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La palabra «evangelio» significa buena nueva y designa no precisamente un libro, sino el anuncio de una noticia feliz en general: la buena nueva de la salvación.

Esta buena nueva se presentó desde el primer momento como un mensaje divino en forma oral. Es en el siglo II cuando se empieza a calificar como Evangelio el escrito en que se consigna la buena nueva de la Salvación. Entramos en el estudio del Evangelio sin prejuicios ideológicos. Una rápida vista panorámica sobre la Historia nos pone ante los ojos una serie de escritos incubados en el seno del pueblo judío y otros también numerosos nacidos en ambiente grecorromano: son los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento.

Uno de los libros incluidos en el Nuevo Testamento es el Evangelio, que siendo uno ha sido transcrito en cuatro libros diversos, cuyos autores son San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan.

Autenticidad del Evangelio

Una pregunta salta espontánea, el Evangelio que hoy leemos ¿es el auténtico? Fijemos conceptos. Llámase auténtico el escrito que pertenece realmente al autor o a la época a que se atribuye; según «se asigne a una persona o a un tiempo determinado. Apócrifo por el contrario, es el que carece de tal condición. Pues bien, apenas se encuentran autores que hayan negado la autenticidad de los evangelios de San Marcos y San Lucas. Con San Mateo y San Juan no ocurre lo mismo. En los siglos XVIII y XIX autores acatólicos ponen reparos a la paternidad de Mateo y Juan acerca de sus Evangelios. Sin embargo, los argumentos presentados por estos autores racionalistas, no tienen fundamento crítico alguno, sino al contrario movidos por prejuicios doctrinales se descalifican por sí mismos.

Los testimonios conservados de los primeros siglos acerca de la autenticidad de los escritos de San Mateo y San Juan son numeroso, concordes y taxativos. San Jerónimo (347-419) afirma: «Mateo fue el primero que escribió en Judea, para utilidad de los fieles provenientes de la circuncisión, un evangelio de Cristo en lengua y escritura hebrea». Testimonios afines nos dan, los Santos Padres y Escritores Eclesiásticos, hasta llegar al siglo I, con San Policarpo (70-156). Exactamente lo mismo ocurre con el evangelio de San Juan. Los argumentos intrínsecos sacados de los mismos evangelios ratifican el testimonio de la autenticidad de la paternidad de los evangelios de San Mateo y San Juan.

Incorruptibilidad del Evangelio

Probada la autenticidad de los evangelios, podemos preguntarnos si el texto que hoy leemos es el mismo que escribieron sus autores o si ha sufrido alguna corrupción al paso de los siglos. La respuesta no puede ser más contundente: Es casi imposible no ver una providencia muy especial de Dios: en el número de manuscritos que recogen la revelación para transmitirla a nosotros, y que nos garantiza, incluso desde un punto de vista científico la pureza del mensaje divino al hombre. En 1960 se contaban ya con 4.688 códices. No hay obra alguna de la antigüedad que pueda compararse, ni de lejos, con tal mole de documentos. Y lo mismo tenemos que decir de su antigüedad. Entre los manuscritos del Nuevo Testamento hay varios pergaminos que se remontan al siglo IV y papiros que llegan al siglo III, e incluso al siglo II. Entre Sófocles y el manuscrito más antiguo que conservamos de sus obras, hay más de mil cuatrocientos años, mientras que desde la redacción de los evangelios y su texto completo corren solamente unos tres cientos años; además poseemos abundantes fragmentos que son aún más cercanos al original. Con los modernos descubrimientos de papiros diríamos que casi está conseguida la conexión con los textos originales. La incorruptibilidad de los evangelios es un hecho cierto.

Historicidad del Evangelio

Probado que los evangelios son auténticos y que tenemos las mayores garantías de poseer hoy los mismos escritos que los evangelistas compusieron, vamos a estudiar ahora qué fin pretendían los evangelistas, es decir, si querían dejarnos una historia o algunas narraciones edificantes, desprovistas de verdad histórica. A San Lucas se le ha llamado, con razón, el historiador entre los evangelistas, lo que no quiere decir que las obras de San Mateo, San Marcos y San Juan carezcan de valor histórico. Los cuatro evangelistas nos narran hechos y dichos reales sucedidos en un espacio y tiempo experimentales.

Si nos fijamos en el estilo literario de los evangelistas, comprobaremos que la narración de los hechos y palabras de Jesús, están escritos en un estilo histórico ordinario en esta clase de obras: «Jesús fue…, hizo…, dijo…» añadiendo algunas determinaciones topográficas y cronológicas que concuerdan con datos históricos y arqueológicos obtenidos de otras fuentes. Además los sucesos que narran los evangelistas suceden en determinada época, bajo determinados personajes políticos y religiosos. Todos estos personajes son históricos y de aquella época; los conocemos por otras fuentes históricas.

