manasesEl Rey Manasés

“No se puede amar lo que no se conoce”, dice un adagio antiguo. ¡Mas con qué impetuosidad se lanza el corazón hacia el “bien” que le da a conocer la inteligencia! Así sucede con Dios: ¡Los impíos se convierten, los pecadores se hacen justos y santos desde el momento en que aprendieron a conocer a Dios tal cual es!

He aquí a Manasés, del linaje de los reyes de Judá, por tanto descendiente de David, pero que no participó ni de la piedad ni del celo del rey salmista; fue precisamente todo lo contrario.

Escuchad lo que cuentan de él nuestros libros santos:

“Manasés reinó cincuenta y cinco años en Jerusalén. Obró el mal a los ojos de Yahveh Dios, imitando las abominaciones de las naciones que Yahveh Dios había dispersado ante los hijos de Israel”. En efecto, este monarca restituyó el esplendor al culto de los ídolos y de esta manera arrastró a su pueblo al pecado. “Además, continúa el sagrado texto, Manasés derramó mucha sangre inocente, hasta llenar a Jerusalén de punta a punta”.

¡En fin, llegando al colmo de sus iniquidades, Manasés hizo prender a Isaías, el más grande de los Profetas, e infligió al hombre de Dios una muerte de las más crueles, pues le hizo aserrar por medio con una sierra de madera!

¡Tamaña maldad merece la horca! ¡A la picota el criminal!

¡Tal es el grito que sale del corazón! Pero no es ése el grito de Dios, que va a intentar el último esfuerzo para salvar al culpable. Y este esfuerzo será el castigo, pero un castigo misericordioso, porque hará reflexionar al desgraciado pecador y lo convertirá.

Manasés, caído en poder del rey de Asiria, es cargado de argollas y atado con una doble cadena de bronce y llevado cautivo a Babilonia.

“¡No hay mal que por bien no venga!”, dice el proverbio. Tal fue el caso de Manasés. Reflexionó, se convirtió, clamó al Señor, reconoció humildemente todos sus yerros y pidió perdón. ¡Y el Señor le perdonó!

¿No adivináis el r esto?… “Yahveh Dios, añade la Sagrada Escritura, dejándose vencer, escuchó las súplicas del rey, y lo devolvió a su reino”. Es decir, al trono de sus padres.

¡Ved cómo trata el Señor a los más grandes criminales, con tal que se arrepientan!