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En la industriosa ciudad de Manresa, el 30 de mayo de 1905, en un hogar catalán profundamente cristiano, nacía un hijito: Pedro Tarrés Claret. Su padre era cerrajero del arte textil y gozaba de mucho prestigio como trabajador y como hombre honrado. Su madre era el centro del hogar porque sabía mantener, con su amor y su laboriosidad, el calor familiar y las sanas costumbres tradicionales de la familia cristiana. Otras dos hijitas completaron el círculo familiar de los Tarrés. Era un hogar feliz en el que se respiraba un clima de alegría, de paz, de amorosa intimidad.

El alma selecta de Pedro, su finísima sensibilidad fueron desarrollándose a medida que el niño iba creciendo, y pronto la lectura de vidas de jóvenes santos le abrieron horizontes de perfección. Todo esto fue incrementándose a medida que crecía en edad. Más de una vez le hallaron de rodillas sobre unas piedrecitas, rezando brazos en cruz. Muy de mañana iba a la iglesia de la Santa Cueva, donde San Ignacio escribió los Ejercicios Espirituales, para ayudar la Santa Misa. Lo hacía con atención admirable, a pesar de que sólo contaba 9 años. En cuanto podía, se iba a la residencia de los PP. Jesuitas y allí asimilaba las buenas enseñanzas que le impartían. Decían a su padre los compañeros de trabajo: -A este chiquillo te lo van a coger. Es muy listo e inteligente. ¿No ves que siempre está en la Cueva? Al principio no hacía caso, pero tanto se lo dijeron que, de acuerdo con su esposa, fue a hablar con el doctor Carnet, Canónigo de la Seo manresana, que: tenía a su cuidado la capilla de San Miguel, y le pidió que admitiera a Pedro como monaguillo y substituyese a los PP. Jesuitas en la dirección del pequeño. Al llegar a casa llamó a su hijo: -Mira, de ahora en adelante irás a ayudar a Misa en la capilla de San Miguel, porque el Dr. Carnet te necesita. No vuelvas más a la Cueva. El niño no acabó de comprender el por qué de aquella determinación, y aunque, le causó un gran disgusto, lo soportó con mucha docilidad, ya que el respeto, la veneración y la obediencia absoluta a sus amados padres era la señal distintiva de su virtud. El amor a la pureza y la fervorosísima devoción a la Virgen María, a quién se consagró como esclavo, son las notas religiosas más destacadas, de la infancia y de la adolescencia de Tarrés.

Los estudios

Comenzó el bachillerato en el Instituto de Manresa, y ganó una beca ofrecida por el Ayuntamiento, que ayudó a sufragar aquellos gastos extraordinarios para una familia trabajadora.

Cada examen era un triunfo para aquel muchacho que no perdía ni un minuto y que estudiaba a conciencia. Cierto es que tenía gran inteligencia pero sus éxitos hay que atribuirlos no sólo a su talento, sino a su firme voluntad. ¡Qué alegría en aquella familia el día que Pedro llegó a casa con su título de bachiller! Su padre, sobre todo, rebosaba de gozo. Pronto se decidió por los estudios de Medicina. Tuvo  que trasladarse a Barcelona, pero el Dr. Carnet, su director espiritual, lo encaminó hacia el P. Joaquín Serra, del Oratorio de San Felipe Neri, que fue desde entonces su guía.

En julio de 1925, después de unos exámenes brillantísimos se fue a su casa a pasar las vacaciones, pero su padre se puso enfermo de tifoidea y en pocos días el Señor se lo llevó cuando contaba sólo 45 años. Desde entonces, para no ser gravoso a su familia, Tarrés daba clases particulares a fin de pagarse la pensión. En 1928, con calificaciones óptimas, llegó al fin de la carrera y obtuvo  el premio extraordinario en la licenciatura. Tenía 23 años.

Voto de castidad

En 1927, aunque no había terminado la carrera, se hallaba en Monistrol de Calders supliendo al médico. En sus prolongadas visitas al Santísimo, el Señor le dio a entender su deseo de que hiciese voto de castidad perpetua. Durante la noche de Navidad este impulso fue extraordinario. «Señor, exclamó Tarrés, si depende de mí ya está hecho. Pero lo quiero consultar con mi director espiritual.» El P. Serra lo aprobó haciéndole notar que aquello era señal de una especialísima vocación.

Médico

El Dr. Gerardo Manresa, que tan bien conoció al doctor Tarrés, nos dice: «Tarrés vivió 45 años, de los cuales dedicó 11 a la medicina y 11 al sacerdocio. De su vida madura hay una mitad médica y otra mitad apostólica. Pero ¡qué mal precisa esta división! Toda su vida fue apostólica, mitad médica y mitad sacerdotal. Y es que Tarrés no tenía facetas, era un todo armónico. Era la perfecta armonía de una criatura humana: clara inteligencia, exquisita sensibilidad, carácter, amabilidad y simpatía, y todo voleado en una sola idea: amar a Dios sobre todo… y un fin: la santidad. Por esto Tarrés hizo de la medicina un sacerdocio, y del sacerdocio una medicina. Así se comprende cuando nos decía: “La medicina y su ejercicio es el medio más adecuado para servir a Dios en los cuerpos y en las almas. Por eso yo sólo podía dejar de ser médico para ser sacerdote».

