Padre Manuel Martínez Cano, mCR.

Jesús Misericordioso dando la ComuniónJesús nos dice: “Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón”. La mansedumbre es la virtud que nos refrena los ímpetus de la ira y de la cólera. Nos da paz interior tan necesaria para cumplir nuestros deberes para con Dios y con el prójimo. Nos hace señores de nosotros mismos.

El alma arrastrada por la pasión de la ira desordenada no sabrá juzgar con rectitud y serenidad. Se incapacita para ver las cosas en su justa luz; la luz de Dios.

La irascibilidad enfría la caridad, nubla el espíritu y rompe la armonía de las relaciones humanas. Se olvida de la voluntad de Dios y se deja llevar por los impulsos de su pasión desordenada, hasta lo inhumano.

La mansedumbre modera y pacifica la irritabilidad y todas las pasiones desordenadas, haciendo al alma dueña de sí y capaz de mantenerse serena aun en circunstancias difíciles. Cuando surja el menor movimiento de ira, debemos atacarla inmediatamente para que no arraigue en nuestros corazones. El “Agere contra” de San Ignacio de Loyola es un buen medio para conseguirlo.

San Francisco de Sales nos aconseja que: “Apenas me dé cuenta de que la ira se enciende en mí, recogeré mis fuerzas, no con ímpetu, sino con suavidad; no con violencia, sino dulcemente y procuraré restablecer la paz”. Siempre pidiendo la ayuda del Señor, como nos dice el santo.

La mansedumbre es necesaria para llevar una vida de oración y de unión con Dios. Las pasiones desordenadas suscitan distracciones, siguiendo las imaginaciones que van y vienen desordenadamente. Sobre todo debemos combatir la iracundia. Debemos vigilar y combatir para no dejarnos llevar por los caprichos de los impulsos desordenados que nos hacen cometer faltas continuamente.

Si queremos seguir por el camino de la perfección cristiana, siendo fieles a las mociones del Espíritu Santo, no debemos permitir que la ira y el mal genio se vaya apoderando de nuestra alma. “El Señor enseña su camino a los humildes” (Salmo 25, 9). Sólo las almas que no se dejan dominar por la iracundia y la cólera pueden escuchar la voz de Dios y seguir caminando por la senda estrecha que lleva a la perfección y a la eterna felicidad del Cielo.

San Francisco de Sales, le pedía a Jesús: “Señor enséñame a ser manso con todos, aún con aquellos que me ofenden o me son contrarios, y hasta conmigo mismo, de modo que no me desespere por mis defectos y recaídas”.

Es muy difícil apaciguar en nosotros todos los resentimientos que hemos tenido a lo largo de la vida. Son callos del alma que, con la gracia de Dios y la protección de la Virgen Santísima, tenemos que extirpar de nosotros mismos. Con la fuerza del Espíritu Santo venceremos, como pedimos en esta oración “Ven, Espíritu Santo, dobla y vence mi dureza, calienta mi frialdad, endereza lo que me aparta de la mansedumbre”.

Santo Tomás de Aquino dice que: “La mansedumbre enseñorea al hombre de sí mismo”. El pleno dominio de sí mismo nos hace fuertes ante las contrariedades que trae la vida. Amemos al prójimo con mansedumbre para orientarlo hacia el bien, la verdad y la eterna felicidad del Cielo.

Como empezamos, terminamos, completando las palabras de Jesús: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis descanso para vuestras almas”.