Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Jesucristo y María Magdalena

“Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11 ,29).

La humildad es la virtud sobrenatural que, por medio del conocimiento exacto de nosotros mismos, nos inclina a estimarnos justamente en lo que valemos, y a procurar para nosotros la oscuridad y el menosprecio.

Todo lo bueno que hay en nosotros procede de Dios, todo lo malo de nosotros. La humildad se funda en la verdad y en la justicia. La verdad por la que nos conocemos como somos y la justicia que nos inclina a tratarnos según ese conocimiento.

“Humildad es andar en verdad” (Santa Teresa). Y la verdad es que hemos cometido muchos pecados, que hemos ofendido a Dios en muchas ocasiones. Porque somos pecadores merecemos toda clase de menosprecios y humillaciones. Dios tiene derecho a valerse de todas sus criaturas para castigarnos y humillarnos.

“El verdadero humilde ha de desear con verdad ser tenido en poco y perseguido y condenado sin culpa, aún en cosas graves. Porque si quieres imitar al Señor ¿en qué mejor puede que en esto? Que aunque no sea en lo mismo que nos culpan, nunca estamos sin culpa de todo, como lo estaba el buen Jesús” (Santa Teresa).

La humildad no es fruto de una meditación, no se aprende en los libros, la humildad es fruto de las humillaciones. Efectivamente Santa Bernardita decía: “Soy humilde porque me humillan” y el rey y profeta David cantaba: “Ha sido bueno para mí que me humillaran”.

Sin la humildad, no hay vida espiritual: “La humildad es el fundamento de la vida espiritual” (Beata María de San Ignacio). “¡Que dicha ser humillada! ¡Este es el sólo camino que hace Santos!” (Santa Teresita). “¿Cuál es el camino para el Cielo? La humildad una y mil veces que me preguntares te diré lo mismo: la humildad” (San Agustín).

“La humildad es el fundamento de la misma fe, porque el que no es humilde, vacila y pierde la fe” (Santo Tomás).

“Todo este cimiento de la oración va fundado en humildad, y mientras más se abaja un alma en la oración, más la sube Dios. No me acuerdo haberme hecho merced muy señalada, que no sea estando desecha de verme tan ruin” (Santa Teresa).

San Juan de Ávila decía a sus dirigidos: “Ten presente que humildad que no es obediente no es humildad. Y no se engañe nadie con color de virtudes”. “Si obedecéis pronta, franca, alegremente, sin murmuraciones, sin rodeos, sin réplica, sois verdaderamente humildes… el verdadero humilde se hace inferior y se sujeta a toda criatura por amor a Jesucristo; tiene a todos sus prójimos por superiores y se considera como el oprobio de los hombres, el desecho de la plebe y la escoria del mundo” (San Francisco de Sales).

Sí, “La humillación conduce a la humildad, como la paciencia a la paz y el estudio a la ciencia ¿deseáis la virtud de la humildad? No huyáis el camino de la humillación, porque si no soportáis los abatimientos, no podéis ser llevados a la humildad” (San Bernardo).

“Vale más delante de Dios un menosprecio sufrido pacientemente por su amor, que mil ayunos y mil disciplinas” (San Alfonso Mª Ligorio). El verdadero humilde no solo no se turba al verse menospreciado, sino que también se goza en el menosprecio” (San Alfonso Mª Ligorio). “El que no se abraza con la humillación da claras pruebas de que no es humilde, y el que no se humilla no se hará santo y corre gran peligro de condenarse” (San Alfonso Mª Ligorio).

“Si quieres ser santo, se humilde; si quieres ser más santo, se más humilde; si quieres ser muy santo, se muy humilde” (San José de Calasanz). Sí, “Déjate enseñar, déjate mandar déjate sujetar y despreciar y serás perfecto” (San Juan de la Cruz). “Sin la mortificación y la humildad no hay santidad alguna” (Santa María Sofía Barac). “No hay humildad sin mansedumbre y olvido de sí. La humildad es la virtud de las almas grandes. Si tuviéramos un solo átomo de humildad, soportaríamos gozosos las contrariedades, los olvidos y cualquier otra falta. ¡Acaso no tienen los demás que soportar las nuestras!” (Santa María Sofía Barat).

“Muchos tienen la apariencia de la humildad, pero no la virtud” (San Ambrosio). “El vestido de las virtudes es la humildad, si se lo quitas desaparecerán todas. La humildad es la señal más fija de predilección” (San Gregorio Magno).

“La humildad a los ojos de Dios es un tesoro preciosísimo y una alhaja que encanta al Señor, pues Tú, que eres su hijo divino, has querido humillarte tanto para hacernos tal virtud asequible, para estimularnos a imitarte en su ejercicio y para merecernos la gracia de practicarla” (San Juan Eudes).

“Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Filipenses 2, 5-8).