Rvdo. P. José María Alba Cereceda, S.I.
Meridiano Católico Nº 263, julio-agosto de 2001

Meditación sobre la Iglesia

IglesiaQueridos hermanos:

Qué alegría más indefinible siente mi alma al conocerse cristiana, al escuchar en su íntima esencia la voz de los siglos de amor que resuenan en los senos del espíritu, como palabras amigas de hombres que fueron, pero que son y que viven conmigo en la misma Iglesia, Qué nueva experiencia del dogma maravilloso de la Iglesia santa, durante mi peregrinación a Roma para acompañar alas alumnos que acababan sus estudios en el colegio del Corazón Inmaculado de María. Conmigo peregrinasteis también todos vosotros, lectores de Meridiano Católico, por los que debo orar cada día, ya los que tengo que llevar siempre en mi corazón para presentaras como ofrenda santa al Señor. Os resumiré todos estos sentimientos de luz en dos tiempos:

Primer tiempo. Plaza de San Pedro. Llega el helicóptero que trae al Papa de Castellgandolfo. Quince minutos después aparece el Papa, de inmaculada sotana blanca, por el portón de la guardia en su coche descubierto. La plaza, llena de cristianos, es un solo corazón y una sola alma. El Señor nos ha deparado el regalo de una primerísima fila. Qué alegría tan desbordante siente el alma de ser cristiana. Qué gratitud conmovida experimentar ese don sublime de Dios. El Papa, las manos sobre el apoyo que le permite mantenerse en pie durante la marcha lenta del vehículo, mira despacio, sonriente, profundo. Se cruzaron un momento nuestras miradas. Apenas tres metros nos separaban. ¡Dios mía, ver a Cristo en la tierra, ser visto por el mismo Cristo en la tierra! No hay tiempo, no hay fronteras, no hay siglos, no hay distancias, ni ayer, ni mañana. Es la felicidad de vivir la fe, de tocar la esperanza de late en la caridad de la Iglesia santa. Resuena en el alma, en todas las almas, el Verbo hecho carne que dice: “Apacienta mis corderos, mis ovejas”. Cristo está presente. Cristo es la santa Iglesia. El cielo y la tierra fundiéndose en un eco. Él reina. Él reinará. Todos los pensamientos se hacen uno. Todos los deseos se hacen uno. Todo lo que uno ama se hace una llama única. Dios mío, danos a todos un fuego que incendie nuestro ser en amor a la Iglesia.

Segundo tiempo. Celebro el santo Sacrificio ante el pesebre donde reposó el Niño Dios. Estamos en la casa de la Virgen, Santa María la Mayor. Entre el pesebre que es altar y la escalera de mármol que da acceso, la imagen solemne, magnifica del beato Pío IX. Las manos unidas. Los ojos fijos en la Virgen María. En aquel pequeño grupo que me rodea estáis todos. Tengo la dicha que no tuvieron los grandes profetas, ni los reyes, ni todo el pueblo elegido de Israel que esperaba el Mesías. Tengo la dicha que no tuvieron ni los mismos pastores, ni los que vieron a Jesús con sus ojos mortales. Late nos da ante el pesebre el conocimiento interno que está por encima de toda la sabiduría de los hombres. Allí reposó el Redentor. El Niño Dios de los brazos de María llega eucarísticamente a los brazos de nuestra alma. El misterio de la comunión de Cristo. María, Madre de la Iglesia, hace que nazca la Iglesia en nuestros corazones. Soy Iglesia. Somos Iglesia. Hay entonces un ansia incoercible de ser Iglesia en todo el mundo. Encima del pesebre está la cruz. Ahora se entiende el santo Sacrificio del altar. Ahora se entiende cómo podemos hacer partícipes a los demás. De verdad que alcanzamos a pocos. Conocemos a pocos. Nuestra acción llega a unos pocos.

Pero no, no es así. Ante el altar, ante el pesebre, en el seno de la Virgen, con el alma del beato Pie IX, todo eso osmio también. La irradiación de nuestra oración, de nuestro deseo llega a todos los hombres, sin razas, sin tiempo, sin restricción pequeña. Es la plegarla sacerdotal que abraza todas las almas. Es la fuerza da la oración, fuerza de Dios, presente en el ayer, en el futuro, hasta el último predestinado que conoceremos en el cielo. Todo está presente. Amar la Iglesia, madre, virgen, santa. Es la hora de pedir a la Virgen llevar a la Iglesia en el corazón como la lleva Ella. Entendí un poco más lo que enseña santa Teresita: “Seré en el corazón de la Iglesia el amor”.

Claro que en Roma no pude separarme un momento de todos los que llevo en mi corazón. Julio. Acabamos de celebrar la fiesta de san Pedro y san Pablo. Mes del Carmen. Fiesta de Santiago, y de san Ignacio. Es la Iglesia que peregrina a la patria.