padre canoP. Manuel Martínez Cano mCR.

La Beata Jacinta de Fátima dijo que “Las guerras no son sino castigos por los pecados del mundo”… “Es preciso hacer penitencia. Si la gente se enmendara, aún nuestro Señor perdonará al mundo; pero si no se enmendara, vendrá el castigo”… “Si los hombres no se enmendaran, Nuestra Señora enviará al mundo un castigo como no se vio igual, y, antes que a otros países, a España”. Lo dijo el Señor: “convertíos y haced penitencia”.

La defensa del bien común de la patria, exige a veces el recurso a la guerra. Es un terrible azote para la humanidad porque son inmensas las ruinas físicas y morales que producen. La guerra es una deshonra para los hombres, ya que no aciertan a resolver su diferencia por la vía noble y elevada de la moral y el derecho. Jamás debe recurrirse a la guerra sino después de haber agotado todos los medios pacíficos. Dada la maldad de muchos hombres, la guerra se impone, a veces, como una verdadera necesidad para impedir que la injusticia y la barbarie se apoderen impunemente del mundo, haciendo imposible la vida del hombre sobre la tierra. “No hay más que una razón justa de hacer la guerra: la injusticia sufrida” (Francisco de Vitoria).

¡Paz! Sí. Como dice San Juan XXIII: “La paz ha de estar fundada sobre la verdad, construida con las armas de la justicia, vivificada por la caridad y realizada en libertad”. Suárez decía que la guerra “no es un mal absoluto”. El mal absoluto es el pecado contra Dios. Pio XII, dijo en 1954: “Toda acción bélica que tienda indiscriminadamente a la destrucción de ciudades enteras o extensas regiones junto con sus habitantes, es un crimen contra Dios y la humanidad, que hay que condenar con firmeza y valentía”.

El terrorismo es un “nuevo sistema de guerra” (Gaudium et. spes, 79). “Guerra verdadera contra los hombres inermes y las instituciones, movida por oscuros centros de poder” (San Juan Pablo II). Contra el terrorismo y la guerra injusta, recordemos las palabras de la Carta Colectiva del Episcopado Español, durante la guerra de Liberación: “La guerra uno de los azotes más tremendos de la humanidad, es, a veces, el remedio heroico único para centrar las cosas en el juicio de las justicias y volverlas al reinado de la paz”.

El Concilio Vaticano II, nos recuerda: “en cuanto los hombres son pecadores les amenaza el peligro de la guerra y les seguirá amenazado hasta la venida de Cristo” (Gaudium el spes, 78). Ahí está el “crimen abominable del aborto” que ya ha matado a más personas inocentes e indefensas que todas las guerras.

Un día, en casa de Jacinta, Lucía encontró a su prima muy pensativa y le pregunto – “¿en qué estás pensando, Jacinta?” – “Pienso en la guerra que ha de venir. ¡Va a morir tanta gente y van a ir tantos al infierno!”. Durante la enfermedad de Francisco y Jacinta, Lucía los visitaba frecuentemente. Un día la niña le dijo: “Fíjate, ¿sabes? Nuestro Señor está triste porque Nuestras Señora nos dijo que no lo ofendieran más, que ya estaba muy ofendido, y nadie le hizo caso; continúan haciendo los mismos pecados”. En otra ocasión, Jacinta dijo: “los pecados que más almas llevan al infierno son los pecados de la carne”.

Antes de morir, Jacinta le dijo a Lucía: “Ya falta poco para ir al Cielo. Tú te quedas acá para decir que Dios quiere establecer en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María. Cuando vayas a decir esto, no te escondas, di a toda la gente que Dios nos concede las gracias por medio del Corazón Inmaculado de María, que las pidan a Ella, que el Corazón de Jesús quiere que, a su lado, se venere el Corazón Inmaculado de María. Que pidan la paz al Corazón Inmaculado de María, que Dios la entregó a Ella. ¡Si yo pudiese meter en el corazón de toda la gente la luz que tengo acá dentro del pecho quemándome y haciéndome gustar tanto del Corazón de Jesús y del Corazón de María…!” (Cf. De Marchi, pág. 244; Walsh, pág. 156).

Hay un Cielo de eterna felicidad. Hay un infierno de eterno sufrimiento.

 

¡Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará!