Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Jesús en la última CenaEn la carta a los Gálatas, dice San Pablo: “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (2, 20).

San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, propone que meditemos la Pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, al comienzo de la tercera semana. Y quiere que el ejercitante grave a fuego en su corazón que “Cristo me amó y se entregó por mis pecados”. Y hace desear al ejercitante que no se canse de pedir: “Dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, lágrimas, pena interna de tanta pena que Cristo pasó por mí”.

Se acerca la gran fiesta del pueblo judío y los Apóstoles le preguntan a Jesús: “¿Dónde quieres que te dispongamos la Pascua?” Jesús les indica el lugar y al atardecer del día, en torno a la mesa con los doce, les dice: ¡En gran manera he deseado celebrar con vosotros esta Pascua antes de padecer!”. Jesús sabía lo que iba a sufrir, pero el amor que nos tiene le hacía desear ardientemente que llegara la hora de su Pasión y muerte que nos alcanzaría nuestra redención, nuestra eterna felicidad en el Cielo.

Con sublime sencillez los tres evangelistas sinópticos y San Pablo, narran el momento de la institución de la Eucaristía. San Mateo dice: “Mientras comían, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, lo dio a los discípulos y les dijo: “Tomad, comed: esto es mi cuerpo”. Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo: “Bebed todos; porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados” (Mt 26, 26-28).

Con qué reverencia y amor recibirían los Apóstoles a Jesús en la Eucaristía ¿Comulgó la Santísima Virgen? Los Evangelios no dicen nada. Yo pienso que la Virgen María y las santas mujeres prepararían la cena. Y que Jesús quiso darle a su Madre Santísima el gran consuelo de comulgar.

“Haced esto en memoria mía”. Quedó instituido el sacramento del Amor. Dios está vivo, permanentemente con nosotros. La Eucaristía es el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo.

El padre Bover S. I. En su “Concordancia de los Santos Evangelios”, aporta la siguiente nota: “Sobre la realidad del cuerpo y de la sangre de Cristo bajo las especies eucarísticas decía San Cirilo de Jerusalén: “Cuando Jesús, hablando del pan, afirmó y dijo: Este es mi cuerpo, ¿quién osará en adelante vacilar? Y cuando él mismo, tan resueltamente dijo: Esta es mi sangre, ¿quién jamás dudará, atreviéndose a decir que no es su sangre? (Cast. myst., 4, 1). Lo mismo escribía San Hilario: “Sobre la verdad de la carne y de la sangre queda excluida toda posibilidad de dudar” (De Trin., lib. 8, n. 14). Y con igual aseveración toda la tradición cristiana. Y conforme a la misma tradición, la Eucaristía es, no sólo un misterio, sino también un sacrificio y un sacramento: misterio de la presencia real de Cristo; sacrificio, que reproduce incruentamente el sacrificio de la cruz; sacramento de amor y de vida, en que se nos da en manjar y en bebida la misma carne y sangre del Redentor, para que, incorporados a él, vivamos de él y por él”.

Santa Teresa de Jesús nos dice de la presencia de Jesús en la Eucaristía: “Después de comulgar, me parece clarísimamente se sentó cabe mí nuestro Señor y comenzóme a consolar con grandes regalos, y díjome entre otras cosas: Vesme aquí, hija, que yo soy; muestra tus manos; y parecíame que me las tomaba y llegaba a su costado, y dijo: Mira mis llagas; no estás sin mí; pasa la brevedad de la vida. En algunas cosas que me dijo entendí que después que subió a los cielos nunca bajó a la tierra -si no es en el Santísimo Sacramento- a comunicarse con nadie (Cuentas de conciencia 13, 10-11).

Santa Teresita del Niño Jesús. “¡Qué dulce fue el primer beso de Jesús a mi alma! ¡Sí, fue un beso de amor! Sentíame amada y repetía a mi vez: “¡Os amo, me entrego a Vos para siempre!” Jesús no me pidió nada, no exigió de mi ningún sacrificio. Hacía ya mucho tiempo que Él y Teresita se habían mirado y comprendido; aquel día no pudo llamarse nuestro encuentro simple mirada, sino verdadera fusión. Ya no éramos dos: Teresita había desaparecido, como a gota de agua se pierde en el océano; Jesús quedaba solo, como Dueño y como Rey. ¿No le había suplicado Teresita que le arrebatase su libertad? Aquella libertad la aterraba; se sentía tan débil, tan frágil, que quería unirse a la Fortaleza divina”.

“¡Ay! ¿Qué será de este pobrecito corazón? ¡Cuando el diablo ha conseguido alejar a un alma de la comunión, él lo ha todo ganado, y Jesús llora!…”

Santa Faustina Kowalska dice en su diario: “Hoy, después de la Santa Comunión Jesús me dijo cuánto desea venir a los corazones humanos. Al sumergirme en la oración, fui trasladada en espíritu a la capilla y vi al Señor Jesús expuesto en la custodia; en lugar de la custodia veía el rostro glorioso del Señor y el Señor me dijo: Lo que tú ves (en) realidad, estas almas lo ven a través de la fe. Oh, qué agradable es para Mí su gran fe. Ves que aparentemente no hay en Mí ninguna traza de vida, no obstante, en realidad ella existe en toda su plenitud y además encerrada en cada Hostia. Pero para que Yo pueda obrar en un alma, el alma debe tener fe. Oh, cuánto Me agrada la fe viva”.