Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

niño portando cruzEl diccionario de la Lengua Española dice que “Libertad es la facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos”. Un acto humano es el que una persona realiza con advertencia de la mente y con libre consentimiento de la voluntad. El acto humano es el uso responsable de la libertad humana. La libertad es el punto de partida de la perfección humana, base y fundamento de la regeneración de la Humanidad. La libertad consiste en querer el bien.

La mayoría de las personas aceptan el hecho de la libertad humana, pero aparecen muchas diferencias al tratar de definirla y de realizarla. Hay concepciones diversas y antagónicas. Importa mucho conocer la verdad de la libertad para que la libertad no aprisione la verdad. No es lo mismo vida libre que libertinaje.

Dice el Eclesiástico (15, 14): “Dios hizo al hombre desde el principio y le dejó en manos de su albedrío”. El Concilio Vaticano II enseña que: “El hombre es libre porque posee la facultad de determinarse en función de lo verdadero y del bien” (Gaudium et spes, nº 17). Ser libre es poder y querer elegir el bien. León XIII comenzaba así su famosa encíclica Libertas: “La libertad, don excelente de la naturaleza, propio y exclusivo de los seres racionales, confiere al hombre la dignidad de estar en manos de su albedrío y de ser dueño de sus acciones… Ahora bien, así como ha sido la Iglesia católica la más alta propagadora y la defensora más constante de la simplicidad, espiritualidad e inmortalidad del alma humana, así también la Iglesia es la defensora más firme de la libertad. La Iglesia ha enseñado siempre estas dos realidades y las defiende como dogma de fe”.

San Juan Pablo II escribe: “Demasiado frecuentemente se confunde la libertad con el instinto del interés -individual o colectivo- o incluso con el instinto de lucha y de dominio”. “Decía posteriormente, se halaga al hombre con una libertad ilimitada, que no le es propia “para manifestar, al fin, que esta libertad no es otra cosa que adaptarse a una múltiple coacción: a la coacción de los sentidos y de los instintos, a la coacción de la situación, a la coacción de la información y de los varios medios de comunicación, de los esquemas corrientes de pensar, de valorar, de comportarse, en los que se hace callar la pregunta fundamental: esto es, si este comportamiento es bueno o malo, digno o indigno”. “Hoy es ésta la urgente exigencia de una presencia educativa de la Iglesia en el mundo universitario: atraer la inteligencia a lo verdadero para que no se rinda ante la enfermedad moral del relativismo; conducir la voluntad al bien preservándola de las sugestiones de un libertarismo vacío que nada concluye; convertir al hombre entero a la objetividad de los valores contra toda forma de subjetivismo, que, no obstante, las apariencias, es exactamente lo contrario de la afirmación de la dignidad del hombre”.

“Libre, en realidad, es la persona que modela su conducta responsablemente conforme a las exigencias del bien objetivo… No puede haber libertad cuando va dirigida contra un hombre en aquello que él es o contra un hombre en su relación con los otros y con Dios. Si bien el hombre es psicológicamente libre para responder debidamente o no a su obligación de autoperfección, no es moralmente libre para aceptar o no esta responsabilidad; ésta le viene dada tan necesariamente como su condición de ser racional y libre”.

“En nuestro tiempo -advierte San Juan Pablo II- se consideraba a veces erróneamente que la libertad es fin en sí misma, que todo hombre es libre cuando usa de ella como quiere, que a esto hay que tender en la vida de los individuos y de las sociedades. La libertad, en cambio, es un don grande sólo cuando sabemos usarla responsablemente para todo lo que es el verdadero bien. Cristo nos enseña que el mejor uso de la libertad es la caridad que se realiza en la donación y en el servicio”. “Esta tarea de la libertad -tarea maravillosa- se realiza según el programa de Cristo y de su reino sobre el terreno de la verdad. Ser libres quiere decir realizar los frutos de la verdad, actuar en la verdad. Ser libres quiere decir también saber rendirse, someterse a sí mismos a la verdad, y no someter la verdad a sí mismos, a las propias veleidades, a los propios intereses, a las propias coyunturas. Ser libres, según el programa de Cristo y de su Reino, no quiere decir goce, sino fatiga: la fatiga de la libertad… A precio de esta fatiga el hombre obtiene también en sí mismo esa unidad que es propia del Reino de Dios… Es la unidad de la verdad con la libertad. Es la unidad de la libertad con la verdad…; la unidad en la que la libertad crece por la verdad, y la verdad es el metro de la libertad.

Aprended a pensar, a hablar y a actuar según los principios de la sencillez y de la claridad evangélica: Sí, sí; no, no. Aprended a llamar blanco a lo blanco y negro a lo negro; mal al mal y bien al bien. Aprended a llamar pecado al pecado, y no lo llaméis liberación y progreso, aun cuando toda la moda y la propaganda fuesen contrarias a ello”.

León XIII: “La libertad, como facultad que perfecciona al hombre, debe aplicarse exclusivamente a la verdad y al bien. Ahora bien, la esencia de la verdad y del bien no puede cambiar a capricho del hombre, sino que es siempre la misma y no es menos inmutable que la misma naturaleza de las cosas. Si la inteligencia se adhiere a opiniones falsas, si la voluntad elige el mal y se abraza a él, ni la inteligencia ni la voluntad alcanzan su perfección; por el contrario abdican de su dignidad natural y quedan corrompidas”.

Santa Teresa de Jesús experimentaba: “¡Oh libre albedrío, tan esclavo de tu libertad si no vives enclavado en el temor y amor de quien te crió! ¡Oh, cuándo será aquel dichoso día, que te has de ver ahogado en aquel mar infinito de la suma verdad, donde ya no serás libre para pecar, ni lo querrás ser, porque estarás seguro de toda miseria, naturalizado con la vida de tu Dios!”.

¡Vamos hacia el Cielo!