virgenRvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I.
Meridiano Católico Nº 183, abril de 1994

La dormición de María señala el fin de su peregrinación en la tierra. Su dulce muerte llenó de paz y de pena a los Santos Apóstoles.

Al lado del Cenáculo, donde nació la Iglesia con la venida del Espíritu Santo y la oración de María, tenía que dormirse la Santísima Virgen y subir al Cielo su alma.

Allí mismo empieza el traslado del sagrado cuerpo de María al sepulcro. Se baja a lo largo de las murallas. Se rehace el camino que siguió Jesús desde el Cenáculo hasta Getsemaní. Los Apóstoles bajan silenciosos. Pedro va detrás del cuerpo de María. San Juan el predilecto y Santiago sostienen el cuerpo. Andrés y Felipe sujetan por delante los pies.

A lo largo del torrente Cedrón la fúnebre comitiva avanza. Se acaba el día. Nadie se ve en los contornos. Getsemaní queda a la derecha. Los apóstoles no recuerdan la noche de la agonía del Señor y de su sueño, porque María llena ahora su mente y su corazón. Pero el cuerpo ele María va a quedar depositado muy cerca de Getsemaní. Su sepulcro será glorioso. Se baja a un nivel inferior. Una losa sepulcral recibe el sagrado cuerpo. Ahora hay más discípulos que se han unido a los apóstoles. Nadie llora. Nadie reza. Hay un gozo silencioso, inexplicable. Es el gozo de Dios. La rueda de piedra cubre la boca del sepulcro.

Levantan los apóstoles la cabeza y ven en la colina la ciudad santa de Jerusalén. Cuando entran los apóstoles en la ciudad por la puerta dorada, entra María Asunta al Cielo en cuerpo glorioso y alma llena de gracia en la Jerusalén celestial. La visión de la celestial Jerusalén, visión celeste de paz. La luz que llena las almas es la luz del Cordero inmolado. Toda la luz viene por María que da la blancura azul de la ciudad de la gloria.

Docenas de cientos de iconos, pinturas, lámparas acompañan el sepulcro desde donde María subió en cuerpo y alma al Cielo. La presencia de María es constante y se hace tangible en donde nació la Iglesia. Allí el alma alcanza la certidumbre de lo que María comenzó como Madre del nacimiento de la Iglesia, va a consumarlo en estos últimos tiempos.

Los últimos tiempos son los de María. Al subir por la ancha escalinata de piedra negra desde el sepulcro de María, se escucha el nombre de María desde el huerto de Getsemaní, hasta el Templo donde vivió la Virgen. En ese momento, una vez más, el corazón cristiano adquiere la certeza de la próxima victoria de María. Sí, está cerca su venida y el reinado de su Corazón Inmaculado. La esperanza brilla con una certeza absoluta. Su reinado que llega es el de la paz, el de la caridad, el del gozo y la alegría cristiana. Ya se oye el arrullo de la tórtola entre el follaje. Pronto caerá hecho pedazos el imperio de Satanás.

Los hijos pequeños de María, que sois todos vosotros, esperan hoy con los ojos puestos en las manos y en el Corazón de la Virgen. Todo será renovado. Ahora, esperar con paciencia.

Desde el sepulcro de María os trasmito esa esperanza que me comunica para contagiar os paz.

Nota: La Página para Meditar de la revista Meridiano Católico nº 181 y 182 ya se publicaron el día 28 de agosto y 3 septiembre de 2013, respectivamente, en este Blog Contracorriente.