La historicidad de los evangelios nos consta también por la ciencia de los autores. San Mateo y San Juan fueron testigos oculares de los hechos que nos narran. San Marcos trasladó «con diligencia» las experiencias y recuerdo de San Pedro y probablemente trató con otros muchos discípulos de la primera hora. Ni San Lucas, ni su inmediata fuente principal, San Pablo, conocieron directamente a Jesús, pero el autor del tercer evangelio, con temperamento de historiador, procuró «informarse exactamente de todo desde los orígenes» de «los que fueran testigos oculares y ministros de la palabra».

Los tres primeros evangelios fueron escritos entre los años 45-70, es decir, quince años después de ocurridos los sucesos ya se habían dejado por escrito, tiempo no suficiente para una transfiguración deformadora de tipo legendario o mítico, sobre todo en la mente de los autores mismos y entre tantos testigos oculares. Y es un dato cierto que entre amigos y enemigos no se levantó protesta alguna contra la historicidad de lo narrado por los evangelistas, puesto que esas voces hipotéticas hubieron llegado hasta nosotros lo mismo que los escritos hipotéticamente impugnados.

La veracidad de los evangelistas es una prueba más de la historicidad de los evangelios. San Lucas afirma su propia veracidad en el prólogo de su evangelio, aunque el testimonio propio no siempre sea válido, no por eso conviene pasarlo por alto, Sobre todo si se tiene en cuenta la franqueza con que hablan los evangelistas de sus propios defectos y humillaciones, y aun fracasos humanos de Cristo. Por otra parte el mismo programa evangélico, con sus pretensiones, exigencias y secuelas morales, no era materia agradable de proponer sino en aras de una gran sinceridad y amor a la verdad. Más aún, del mantenimiento de esa predicación oral y escrita los apóstoles ni lograron, ni pudieron tener esperanza de lograr honores, fama y comodidades. Al contrario, desde el principio sufrieron persecuciones, cárceles, azotes, trabajos, miserias y al fin una muerte afrentosa. La vida y la acción de eses hombres se hace incomprensible sin un amor apasionado por la verdad. Por tanto lo que ellos escribieron, los evangelios, son libros que narran la verdad, son libros históricos.

Sentido común

Los Evangelios son los grandes libros que explican el por qué de la existencia del hombre y de la humanidad. Un personaje tan impresionante como Pitigrilli, llamado un día por teléfono por una señora, tuvo este diálogo: Le dijo la señora: -Después de haber creído en el alma y en Dios, ¿por qué ha escogido usted la religión católica? ¿Es que las otras religiones no hablan del alma y de Dios? -Sí, señora; usted tiene razón. En el alma creían los egipcios, los griegos, los romanos y sus seudónimos diversos honraban a Dios. Los antiguos persas creían en los ángeles y los mahometanos, los hebreos, creían en el alma y en Dios. En Él creyeron Confucio, Platón, Lao-Tse y creen a su modo los paganos; pero la única Palabra que me convenció fue pronunciada por Aquel que nació hace casi dos mil años y vino a la tierra, «no para abolir la Ley y los profetas, sino para completarlos». Aquel que sustituye la teología de la venganza con el principio del perdón. No han sido diez las razones, señora, que me han hecho someterme a la Iglesia católica, apostólica, romana. No hay más que una razón y es ésta: Jesucristo no fue un fundador de religiones. Jesucristo es Dios».

No olvidemos que los Evangelios son libros históricos que nos transmiten la vida de nuestro Redentor, del Hombre-Dios que ha pagado por todos los pecados de la humanidad. Por tus pecados y por los míos, por horribles que sean. No hay ningún pecado imperdonable porque Jesucristo derramó toda su sangre para redimirnos, para salvarnos. Ser cristiano es eso, reconocerse pecador y conocer a Jesús que tanto nos ha amado. En la medida que se conoce a Jesús se es cristiano, cuanto más se conoce a Jesús, más cristiano se es. No se es cristiano porque no se conoce a Cristo.

«SI QUERÉIS PERSEVERAR, SED DEVOTOS DE MARÍA», decía San Felipe Neri. Perseverar significa vivir bien y acabar bien. Acabar bien significa que la hora de la muerte nos encuentre amigos de Dios. Para que así sea, no olvidemos de rezar cada mañana y cada noche las TRES AVEMARÍAS.