tierra santaRvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I.
Meridiano Católico Nº 180, enero de 1994

Recibí el mejor regalo que se puede imaginar: la peregrinación a Tierra Santa. Claro que me hacéis con vuestra caridad regalos todos los días, porque el solo recuerdo vuestro me obliga a salir de la mediocridad. Pero el don de Tierra Santa fue la suma de todas las muestras de vuestro amor resumido en el billete de Iberia. Que Dios os lo pague. Mi primera consideración es la de agradecimiento. Mi obligación de oración de gratitud por todos.

Fui a Tierra Santa. Más que la Patria de Jesús, es la Tierra tres veces Santa porque recibió sobre ella la sangre redentora de nuestro Señor Jesucristo. Sobre aquellas rocas del Calvario, hoy recubiertas de grandes cristales, resbalo la sangre de Dios. Desde ese lugar como desde la atalaya divina, empieza uno como a entender la historia del mundo, la historia de las almas, el misterio de cada alma vestida del amor de Dios. ¡Quién no se quedara sujeto a aquel santo lugar donde se lavaron los pecados, mis pecados! Allí está el cielo, la tierra, el infierno. Desde allí, de rodillas San Ignacio, una y mil veces más, oiría la llamada: “¿Qué debo hacer por Cristo?” Es la frontera de todo lo humano. El corazón se llena de una inmensa y tierna caridad para con todos los hombres. Es la frontera donde termina la vida para comenzar el reino de la verdad, de la caridad, del arrepentimiento, de Dios.

Crucé la puerta de San Esteban, el primero después de Cristo que derramó su sangre. Millones vendrán después. Allí estaba San Pablo, de espaldas a la muralla, frente al Huerto de los Olivos. Aquella sangre del mártir es la semilla del encuentro con Cristo de San Pablo. Luego vinieron los dos apóstoles, Santiago el Menor y Mayor. Luego innumerables cristianos, en centenares de persecuciones, padecieron martirio bajo los paganos, después con los persas, los egipcios, los otomanos, hasta nuestros días en los que es difícil ser de Cristo en su tierra. Tierra Santa, tierra empapada de sangre redentora y de sangre asociada a la pasión, de sangre martirial. Miles de monjes que vivían vida cenobítica y de ermitaños, más de doce mil monjes y monjas sacrificados por los persas, en las lomas del monte de los Olivos, dilatados cenobios donde se alababa a Dios noche y día, que desaparecieron bajo el furor de los enemigos del nombre cristiano. Miles de religiosas, fueron sacrificadas, violadas y destrozadas entre los escarnios de los invasores. Solamente los franciscanos cuentan entre los suyos, más de tres mil mártires que prefirieron morir en la tierra donde murió su Señor, antes que abandonar los lugares santos.

Tierra dichosa, tierra amada que has recibido el rocío como ninguna de la sangre martirial, siglo tras siglo. Oh Jerusalén, oh tierra de promisión, que manas leche de sangre de mártires y miel de dulzuras de amor. Tú excedes a todas las tierras del mundo, consagrada y vestida con la púrpura de la Nueva Alianza de sangre de mártires, con la que han de vestirse todos los predestinados en la eterna Jerusalén de la gloria.

Es la Tierra Santa, porque todas sus piedras son santas, porque memorable es su nombre, el nombre que todos los pueblos alabarán por los siglos de los siglos. Toda la Tierra Santa, santificada ayer y hoy por el Señor y por los mártires, el heroísmo de los santos, la vida oculta de incontables vírgenes, las generosidades de cruzados, de peregrinos, de almas abrasadas, a cuya cabeza está Jerusalén, la que nombrará un día los príncipes de la tierra entera, para que todos olviden su pueblo y su casa paterna, para quedar prendados de la nueva época que nació allí, la obra divina entre las divinas de la Redención de todos los hombres.

Tierra Santa, sí, donde guiso vivir San Ignacio, donde quiere permanecer todo corazón cristiano.