guerra-camposJosé Guerra Campos
Obispo de Cuenca
Separata del “Boletín Oficial del Obispado de Cuenca”
septiembre de 1974

Después del Movimiento del 18 de Julio se manifestó en mi contorno un sentimiento de liberación; había quien recordaba otro momento, trece años anterior, en que los campesinos se habían visto transitoriamente libres de los caciques, muñidores electorales de los partidos. En medio de la amenaza que suponía para las familias con jóvenes la inesperada prolongación de la guerra vi crecer: la polarización de la esperanza y la confianza en Franco (en quien aquel pueblo, nada ingenuo, más bien precavido y receloso, se sentía representado); la expectación emocionada del final feliz, al compás de la progresiva liberación de las capitales de provincia; el fervor religioso; un clima de solidaridad más pura. Vi a los mozos alistados volver «de permiso» y, lejos de cualquier talante heroico, mostrar su admiración y su orgullo de estar mandados por el Generalísimo. Vi cómo se popularizaba el anhelo de obtener la libertad del pueblo mediante la supremacía imparcial de una autoridad justiciera; conjugar el patriotismo y el sentido religioso con la justicia social; eliminar los abusos de los dadores de trabajo o la falta de seguridad, y no menos los abusos de los asalariados perezosos e irresponsables, fautores de la anarquía o del cómodo y pintoresco «comunismo del reparto». Todo ello expresado con el realismo y sobriedad propios de unos trabajadores autónomos -como lo eran la inmensa mayoría-, en los que coincidían todos los gravámenes del propietario minifundista y del obrero.

Me impresionó de modo particular la actitud de un señor que se destacaba por su cultura, su aparente frialdad religiosa y su enigmática austeridad. Este señor, hecho alcalde en tiempo de la República asistido por unos buenos vecinos como concejales., entre ellos mi padre, había dado en el Ayuntamiento ejemplo de entrega y de honradez administrativa. Relevado del puesto al cambiar el Régimen, cuando todo haría sospechar en él reservas u oposición, aseguraba espontáneamente que el movimiento acaudillado por Franco tenía de su lado como fuerza invencible los «Valores morales» (acaso la primera vez que yo oía esta expresión, tan manida). El señor al que me refiero murió años más tarde en la paz de Cristo; yo mismo le asistí como sacerdote.

Los años de la guerra mundial los pasé exclusivamente inmerso en la preparación teológica para el sacerdocio. Ordenado presbítero, quedé a la plena disposición de mis Superiores, renunciando a programas propios, en una situación de gran estrechez económica y de trabajo ilimitado, a veces agobiante, llevado con alegría. Recuerdo que el fondo «político» de esta actividad, para mí y mis compañeros, consistía precisamente en la posibilidad, por vez primera en mucho tiempo, de dedicarse de un modo puro y con entera libertad al ministerio sacerdotal; mientras los mayores se habían visto acosados por las luchas partidistas, y a veces implicados en ellas, aunque solo fuese por razones elementales de defensa. En los veinte años de presbiterado ninguna situación pública me obligó a distraerme de la multiforme labor evangelizadora; jamás autoridad civil alguna se interfirió en las tareas que me encomendó la Iglesia. Es notorio -al menos para los que lo han vivido- que en numerosos sacerdotes y seglares se dio al mismo tiempo, por aquellos años, un esfuerzo ardiente de renovación interior y una característica vibración por la justicia social. Esta doble tensión, siempre insatisfecha, no condujo por lo general ni a interferencias ni a enfrentamientos.