IMG-20160220-WA0004Este pasado febrero, nos pidieron a mi marido y a mí, dar una charla en casa Guadalupe en Sabadell (Barcelona). Al ser muy larga, la he partido en dos, espero que Dios se sirva de nosotros, para que salga algún bueno de  ello.

Después de rezar un Avemaría a la virgen de Guadalupe dimos  la charla.

Mi marido Antonio, les enseñó cómo  iba creciendo y desarrollándose el bebé dentro del vientre de la madre. Cómo se formaban las piernas y los brazos, sus dedos, cuando el niño se chupa el dedo o le crecen las uñas o le sale el pelo de la cabeza etc…  todos escucharon con mucha atención.

Después  comencé mi charla.

El Papa Francisco dijo que “la alegría de los hijos hace palpitar los corazones de los padres y reabre el futuro. Los hijos son la alegría de la familia y de la sociedad. No son un problema de biología reproductiva, ni uno de tantos modos de realizarse. Y mucho menos son una posesión de los padres”.

“Una sociedad avara de generaciones, que no ama rodearse de hijos, que los considera sobre todo una preocupación, un peso, un riesgo, es una sociedad depresiva”,

El Papa subrayó además que “al hijo se le ama porque es hijo: no porque es guapo, o porque es así o asá; no, ¡porque es hijo!”,  “son amados antes de haber hecho cualquier cosa para merecerlo, antes de saber hablar o pensar, incluso antes de venir al mundo”.

Por tanto, “el ser hijo es la condición fundamental para conocer el amor de Dios, que es la fuente última de este auténtico milagro. En el alma de cada hijo, que es vulnerable, Dios pone el sello de este amor, que se encuentra en la base de su dignidad personal, una dignidad que nadie ni ninguno podrá destruir”.

En primer lugar, quiero dar gracias a Dios por el gran don de la maternidad pues, el Señor ha alegrado nuestro hogar nada menos que con 12 hijos. Cada nuevo hijo que llegaba, me producía una nueva ilusión y en casa al dar la noticia a sus hermanos se producía una explosión de alegría. Cada embarazo es distinto y no os dejéis engañar, pues a mí me decían “tú ya sabes cómo va todo esto”  y yo les replicaba que cada nuevo embarazo era como si fuera el primero. En un embarazo me encontraba muy bien, en cambio en otro era completamente  al revés.

Sabemos que la llegada de un nuevo ser a este mundo es algo realmente conmovedor. Si no, ¿por qué toda madre se  llena de inmensa alegría  al ver a su  hijo recién nacido? ¿Aunque sea el primero, el cuarto, o el quinto?

Además de una gran responsabilidad traer un hijo al mundo, es también una verdadera apuesta a un futuro esperanzador. Sin embargo, en el mundo actual muchas veces se considera la llegada de un hijo como un problema social.

Es curioso, pues cuando dices tener tantos hijos la gente en general se asusta  y te preguntan ¿Cómo lo haces? Y la respuesta es siempre la misma “con mucho trabajo y poniendo mucho amor en todas las cosas” y ellos contestan que “con un solo hijo, ya no llegamos…” A mí me parece que mucha gente se ahoga en un vaso  de agua. Creo que, para estas personas son más importantes las comodidades de la vida, que los hijos que podrían tener.

Lo más curioso es que nos preguntan siempre lo mismo, si nos acordamos de los nombres de todos nuestros hijos y respondemos siempre con la misma  pregunta ¿es que sólo conoces y sabes los nombres de doce personas? ¿Cómo no me voy acordar de los nombres de mis hijos? Un día en el médico, una chica de recepción nos hizo decir los nombres de nuestros hijos, del mayor al menor, pues no se lo creía. Desde entonces llevo siempre una foto de la familia, en mi cartera.

No siempre se ve socialmente al hijo como una esperanza y como un don precioso que Dios da para la familia. La venida de un niño siempre es una buena noticia, la vida humana es siempre una buena noticia. Aunque surja en circunstancias difíciles, toda persona es un don de valor inestimable. Cada individuo constituye, por su sola existencia, un claro signo del amor de Dios.

A pesar de todo, el camino de sumar un hijo es un proceso que desencadena infinidad de ideas, sentimientos, responsabilidades y expectativas, a menudo contrapuestas.

