Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

María Auxiliadora - ÁngelesA mis amigos y “enemigos”, recuerdo este anatema del Concilio Vaticano I: “Si alguno dijere que podría suceder que los dogmas propuestos por la Iglesia puede dárselas alguna vez, conforme al progreso de la ciencia, un sentido distinto de aquel que entendió y entiende la Iglesia, sea anatema”. Tranquilos, si os han engañado no os llega la condenación. A estudiar ¡tocan!

León XIII, en su encíclica Sapientiae Cristianae, afirma tajantemente: “De lo cual se sigue la absoluta necesidad de abrazar con igual asentimiento todas y cada una de las verdades, cuya revelación divina está probada. Negar el asentimiento a una sola de estas verdades equivale a rechazar todas”.

Y vuelve a recordarnos en Satis cognitum que: “El que en un solo punto rehúsa su asentimiento a las verdades divinamente reveladas, realmente abdica de toda la fe, pues rehúsa someterse a Dios como suprema verdad y motivo propio de la fe”.

Y, como no es verdad, que el Concilio Vaticano ha cambiado la fe tradicional de la Iglesia, transcribo estas palabras de la Gaudium et spes: “Una cosa es el depósito mismo de la fe, o sea, sus verdades, y otra cosa es el modo de formularlas, conservando el mismo sentido y el mismo significado”.

Cristo dice que el gran obstáculo para conocer la verdad religiosa es la vida inmoral: “Porque todo el que obra mal, aborrece la luz, y no viene a la luz porque sus obras no sean reprendidas” (Jn 3, 20). Seamos astutos y sencillos para no meternos en ocasiones de pecado. Los siete pecados capitales se difunden por muchos medios de comunicación social. Un párroco nos ha dicho que conoce casos de sacerdotes que se han “perdido” por el móvil, por las inmoralidades que ven en el móvil. Después de la corrupción moral sigue la corrupción doctrinal.

Muchos eclesiásticos han sido deformados por la razón práctica de Kant (1724-1804) que se independiza totalmente de la razón teórica. La conciencia moral se libera de todos los dogmas. No razona, impone su criterio.

Sí, “Hay que vivir como se piensa, porque si no, pronto o tarde se termina pensando como se vive” afirma la máxima. Debemos vivir como nos enseñó Jesucristo y creer en todo lo que enseña en el Evangelio. No fiarnos solo de nosotros mismos, porque el mundo, el demonio y la carne, tiran. Vivir santamente.

Se trata de vivir en humildad. Y humildad es vivir en la verdad, como nos dice nuestra Santa Teresa de Jesús. Cristo quiere que conozcamos y vivamos en la verdad: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32). San Pablo le escribe a Timoteo: “Esto es bueno y agradable a los ojos de Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (Timoteo 2, 3-4). Los que han caído en las redes de la secta “humo de Satanás”, si quieren salvarse, tienen que volver a la verdad y vivir bien, como lo manda la Santa Madre iglesia en todos los tiempos.