marcelino menendez pelayoMarcelino Menéndez y Pelayo
Cultura Española, Madrid, 1941

Por otra parte, ¿quién ha admirado más y quién ha comprendido mejor la grandeza humana del carácter de Cristóbal Colón que Alejandro Humboldt, por lo mismo que no disimula sus flaquezas? ¿Quién ha encarecido más sus descubrimientos científicos y las nuevas luces que trajo al conocimiento racional del mundo? ¿Quién ha sentido de igual manera el precio de las cualidades poéticas que surgen como relámpagos de genio entre los incorrectos y apasionados rasgos de su pluma? Un soló vacío puede encontrarse en este bellísimo análisis que llena la mayor parte del tercer tomo de la obra de Humboldt: Colón, navegante y cosmógrafo; Colón, hombre de ciencia; Colón, escritor; Colón, supersticiosamente enamorado del oro; Colón, grande hombre perseguido por la envidia, están admirablemente juzgados; pero queda algo en la sombra, el Colón cristiano y aun místico, que soñaba con la total conversión de los infieles y con       el rescate del Santo Sepulcro, y que en su persona veía cumplidas claramente las sagradas profecías. Que luego se haya abusado de su figura en torpes falsificaciones no es razón para que aspecto tan principal se relegue al olvido. El profetismo de Colón existe, y Humboldt no le desconoce; pero como hombre nacido y educado en el siglo XVIII, apenas insiste en esto, ni llega a ver en el libro de las Profecías otra cosa que un tejido de sueños y de fantasías incoherentes; cuando para nosotros allí está la filosofía del descubrimiento tal como Colón la entendía, con grandeza tal de espíritu que debe mover a respetuosa veneración al más escéptico. Ni el ideal científico por sí solo, ni mucho menos el interés y el cálculo hubieran bastado para producir el descubrimiento; y fué providencial que en el descubridor se juntasen aquellas tan diversas cualidades de místico, hombre de ciencia experimental hasta cierto grado; hombre de sentimiento poético y de inmenso amor a la naturaleza, y logrero genovés enamorado locamente del oro…

Por lo que toca a España, el escritor que más ha multiplicado en estos últimos años sus publicaciones sobre Colón y sus viajes, y el que mayor número de datos nuevos ha traído a su historia, es el ilustre cronista de nuestra Armada D. Cesáreo Fernández Duro, cuya varia, curiosa y amena erudición tanto realza sus Disquisiciones Náuticas y otros libros análogos. A él se debe, sobre todo, la publicación y el extracto del ruidosísimo pleito entre el Fiscal del Rey y los herederos del Almirante; pleito que conoció Navarrete; pero sin dar de él más que una idea: muy somera y que de ningún modo indicaba la riqueza de noticias allí atesoradas, y que deben ser materia de atento y reposado examen. Así en la Memoria académica titulada Colón y Pinzón (1883), como en los libros posteriores Colón y la Historia Póstuma (1885), Nebulosa de Colón (1890), y Pinzón en el descubrimiento de las Indias (1892), llega Duro a conclusiones que han excitado la indignación de los admiradores incondicionales de Cristóbal Colón, llevándolos a demasías de lenguaje sobremanera vituperables. Pero bien examinadas las cosas, no se descubre en las eruditas páginas del señor Duro esa malquerencia sistemática contra Colón que gratuitamente le atribuyen muchos, ni menos el deseo de mancillar su gloria y poner nota en su buen nombre, sino más bien el deseo de apurar la verdad sin contemplación alguna, y el empeño, no menos racional y patriótico, de poner en su punto el mérito que individualmente contrajeron los heroicos compañeros del descubridor, ofuscados hasta ahora en demasía por los resplandores de su gloria. Si en esta reivindicación justa y natural, así como en el criterio con que nuestro compañero juzga algunos actos de la gobernación del Almirante, ha podido haber exceso, condición es esta de toda reacción, y la reacción era inevitable, puesto que el nombre de Colón está sirviendo desde hace más de dos siglos de pretexto para las más atroces diatribas contra España; diatribas que, si cabe,   se han exacerbado todavía más en estos últimos tiempos, coincidiendo en ellas, por raro caso, los ultracatólicos, como Roselly de Lorgues, y los incrédulos y positivistas más rabiosos, como Draper. También la paciencia tiene sus límites, y si es cierto que Colón no tiene la culpa de las sandeces y mala voluntad de sus apologistas, también lo es que en toda alma genuinamente española ha de ser muy fuerte la tentación de demostrar, si se puede (y las pruebas están bien a la mano), que ni los españoles que protegieron y acompañaron a Colón eran tan imbéciles, tan crueles, tan malvados y tan ingratos como se supone, ni el Almirante era tampoco aquel ser impecable y desvalido, ni aquella excepción maravillosa en medio de un siglo bárbaro; sino, al contrario, un grande hombre que participaba de todos los errores y pasiones de su tiempo. Entre los malos Gobiernos coloniales ha habido pocos tan malos y desconcertados como el de Colón en la isla española; y si el crimen de la esclavitud se consumó en las Indias, nadie antes que él pudo introducirla, y él fue el primero que envió de una vez quinientos esclavos caribes al mercado de Sevilla. La justicia histórica se debe a los grandes y a los pequeños, y a nadie exime de ella la categoría de genio, aunque naturalmente incline el ánimo del historiador a no insistir mucho en estas sombras que, habida consideración al tiempo (consideración que amengua bastante la parte de responsabilidad individual), no son tantas ni tales que oscurezcan la grandeza del esfuerzo inicial y de la maravillosa obra cumplida. Ni nadie hubiera reparado mucho en ellas si tal cúmulo de irritantes injusticias no hubiese excitado la fibra patriótica de muchos llevándolos tal vez a recargar las tintas negras del cuadro. No basta, como cándidamente creen algunos, repetir a cada paso que la gloria de Colón nos pertenece; que su nombre y el de España son inseparables, y otros tales rasgos enfáticos que de ningún modo pueden quitar el escozor y la amargura a los que formalmente estudian estas cosas y saben que              lo corriente y lo vulgar en Europa y en América, lo que cada día se estampa en libros y papeles, es que la gloria de Colón es gloria italiana o de toda la humanidad, excepto de los españoles, que no hicieron más que atormentarle y explotar inicua y bárbaramente su descubrimiento, convirtiéndole en una empresa de piratas. Esta es la leyenda de Colón, y esta es la que hay que exterminar por todos los medios, y hacen obra buena los que la combaten, no sólo porque es antipatriótica, sino porque es falsa, y nada hay más santo que la verdad (1).

(1)          Estudios de crítica literaria. Segunda serie, páginas 218 a 226, 281 a 286 y 294 a 298.