mariaIldefonso Rodríguez Villar
Puntos breves de meditación
sobre la vida, virtudes y advocaciones litúrgica
de la Santísima Virgen María
26ª edición, Valladolid, 1965

Santa desconfianza. -La virtud está en el término medio solemos decir, pues todos los extremos son viciosos. -Esto que ocurre siempre en todo acto de virtud, muy particularmente ocurre con la esperanza. -Se puede faltar a ella, por exceso y también por defecto. -Por exceso se falta, cuando se abusa de la confianza que debemos poner en Dios y creemos que aunque nosotros no hagamos nada de nuestra parte…., aunque no trabajemos…, ni nos esforcemos…, ni cooperemos a la obra de nuestra santificación con la gracia divina, Dios, que es tan bueno… y tan misericordioso, ya nos salvará… y nos santificará… y nos dará todo lo que necesitemos. -Abuso incalificable es éste que constituye el pecado de tentar a Dios.

Él demonio se atrevió de esta manera a tentar a Cristo, cuando le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate al precipicio, Dios enviará a sus ángeles y no te harás daño alguno»… Mas Jesús, le contestó: «No tentarás a tu Dios y Señor.» -Cuántas veces así nos tienta el demonio, haciéndonos creer que podemos obrar de esa manera…, apoyándonos en nosotros mismos, sin miedo a caer.

Piensa en esta falsa confianza…, en esta presunción, y verás que ha sido la causa de las grandes caídas. -San Pedro, no tuvo otra razón para caer… Estaba decidido a seguir a su Maestro…, lo dijo y lo juró… y así lo quiso cumplir… Se creía que se bastaba él solo, y al apoyarse en sí mismo, no encontró más que la enorme debilidad que no podía sostenerse ni ante la voz de una mujer… ¡Qué miserable es el hombre!… Con cuánta razón decía el Apóstol: «Él que está en pie, mire no caiga.»Toda nuestra miseria…, todas nuestras caídas…, todas nuestras debilidades y flaquezas…, todo nos está diciendo que tengamos mucho miedo de nosotros mismos…, que no nos creamos nunca seguros…, que aunque nos pareciera que somos mejores que otros, no hay pecado, por grave que sea:…, ni crimen por muy repugnante, del que no seamos capaces. -Por lo mismo, no hemos de perder de vista aquella sentencia de San Pablo: «Trabajad temiendo y temblando en la obra de vuestra salvación.»

Cayeron los ángeles en el Cielo…, Adán en el paraíso…, Judas y Pedro en la escuela de Jesús…, muchos que fueron gran tiempo muy santos… y cayeron de la altura de su santidad…, pues ¿por qué Zas a estar tú seguro? Afianza en este principio tu virtud y no olvides que la esperanza verdadera se asienta en esta santa desconfianza propia. -Un incendio destruye en poco tiempo una obra de muchos años… Así puedes tú perder y destruir en un minuto de debilidad, lo que te costó mucho adquirir.

La verdadera confianza. -Pero la consecuencia de esta desconfianza propia no es la que quiere sacar el demonio… la desesperación… la desilusión… el cansancio y el tedio… el maldito desaliento que mata toda actividad y ata nuestras manos, para que no trabajen ya más. -Éste es el otro extremo, por el que se peca contra la esperanza. -Pecado de defecto, pero que es tan pernicioso o más que el primero, que peca por exceso. -No, no es eso lo que debemos de concluir al ver nuestra debilidad y miseria…; esto es mirar las cosas sólo por un lado… hay que mirarlas en toda su integridad. -Si me miro a mí solo, puedo encontrar desconfianza…, pero su miro a Dios, ¿cómo no he de alentarme con una confianza segura y una esperanza dulcísima?

San Pablo se miraba a sí mismo y decía: «Va de mí nada soy y nada valgo»… Luego miraba a Dios y añadía: «Pero todo lo puedo en Aquel que me conforta»…, y entonces se atrevía a desafiar a todos sus enemigos y valientemente les retaba y decía: «¿Quién podrá separarme de la candad de Cristo?… ¿La angustia?… ¿Él hambre?… ¿La persecución?… ¿Él sufrimiento?… Estoy cierto que nadie…, no hay fuerza capaz en todo el infierno junto para ello.»

Sólo el hombre y dejado a sus fuerzas, no podría sostenerse…, no hay virtud ni santidad tan grande que, si Dios no la sostuviera, pudiera conservarse y salir vencedora de las asechanzas del demonio… ¡Cuánto puede, desgraciadamente! Pero si Dios está con nosotros, ¿quién podrá en contra nuestra, si entonces tenemos la misma omnipotencia de Dios? -«Es fiel el Señor, dice el Apóstol, y no permitirá al demonio que nos tiente más de lo que podemos»… y, por otra parte, no nos dejará solos en la lucha, sino que Él peleará a nuestro lado, y nos ayudará con su ejemplo y su gracia… y, en fin, Él nos dará ahora la victoria segura, y luego el premio prometido a los que salgan vencedores… ¡Cómo alienta y consuela todo esto sabiendo que son cosas ciertas e infalibles que Dios cumplirá fiel y exactísimamente!… En verdad, que podemos decir con la Iglesia: «En Ti, Señor, he esperado…. por eso no seré jamás confundido.» -Nunca, nunca nos pesará esta confianza en Dios.

Mirando a Ma­ría. -Si alguien ha podido confiar en sí mismo…, en su virtud en sus méritos…. ha sido la Santísima Virgen ¿Quién como Ella y semejante a Ella?… Y, sin embargo, es la Virgencita humilde…, modesta…. hasta tímida en cierto punto…; jamás hace alarde de lo que es…, más bien exagera el deseo de ocultarlo todo…, de callarlo todo. -Oculta a su prima Santa Isabel su concepción milagrosa, pero Dios se encarga de revelársela… Oculta a San Jase, también, su divina maternidad, y tiene que bajar un Ángel del Cielo a decírselo… Oculta, en fin, a los ojos de todos, su dignidad y sus gracias… y sus grandiosas prerrogativas…; no se da importancia por nada, no abusa de ninguna de sus gracias…; obra y sirve a Dios como la más pequeña e indigna de sus esclavitas, sin rehusar ningún oficio, ni trabajo de ninguna clase…; no se mira a sí misma…, no se fía ni se apoya en sí misma, sino únicamente en Dios. -¡Ah, eso sí!… ¡Qué confianza en Dios, cuando llega el momento…. sin exageraciones…, sin aspavientos que llamen la atención…, de la manera más sencilla…, natural e ingenua!… ¡Qué bien sabe demostrar esta dulce confianza en su Jesús!… ¡Con qué seguridad manda a los criados que obedezcan a su Hijo en las bodas de Caná!…, a pesar de las palabras de Jesús. ¡Qué tranquila y qué cierta está de que no quedará mal…, de que no será confundida!… Pide a la Virgen entender así esta virtud de la esperanza, de suerte que ni abuses con la presunción…, tentando a Dios… o abusando de Dios…, ni desconfíes de Él y de su gracia…; que aprendas a desconfiar de ti, para obrar solamente apoyado en Ella y en Dios.