Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Jesucristo y Sacramento de la PenitenciaLos de la autonomía de la conciencia, los que afirman y viven en el convencimiento de que el criterio supremo de la moral es la conciencia, viven en contradicción con la moral católica. San Pablo VI, advirtió: “Pero es necesario, ante todo, destacar que la conciencia, por sí misma, no es el árbitro del valor moral de las acciones que ella sugiere. La conciencia es intérprete de una norma interior y superior; no la crea por sí misma”. “En segundo lugar debemos observar que la conciencia, para ser norma válida del obrar humano, debe ser recta, esto es, debe estar segura de sí misma y verdadera, no incierta, ni culpablemente errónea. Lo cual, desgraciadamente, es muy fácil que suceda, supuesta la debilidad de la razón humana abandonada a sí misma, cuando no está instruida”.

En otra ocasión San Pablo VI dijo: “Quien no tiene en cuenta la ley del Señor, sus mandamientos y preceptos, y no los siente reflejados en su conciencia, vive en gran confusión y se convierte en enemigo de sí mismo”.

Debemos distinguir la conciencia psicológica de la conciencia moral. La conciencia psicológica es el conocimiento intelectual, íntimo, que la persona tiene de sí misma y de sus actos. La conciencia moral es la misma inteligencia humana que hace un juicio práctico sobre la bondad o malicia de sus actos. Santo Tomás de Aquino enseñaba: “La conciencia es un juicio por el que la propia razón dictamina, a base de los principios de la moralidad, sobre la licitud o ilicitud de lo que el hombre concretamente ha hecho, está haciendo o va a hacer inmediatamente”.

El Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, n. 16 enseña: “El hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente… Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia, tanto mayor seguridad tienen las personas y las sociedades para apartarse del ciego capricho y para someterse a las normas objetivas de la moralidad”. Remitiendo a este pasaje del Concilio, decía San Juan Pablo II: “Formar la conciencia significa descubrir con claridad cada vez mayor luz que encamina al hombre a lograr en la propia conducta verdadera plenitud de su humanidad”.

Para formar bien la conciencia nos ayudará mucho el examen de conciencia diario y la práctica de la verdadera humildad de corazón, ya que sólo el humilde se conoce perfectamente a sí mismo, porque la humildad es la verdad. Y la verdad es que en muchas ocasiones no hemos sido sinceros con Dios, ni con el prójimo, ni con nosotros mismos.

Los principales medios sobrenaturales para formar la conciencia son tres: la oración, la práctica de la virtud y la frecuente confesión sacramental. Para formar bien la conciencia es necesario levantar con frecuencia el corazón a Dios en la oración. Pedirle que nos ilumine en la recta apreciación de nuestros deberes para con Él, para con el prójimo y para con nosotros mismos.

La liturgia de la Iglesia está llena de peticiones, tomadas a veces de la Sagrada Escritura: “Dame entendimiento para aprender tus mandamientos” (Sal. 118, 73); “Enséñame a hacer tu voluntad, pues eres mi Dios” (Sal. 142, 10).

La práctica intensa de la virtud crea la rectitud de juicio y una conciencia delicada y exquisita. Por el contrario, no hay nada que aleje tan radicalmente de toda rectitud moral como el envilecimiento del vicio y la degradación de las pasiones. San Pablo advierte que “el hombre animal no percibe las cosas del Espíritu de Dios; son para él locura y no puede entenderlas, porque hay que juzgarlas espiritualmente” (1ª Cor 2, 14).

La confesión frecuente es un medio sobrenatural eficacísimo para la cristiana formación de la conciencia. La confesión frecuente obliga a practicar un diligente examen previo, para descubrir nuestras faltas, y aumenta nuestras luces con los sanos consejos del confesor, que disipan nuestras dudas, aclaran nuestras ideas y nos empujan a una delicadeza y pureza de conciencia cada vez mayor.

San Agustín escribe: “La alegría de la buena conciencia es como una anticipación del paraíso”.