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Infancia del espíritu

“Jueves. Al empezar, la Hora Santa, quería sumergirme en la agonía de Jesús en el Huerto de los Olivos. De repente oí en el alma la voz: Medita los místenos de la Encarnación. Y de pronto, delante de mí apareció el Niño Jesús de una belleza resplandeciente. Me dijo cuánto agradaba a Dios la sencillez del alma. Aunque Mi grandeza es inconcebible, trato solamente con los pequeños, exijo de ti la infancia e espíritu.” Santa Faustina Kowalska, Diario de Santa Faustina Kowalska, nº 332.

Reflejar lo sobrenatural

“Y todavía centelleará más el sentimiento religioso en el pincel de aquel griego nacido corporalmente en Creta y espiritualmente en España, que le absorbió en su ser y le infundió su vida hasta el punto de permitirle que se asomase el alma de nuestros místicos, para que trasladase al lienzo algo de aquel mundo interior, en aquellas figuras de una prodigiosa realidad, pero idealizadas y perdidas en un fondo extraño, porque el artista, por una supuesta locura, que quizá fuese la locura de la cruz, no encontraba colores para reflejar lo sobrenatural que penetra en sus figuras y parece adivinarse detrás de las sombras que las cercan.” Juan Vázquez de Mella, El Verbo de la Tradición, p. 67.

Simulacro de Dios

“Estos pueblos, según Meinvielle, tuvieron de positivo cierto conocimiento de Dios (recuérdese a Sócrates, Platón y Aristóteles); insuficiente, pero nombraban a Dios en cierto modo cuando conferían a los dioses un poder que no tenían; esto dice Meinvielle siguiendo a Tertuliano (op. cit, p. 258). Por eso lo dicho, cayeron en la idolatría y «la divinización del poder»; como dice San Pablo citado por Meinvielle, llegaron «a transferir a un simulacro en imagen de hombre corruptible, el honor debido a Dios incorruptible”.” Alberto Caturelli, Revista Gladius, nº 94, diciembre 2015, p. 6.

Mayoría y legitimidad

“De un modo distinto a los juegos, sin embargo, el poder «político» no se limita al aspecto lúdico: el poder, en efecto, incide profundamente en la vida individual y social. La racionalidad de la democracia (moderna) es garantía para la averiguación y en la averiguación de la voluntad, no regla para ésta. En otras palabras, la racionalidad, el respeto y la correcta aplicación del método para descubrir las voluntades, aseguran el prevalecer de la voluntad de la mayoría, pero nada dicen acerca de la legitimidad de su querer. Se trata, pues, de un querer legalmente encontrado pero al que puede faltar la legitimidad. El poder político, en efecto, no es y no puede ser individuado como autoridad (poder «cualificado» que ayuda a los hombres a crecer según su fin intrínseco, esto es, ordenadamente) por la racionalidad procedimental, sino en cuanto opinión o proyecto prevalente, compartidos por los más según una indagación que describe sin calificar.” Danilo Castellano, Revista Verbo, nº 535-536, mayo-junio-julio 2015, p. 526.

Suicidio nacional

“La fortaleza de una nación radica en la vindicación de su concreción, de su unicidad y de su misión. Desviarse de ellas en nombre de cualesquiera abstracciones ideológicas o proyecciones utópicas es un suicidio nacional. Sólo puede llevar a un rápido agotamiento, decadencia, y, al fin, desaparición. Afirmaba García Morente, en lugar más arriba citado, que «El mayor error que puede cometer un hombre, sobre todo un hombre público, es el proponer a su país un imposible histórico.» Un «imposible histórico», sería cualquier empresa que no siendo acorde con lo que llamaba el filósofo jiennense «el estilo nacional», que se sustenta en la tradición, impide la continuidad histórica.” Manuel Antonio Orodea, Revista Razón Española, nº 196, Marzo-Abril 2016, p. 213.

Perdición de Francia

“En 18 de Junio de 1871 al contestar Pío IX a una Comisión de católicos franceses, les habló así: «El ateísmo en las leyes, la indiferencia en materia de Religión y esas máximas perniciosas llamadas católico-liberales, éstas, sí, éstas, son verdaderamente la causa de la ruina de los Estados, éstas lo han sido de la perdición de la Francia. Creedme; el daño que os anuncio es más terrible que la Revolución, y más aún que la Commune. Siempre he condenado el Liberalismo católico, y volveré cuarenta veces a condenarlo, si es menester».” Félix Sarda y Salvany, El Liberalismo es pecado, p. 24.

El totalitarismo y el liberalismo

“Del mismo modo, el pueblo es un concepto enigmático. ¿Es el pueblo el que genera el Estado, como sostiene la corriente liberal, o es el Estado el que da vida al pueblo? De cualquier manera se produce así un enfrentamiento de pueblo y Estado irresoluble, dada la aporía de que «… parten de premisas racionalistas según las cuales existe un «estado de naturaleza», la libertad es siempre libertad negativa y [en especial] que el consenso es siempre adhesión voluntaria a un proyecto cualquiera». Aunque tal proyecto no es tan indiferente: termina afectando a un bien público general que es el Estado, motivo por el que la vía liberal anglosajona termina confluyendo en la continental de Rousseau y Hegel. El bien de los hombres se somete, por lo tanto, a la razón de Estado, convirtiendo los derechos del hombre en derechos del ciudadano, o sea, del Estado. Es el resultado totalitario del liberalismo”. Joaquín Almoguera Carreres, Revista Verbo, nº 537-538, agosto-septiembre-octubre 2015, p. 585.