins, que se autoproclama «apóstol del ateísmo», aporta un único argumento para explicar la complejidad ordenada de la materia viva y del ADN. Dawkins afirma que el origen de todo esto es el «azar afortunado». Y Flew le responde: si este su mejor argumento, entonces el asunto queda zanjado. Es imposible que el «azar afortunado» genere toda la complejidad perfectamente ordenada del universo y de la vida.

La conciencia

07 jueves Feb 2019

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano

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Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Jesucristo y Sacramento de la PenitenciaLos de la autonomía de la conciencia, los que afirman y viven en el convencimiento de que el criterio supremo de la moral es la conciencia, viven en contradicción con la moral católica. San Pablo VI, advirtió: «Pero es necesario, ante todo, destacar que la conciencia, por sí misma, no es el árbitro del valor moral de las acciones que ella sugiere. La conciencia es intérprete de una norma interior y superior; no la crea por sí misma”. “En segundo lugar debemos observar que la conciencia, para ser norma válida del obrar humano, debe ser recta, esto es, debe estar segura de sí misma y verdadera, no incierta, ni culpablemente errónea. Lo cual, desgraciadamente, es muy fácil que suceda, supuesta la debilidad de la razón humana abandonada a sí misma, cuando no está instruida”.

En otra ocasión San Pablo VI dijo: «Quien no tiene en cuenta la ley del Señor, sus mandamientos y preceptos, y no los siente reflejados en su conciencia, vive en gran confusión y se convierte en enemigo de sí mismo”.

Debemos distinguir la conciencia psicológica de la conciencia moral. La conciencia psicológica es el conocimiento intelectual, íntimo, que la persona tiene de sí misma y de sus actos. La conciencia moral es la misma inteligencia humana que hace un juicio práctico sobre la bondad o malicia de sus actos. Santo Tomás de Aquino enseñaba: «La conciencia es un juicio por el que la propia razón dictamina, a base de los principios de la moralidad, sobre la licitud o ilicitud de lo que el hombre concretamente ha hecho, está haciendo o va a hacer inmediatamente”.

El Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, n. 16 enseña: «El hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente… Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia, tanto mayor seguridad tienen las personas y las sociedades para apartarse del ciego capricho y para someterse a las normas objetivas de la moralidad”. Remitiendo a este pasaje del Concilio, decía San Juan Pablo II: “Formar la conciencia significa descubrir con claridad cada vez mayor luz que encamina al hombre a lograr en la propia conducta verdadera plenitud de su humanidad”.

Para formar bien la conciencia nos ayudará mucho el examen de conciencia diario y la práctica de la verdadera humildad de corazón, ya que sólo el humilde se conoce perfectamente a sí mismo, porque la humildad es la verdad. Y la verdad es que en muchas ocasiones no hemos sido sinceros con Dios, ni con el prójimo, ni con nosotros mismos.

Los principales medios sobrenaturales para formar la conciencia son tres: la oración, la práctica de la virtud y la frecuente confesión sacramental. Para formar bien la conciencia es necesario levantar con frecuencia el corazón a Dios en la oración. Pedirle que nos ilumine en la recta apreciación de nuestros deberes para con Él, para con el prójimo y para con nosotros mismos.

La liturgia de la Iglesia está llena de peticiones, tomadas a veces de la Sagrada Escritura: «Dame entendimiento para aprender tus mandamientos» (Sal. 118, 73); «Enséñame a hacer tu voluntad, pues eres mi Dios» (Sal. 142, 10).

La práctica intensa de la virtud crea la rectitud de juicio y una conciencia delicada y exquisita. Por el contrario, no hay nada que aleje tan radicalmente de toda rectitud moral como el envilecimiento del vicio y la degradación de las pasiones. San Pablo advierte que «el hombre animal no percibe las cosas del Espíritu de Dios; son para él locura y no puede entenderlas, porque hay que juzgarlas espiritualmente» (1ª Cor 2, 14).

La confesión frecuente es un medio sobrenatural eficacísimo para la cristiana formación de la conciencia. La confesión frecuente obliga a practicar un diligente examen previo, para descubrir nuestras faltas, y aumenta nuestras luces con los sanos consejos del confesor, que disipan nuestras dudas, aclaran nuestras ideas y nos empujan a una delicadeza y pureza de conciencia cada vez mayor.

San Agustín escribe: «La alegría de la buena conciencia es como una anticipación del paraíso».

Libertad

31 jueves Ene 2019

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano

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Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

niño portando cruzEl diccionario de la Lengua Española dice que «Libertad es la facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos». Un acto humano es el que una persona realiza con advertencia de la mente y con libre consentimiento de la voluntad. El acto humano es el uso responsable de la libertad humana. La libertad es el punto de partida de la perfección humana, base y fundamento de la regeneración de la Humanidad. La libertad consiste en querer el bien.

La mayoría de las personas aceptan el hecho de la libertad humana, pero aparecen muchas diferencias al tratar de definirla y de realizarla. Hay concepciones diversas y antagónicas. Importa mucho conocer la verdad de la libertad para que la libertad no aprisione la verdad. No es lo mismo vida libre que libertinaje.

Dice el Eclesiástico (15, 14): «Dios hizo al hombre desde el principio y le dejó en manos de su albedrío». El Concilio Vaticano II enseña que: «El hombre es libre porque posee la facultad de determinarse en función de lo verdadero y del bien» (Gaudium et spes, nº 17). Ser libre es poder y querer elegir el bien. León XIII comenzaba así su famosa encíclica Libertas: “La libertad, don excelente de la naturaleza, propio y exclusivo de los seres racionales, confiere al hombre la dignidad de estar en manos de su albedrío y de ser dueño de sus acciones… Ahora bien, así como ha sido la Iglesia católica la más alta propagadora y la defensora más constante de la simplicidad, espiritualidad e inmortalidad del alma humana, así también la Iglesia es la defensora más firme de la libertad. La Iglesia ha enseñado siempre estas dos realidades y las defiende como dogma de fe”.

San Juan Pablo II escribe: “Demasiado frecuentemente se confunde la libertad con el instinto del interés -individual o colectivo- o incluso con el instinto de lucha y de dominio”. «Decía posteriormente, se halaga al hombre con una libertad ilimitada, que no le es propia “para manifestar, al fin, que esta libertad no es otra cosa que adaptarse a una múltiple coacción: a la coacción de los sentidos y de los instintos, a la coacción de la situación, a la coacción de la información y de los varios medios de comunicación, de los esquemas corrientes de pensar, de valorar, de comportarse, en los que se hace callar la pregunta fundamental: esto es, si este comportamiento es bueno o malo, digno o indigno”. «Hoy es ésta la urgente exigencia de una presencia educativa de la Iglesia en el mundo universitario: atraer la inteligencia a lo verdadero para que no se rinda ante la enfermedad moral del relativismo; conducir la voluntad al bien preservándola de las sugestiones de un libertarismo vacío que nada concluye; convertir al hombre entero a la objetividad de los valores contra toda forma de subjetivismo, que, no obstante, las apariencias, es exactamente lo contrario de la afirmación de la dignidad del hombre».

“Libre, en realidad, es la persona que modela su conducta responsablemente conforme a las exigencias del bien objetivo… No puede haber libertad cuando va dirigida contra un hombre en aquello que él es o contra un hombre en su relación con los otros y con Dios. Si bien el hombre es psicológicamente libre para responder debidamente o no a su obligación de autoperfección, no es moralmente libre para aceptar o no esta responsabilidad; ésta le viene dada tan necesariamente como su condición de ser racional y libre».

“En nuestro tiempo -advierte San Juan Pablo II- se consideraba a veces erróneamente que la libertad es fin en sí misma, que todo hombre es libre cuando usa de ella como quiere, que a esto hay que tender en la vida de los individuos y de las sociedades. La libertad, en cambio, es un don grande sólo cuando sabemos usarla responsablemente para todo lo que es el verdadero bien. Cristo nos enseña que el mejor uso de la libertad es la caridad que se realiza en la donación y en el servicio”. “Esta tarea de la libertad -tarea maravillosa- se realiza según el programa de Cristo y de su reino sobre el terreno de la verdad. Ser libres quiere decir realizar los frutos de la verdad, actuar en la verdad. Ser libres quiere decir también saber rendirse, someterse a sí mismos a la verdad, y no someter la verdad a sí mismos, a las propias veleidades, a los propios intereses, a las propias coyunturas. Ser libres, según el programa de Cristo y de su Reino, no quiere decir goce, sino fatiga: la fatiga de la libertad… A precio de esta fatiga el hombre obtiene también en sí mismo esa unidad que es propia del Reino de Dios… Es la unidad de la verdad con la libertad. Es la unidad de la libertad con la verdad…; la unidad en la que la libertad crece por la verdad, y la verdad es el metro de la libertad.

Aprended a pensar, a hablar y a actuar según los principios de la sencillez y de la claridad evangélica: Sí, sí; no, no. Aprended a llamar blanco a lo blanco y negro a lo negro; mal al mal y bien al bien. Aprended a llamar pecado al pecado, y no lo llaméis liberación y progreso, aun cuando toda la moda y la propaganda fuesen contrarias a ello”.

León XIII: “La libertad, como facultad que perfecciona al hombre, debe aplicarse exclusivamente a la verdad y al bien. Ahora bien, la esencia de la verdad y del bien no puede cambiar a capricho del hombre, sino que es siempre la misma y no es menos inmutable que la misma naturaleza de las cosas. Si la inteligencia se adhiere a opiniones falsas, si la voluntad elige el mal y se abraza a él, ni la inteligencia ni la voluntad alcanzan su perfección; por el contrario abdican de su dignidad natural y quedan corrompidas”.