Al principio de un embarazo una siente un gran gozo, o  puede que se sienta frustrada o desilusionada, pues las circunstancias de cada persona son distintas… Pero, a medida que pasa el tiempo, se espera al hijo con alegría. Y una se  siente  responsable por esa vida que crece dentro de ti, aunque no la hubieses buscado voluntaria o conscientemente.

Al ver la primera ecografía, nos vamos a emocionar y nos llenaremos de inmensa alegría. La alegría de una madre comienza cuando una nueva vida se agita en su interior, cuando escuchas su corazón por primera vez, y cuando una patadita juguetona te recuerda que ya no estás sola. Y eso hace que, aunque se caiga el mundo a tu alrededor, una madre por su bebé, mira siempre adelante, y así combate el desaliento y la desesperanza. Ese hijo que crece en tu vientre tiene una razón de ser, un por qué y para qué que lo irás descubriendo a lo largo de su vida.

Se crea un vínculo muy fuerte entre la madre y el hijo. Una cosa curiosa: está demostrado que el niño escucha a la madre y aprende de alguna forma su acento. Un estudio reciente refleja que los bebés al nacer lloran de forma distinta según el idioma de la madre.

A veces sucede que el embarazo ha sido inesperado, que no se tiene un  papá para el niño, y estás sola, eres muy joven, tienes dificultades económicas, tu familia no te apoya… Seguro que en este momento todo lo ves de color negro y puede que hasta estés pensando en abortar.  Pero yo pregunto,  ¿Cómo voy, a darle pena de muerte a un inocente por un delito que no ha cometido? El delito lo he cometido quizás yo por no poner cuidado en mis relaciones o el padre del niño, pero nunca el ser que tengo en mi vientre. Pero yo te puedo asegurar que no hay nadie, que se haya arrepentido de tener a su hijo, son tan grandes los sentimientos que sientes al tenerlo entre tus brazos por primera vez, que una se olvida de todos los malos ratos pasados; en cambio he conocido a muchas mujeres que se han arrepentido de haber matado a su propio hijo.

¿Puede alguien obligarte a abortar? No. Nadie puede obligarte a atentar contra tu hijo ni tu integridad física: ni tu pareja, ni tus amigos, ni en tu trabajo, ni tu médico, ni siquiera tu familia.

La llegada del bebé cambia todas las cosas. El dolor y el estrés, la inseguridad, darán paso a la alegría, la felicidad, la luz. Cuando ves por primera vez su carita, te olvidas de todo, al contemplar esos ojitos que te miran, esa boca que reclama su comida, esas manos tan pequeñas pero tan bien hechas, las que habéis sido mamás sabréis que, no te cansas de mirarlos mientras duermen, los miras y te das cuenta que son perfectos y piensas que es un milagro cada vida que sale de ti. Los hijos son el motivo para seguir adelante, nos sacan sonrisas donde sólo hay tristezas; son la mejor sensación de una madre, algo que sólo se experimenta cuando los tienes.

En cuanto al hecho de que seas una joven madre, y quizás soltera, te enfrentes al nuevo rol, es posible que sientas cierta ansiedad por tu inexperiencia y tu juventud pero ante todo no debes ponerte nerviosa porque irás aprendiendo día a día de tu hijo y debemos pensar que la acción de madre es innata en nosotras y en principio no tenemos por qué pensar que lo haremos mal o que no sabremos, porque es algo natural que va con nosotras desde que nacemos y que mejor o peor nunca lo haremos mal.

Aunque se cierren puertas hay muchas otras que se van a abrir. Hay  asociaciones que están dispuestas a ayudar, como es “Casa Guadalupe”, que se dan cuenta del valor de la vida, y no cualquier vida, sino la vida de tu bebé, y te ayudaran a que tu hijo pueda crecer feliz, tenga amigos y una familia, y tantas cosas que tenemos nosotros y no se las podemos negar a nadie.

Una madre soltera me decía: “Yo le contaré a mi hijo, mi historia. Y le enseñaré que la vida tiene cuatro sentidos: amar, sufrir, luchar y ganar. Quien ama, sufre; quien sufre, lucha, y quien lucha, siempre gana, y yo luché por ti y he salido ganando”, esto son  palabras de una madre que ama a su hijo por encima de todo.

Maria Lourdes Vila Morera