Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

inmaculada concepción - medio cuerpoHace unos veinte años, un psicólogo y profesor de filosofía, me dijo: “Hemos perdido la batalla del pudor y la modestia”. Se dio cuenta, acompañaba a sus hijas cuando iban a comprarse faldas y demás.

Hace cuatro días, le dije a una chica de dieciséis años que se sentara bien y se tapase las piernas. Respuesta nerviosa: ¿por qué nos tenemos que tapar las piernas? Se lo expliqué pero se quedó en blanco. Pocos días después se mostró simpática conmigo.

Copio del folleto modestia y moda:

Hay que tener muy en cuenta la primera función del vestido, que por ningún concepto debe quedar frustrada. Es la que el mismo Dios le ha señalado: que sea el instrumento con que el pudor consiga su misión. Pudor, en el sentido estricto de la palabra es la vergüenza por todo acto sensual y por todas las cosas relacionadas con él. Esta vergüenza va acompañada de un movimiento espontáneo, de una tendencia a ocultar todo lo que tiene relación con los actos sensuales en uno mismo; y también a apartar de los sentidos lo que puede venir del exterior.

Puso Dios el pudor en la naturaleza humana cuando el pecado despertó en ella la concupiscencia; es decir la inclinación desordenada a los placeres sensuales, sin el control de la razón. Lo que más excita la concupiscencia es el desnudo. Por eso, al aparecer en el hombre la concupiscencia, Dios la puso como freno el pudor con la tendencia a cubrir la desnudez. Suele decirse: el cuerpo del hombre nada tiene de malo, es una obra primorosa de Dios; y por lo mismo, ningún inconveniente hay en contemplar su belleza. Es verdad que el cuerpo del hombre es una obra de Dios, que tiene su belleza. Así debían mirarlo los hombres. Así lo miraban Adán y Eva antes de sentir la concupiscencia. Y como sólo miraban eso, Dios les permitió que en el paraíso vivieran sin vestido. Ellos mismos no sentían vergüenza.

Pecaron; y uno de los efectos que produjo el pecado fue ver en el cuerpo algo más que la obra bella de Dios; algo que producía en ellos conmociones extrañas, de lo cual tuvieron vergüenza. Despertó la concupiscencia; y con ella apareció el pudor para contrarrestarla. Movidos por el pudor, procuraron cubrir la desnudez que les excitaba y les avergonzaba. Y la cubrieron como pudieron: Con hojas de árboles.

El hombre siente tendencia a complacer, a agradar a los que tratan con él. Con esa finalidad procura realzar su belleza natural con el vestido. La inclinación a agradar es más acentuada en la mujer que en el hombre. Dios ha puesto esa tendencia en ambos sexos, pero a la mujer se la ha dado más fuerte y le ha dado también más arte para conseguirlo. Por eso la mujer se preocupa por los vestidos más que el hombre; habla de ellos, observa a las otras, piensa en ellos, procura tenerlos en abundancia, examina, consulta cómo le caen, qué color, qué confección deben tener, cómo queda más mejorada. Hay quien hace esto hasta la impertinencia insoportable. Que lo digan modistas y comerciantes. Realzar la belleza con el vestido sin traspasar los límites nada tiene de inmoral; al contrario, debe aconsejarse, pues el descuido y el abandono también encierra inconvenientes morales.

Otra finalidad del vestido: servir de adorno para dar realce a la belleza corporal. Los fines del vestido deben estar jerarquizados. El primero de todos en importancia es el que impone el pudor. No se puede prescindir de él apelando a supuestas exigencias de la higiene y del ornato. Porque se diga que un vestido es más cómodo, no puede ser inmodesto. Porque aparente más elegante, no debe ser provocativo.

Ni la Iglesia ni la moral cristiana son enemigas de la moda, con tal que sea digna.

Dice Su Santidad Pío XII: “Dios no os pide que viváis fuera de vuestro tiempo, indiferentes a las exigencias de la moda, de manera que seáis ridículas, vistiendo contra los gustos y usos comunes de vuestras contemporáneas, sin preocuparos jamás de lo que les agrade” (8-Xl-57). Lo que prohíbe la Iglesia y la moral es que la moda, sea como sea, se constituya en norma suprema de las costumbres. “Si algunas cristianas sospechasen las caídas y las tentaciones que causan en otros con los vestidos y con la familiaridad a que, en su ligereza, dan tan poca importancia, sentirían espanto de su responsabilidad”. (22-V- 1961).