Santa Teresa de Jesús experimentaba: “¡Oh libre albedrío, tan esclavo de tu libertad si no vives enclavado en el temor y amor de quien te crió! ¡Oh, cuándo será aquel dichoso día, que te has de ver ahogado en aquel mar infinito de la suma verdad, donde ya no serás libre para pecar, ni lo querrás ser, porque estarás seguro de toda miseria, naturalizado con la vida de tu Dios!”.

¡Vamos hacia el Cielo!

Pudor y modestia

17 jueves Ene 2019

Posted by manuelmartinezcano in P. Manuel Martínez Cano

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Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

inmaculada concepción - medio cuerpoHace unos veinte años, un psicólogo y profesor de filosofía, me dijo: «Hemos perdido la batalla del pudor y la modestia”. Se dio cuenta, acompañaba a sus hijas cuando iban a comprarse faldas y demás.

Hace cuatro días, le dije a una chica de dieciséis años que se sentara bien y se tapase las piernas. Respuesta nerviosa: ¿por qué nos tenemos que tapar las piernas? Se lo expliqué pero se quedó en blanco. Pocos días después se mostró simpática conmigo.

Copio del folleto modestia y moda:

Hay que tener muy en cuenta la primera función del vestido, que por ningún concepto debe quedar frustrada. Es la que el mismo Dios le ha señalado: que sea el instrumento con que el pudor consiga su misión. Pudor, en el sentido estricto de la palabra es la vergüenza por todo acto sensual y por todas las cosas relacionadas con él. Esta vergüenza va acompañada de un movimiento espontáneo, de una tendencia a ocultar todo lo que tiene relación con los actos sensuales en uno mismo; y también a apartar de los sentidos lo que puede venir del exterior.

Puso Dios el pudor en la naturaleza humana cuando el pecado despertó en ella la concupiscencia; es decir la inclinación desordenada a los placeres sensuales, sin el control de la razón. Lo que más excita la concupiscencia es el desnudo. Por eso, al aparecer en el hombre la concupiscencia, Dios la puso como freno el pudor con la tendencia a cubrir la desnudez. Suele decirse: el cuerpo del hombre nada tiene de malo, es una obra primorosa de Dios; y por lo mismo, ningún inconveniente hay en contemplar su belleza. Es verdad que el cuerpo del hombre es una obra de Dios, que tiene su belleza. Así debían mirarlo los hombres. Así lo miraban Adán y Eva antes de sentir la concupiscencia. Y como sólo miraban eso, Dios les permitió que en el paraíso vivieran sin vestido. Ellos mismos no sentían vergüenza.

Pecaron; y uno de los efectos que produjo el pecado fue ver en el cuerpo algo más que la obra bella de Dios; algo que producía en ellos conmociones extrañas, de lo cual tuvieron vergüenza. Despertó la concupiscencia; y con ella apareció el pudor para contrarrestarla. Movidos por el pudor, procuraron cubrir la desnudez que les excitaba y les avergonzaba. Y la cubrieron como pudieron: Con hojas de árboles.

El hombre siente tendencia a complacer, a agradar a los que tratan con él. Con esa finalidad procura realzar su belleza natural con el vestido. La inclinación a agradar es más acentuada en la mujer que en el hombre. Dios ha puesto esa tendencia en ambos sexos, pero a la mujer se la ha dado más fuerte y le ha dado también más arte para conseguirlo. Por eso la mujer se preocupa por los vestidos más que el hombre; habla de ellos, observa a las otras, piensa en ellos, procura tenerlos en abundancia, examina, consulta cómo le caen, qué color, qué confección deben tener, cómo queda más mejorada. Hay quien hace esto hasta la impertinencia insoportable. Que lo digan modistas y comerciantes. Realzar la belleza con el vestido sin traspasar los límites nada tiene de inmoral; al contrario, debe aconsejarse, pues el descuido y el abandono también encierra inconvenientes morales.

Otra finalidad del vestido: servir de adorno para dar realce a la belleza corporal. Los fines del vestido deben estar jerarquizados. El primero de todos en importancia es el que impone el pudor. No se puede prescindir de él apelando a supuestas exigencias de la higiene y del ornato. Porque se diga que un vestido es más cómodo, no puede ser inmodesto. Porque aparente más elegante, no debe ser provocativo.

Ni la Iglesia ni la moral cristiana son enemigas de la moda, con tal que sea digna.

Dice Su Santidad Pío XII: «Dios no os pide que viváis fuera de vuestro tiempo, indiferentes a las exigencias de la moda, de manera que seáis ridículas, vistiendo contra los gustos y usos comunes de vuestras contemporáneas, sin preocuparos jamás de lo que les agrade» (8-Xl-57). Lo que prohíbe la Iglesia y la moral es que la moda, sea como sea, se constituya en norma suprema de las costumbres. “Si algunas cristianas sospechasen las caídas y las tentaciones que causan en otros con los vestidos y con la familiaridad a que, en su ligereza, dan tan poca importancia, sentirían espanto de su responsabilidad». (22-V- 1961).

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