La Federación de Jóvenes Cristianos

En la Federación de Jóvenes Cristianos, que pretendía sobre todo la recristianización de nuestra sociedad, halló Tarrés un lugar adecuado para que prendiera aquella llama ardiente que siempre llevaba en su interior. Comprendió que era un movimiento hecho a su medida, y por esto fue uno de sus más adictos y entusiastas propagadores. Los domingos salía a primeras horas de la mañana en su coche para tomar parte en actos de propaganda de la Federación, sostenía abundante correspondencia con los centros de jóvenes, escribía artículos en la prensa, sobre todo las «glosses» para el semanario «Flama». Ponía fuego en sus palabras vibrantes, convincentes. Los jóvenes lo admiraban. Ejercía una actividad extraordinaria totalmente sobrenaturalizada. Y todo con optimismo contagioso, amable. Su apostolado era un reflejo de la abundancia de su vida interior.

Seminarista

El 25 de marzo de 1939, después de pedir oraciones a su hermana religiosa, dijo cariñosamente a su madre: -¿Qué harías si tu hijo te dijese que quiere ser sacerdote?- A su madre se le saltaron las lágrimas. -¿Que no estás contenta? -¡Oh sí, más que si te casases con una millonaria!- Ella misma, el 29 de septiembre, lo acompañó al Seminario. -¿Usted misma lo acompaña? -Si he acompañado a mis dos hijas al convento, es justo que acompañe también a mi hijo al Seminario -contestó sencillamente la madre-. En el Seminario fue siempre sumiso, sencillo, estudioso. No quiso ninguna distinción ni por razón de edad, de estudios o de merecimientos.

Durante las vacaciones de 1941 sufrió una pena dolorosísima: falleció su madre sin verle ordenado de sacerdote.

Sacerdote

En 1942 recibe la ordenación sacerdotal, y en la Basílica de la Merced celebra su primera Misa con una unción y un fervor que lo traicionaban. Saboreaba la grandeza de ser «Otro Cristo». Estuvo dos años de coadjutor en S. Esteban Sesrovires, en donde dejó un imborrable recuerdo. En 1944 fue nombrado capellán del colegio de las RR. Franciscanas de la Inmaculada en el Pueblo Seco. Al mismo tiempo fue consiliario del Centro y Obras Sociales de la Acción Católica Femenina de S. Vicente de Sarriá. Y también consiliario de los «Ex-Escolans de Montserrat». En 1945, sin dejar ninguna de las actividades mencionadas, le hicieron Director del Secretariado de Beneficencia, en donde desarrolló una ímproba labor, de la que hay que destacar la creación del Sanatorio-Clínica de Nuestra Señora de la Merced, y además consiliario y profesor de Moral Profesional de la Escuela Católica de Enseñanza Social para la mujer. Tenía vocación de director de almas. Gozaba de penetración psicológica y de don sobrenatural. Era un padre, un médico, un maestro, un guía excelente. Pero la eficacia de su apostolado fue su vida interior exuberante. Oración y sacrificio formaban el entramado de ella. Él mismo había dicho: “El sacerdote, si no es víctima, en el altar hace comedia». Su vida fue una constante victimación por las almas.

Su última enfermedad

Hacía tiempo que su salud era deficiente. Vio venir su pasión y aceptó la enfermedad no sólo con paciencia, sino con gozo. Fue internado en el Sanatorio de la Merced  y se abandonó totalmente en manos de Dios. Su lecho fue el altar donde se consumó su sacrificio. Lentamente el mal fue destrozando su organismo. “En los últimos momentos de su vida -nos cuenta el doctor Manresa que lo cuidó con cariño de hermano- acercándome a sus labios amoratados y resecos me dijo: ‘Nunca lo hubiese creído, pero te aseguro, Manresa, que soy plenamente feliz y no cambiaría mi suerte por la de nadie’. Y cuando me decía esto tenía las extremidades inmóviles e hinchadísimas. Él, mejor que nosotros, sabía lo que aquello significaba. Todo su cuerpo era una llaga… y en aquel lastimoso estado, Tarrés hablaba de la felicidad suprema…» El 31 de agosto de 1950 murió, como Cristo, crucificado y pobre, pues sólo se hallaron 85 céntimos en su cartera. Era todo lo que tenía.

«MARÍA ES MADRE DE DIOS PAR A ALCANZARLO TODO Y MADRE DE LOS HOMBRES PARA CONCEDERLO TODO», dice Bossuet. Es una suerte tener una Madre Inmaculada y generosa ante el Señor para que interceda por nosotros. A lo menos no descuidemos las TRES AVEMARÍAS cada mañana y cada noche pidiéndole la gracia de las gracias: la salvación eterna.