alba cerecedaRvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I.
Meridiano Católico Nº 228, mayo de 1998

En el momento de la oscuridad” de los indefensos apóstoles, cuando en la tragedia de la crucifixión la noche caía sobre sus almas con el tormento de la duda y la pérdida de la fe, nuestro Señor Jesucristo, después de haber invocado el perdón de Dios -Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen- confió a todos los hombres, a nosotros, a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. (Jn 19, 26)

El manto de la Madre cubrió aquella pequeña comunidad de desorientados discípulos de Jesús, apóstoles y mujeres. Al concluir nuestro atormentado siglo, podemos entender con toda claridad que el manto de María abierto en Fátima para nuestra vuelta a Dios, por el camino único de su Corazón Inmaculado, es el regalo de la misericordia de Dios a los hombres de cien años que han conocido las mayores convulsiones de toda la historia humana.

El Papa Juan Pablo II nos ha vuelto a repetir que el manto materno do María será eficaz en nosotros con la condición de que el Rosario diario nos ponga a la escucha de sus palabras de salvación. El siglo XX duerme un sueño helado por haber abandonado a Dios. La oscuridad satánica que toldo lo invade con su soberbia, vicios y divisiones, corre paralela al desconcierto y a la oscuridad que entró en la Iglesia con el humo de Satanás, denunciado ya hace veinte años por el Papa. Todo esto tiene una única salida, que es el Corazón Inmaculado de la Virgen María, el rezo humilde del Rosario al que el Señor ha concedido todo poder otorgado a su Madre, en una palabra, el mensaje y las palabras de María en Fátima.

No durmamos nosotros. Todo el mensaje de Fátima espera su cumplimiento. También su secreto. Los grandes acontecimientos próximos para purificación de todos nos hallen corno Juan evangelista, junto a María y con el Rosario en las manos.