angela de la cruzEn Sevilla, la alegre ciudad de Andalucía, en España, el 30 de enero de 1846, nació Ángela. De familia sencilla, pobre, humilde. De familia de trabajadores. A Ángela le gustará siempre que le recuerden que fue trabajadora: “La zapaterita”. Una profesión de artesanía casera y de servicio.

Y porque fue pobre, amó a los pobres. Sintió la pobreza en su propia vida y se quiso identificar con el sentido cristiano de la pobreza en su entrega a los desvalidos.

No encontró ella ningún modo mejor que éste de acercarse a sus hermanos: siendo pobre como ellos. Y Dios le dio un corazón tan grande que la hizo “Madre de los pobres”. Este es el gran lema que resume toda su vida.

Buscó al pobre en su casa. Fue a la casa de los enfermos más necesitados para cuidarlos allí, en el calor del propio hogar. Con este fin fundó las Hermanas de la Compañía de la Cruz, dedicadas a la asistencia y socorro de los desheredados de este mundo.

Cuando murió, el 2 de marzo de 1932, Sevilla la señaló como un símbolo. Y la quiso con la gratitud maravillosa de los pobres.

La Iglesia la presentó al ejemplo de este mundo nuestro, tan necesitado de caridad heroica. El Papa San Juan Pablo II la beatificó en Sevilla, el 5 de noviembre de 1982.

 

Su espiritualidad

La llamada de Dios es una gracia; a todos nos toca pedirla para que el Señor la conceda abundantemente a su Iglesia. Ángela fue “llamada”. La voluntad inescrutable de Dios le marcó el camino de la cruz, invitándola a poner su morada en el Calvario. Y respondió sin reservas: Hágase. A la cruz, arriba, a colocarse en el madero se llega dejando atrás, en el camino, al pie, todo. Dejándolo sencillamente todo. En pobreza radical, esencial. Para estar sólo pendiente de Dios, estar colgado de Dios. Y se habita en la humillación permanente. No basta una “tendencia a la humildad”. Aquí es la humildad realizada, florecida en las humillaciones que al estado de cruz le son connaturales. Ángela puso como base de su vida un enamoramiento encendido de Cristo crucificado y su Evangelio: sólo en el amor a Jesucristo se entiende su heroica caridad con los pobres y eso exige renunciar al propio yo: La cruz que dio nombre a sus Hermanas lo dice bien claro. Enamorarse de Jesús es seguir su mismo camino. Así se alcanza la definitiva pobreza: que hace sentirse en despego de todo lo terreno, par amor a Dios y a sus pobres.

Su obra

Las Hermanas de la Compañía de la Cruz continúan el camino de atención a los pobres, en los mismos campos que Sor Ángela les dejó empezados.

  • Atención a los enfermos abandonados y solos: acompañándolos en sus propias casas, asistiéndolos, velándolos, curándolos, visitándolos, llevándoles el consuelo de alguien que los quiere y se preocupa de ellos.
  • Ayuda a los pobres: orientándolos en sus problemas y acercándoles el consuelo de las virtudes cristianas.
  • Proteger y enseñar a la niñez desamparada, creándoles un ambiente donde crezcan con alegría y esperanza.
  • Ser en el mundo un testimonio de desprendimiento, de pobreza, de humildad, que llame un poco la atención entre el egoísmo, lujo y despilfarro.

Por los rincones de España, Italia y Argentina las Hermanas de la Cruz quieren llevar la caridad cristiana a todos los que sufren. Y lo hacen con su entrega personal, generosa hasta lo más.