Obra Cultural

  1. El hecho de la Resurrección

resurrección de los muertosLa resurrección final de todos los muertos es un dogma de nuestra fe católica. Consta expresamente en la Sagrada Escritura y ha sido definido solemnemente por la Iglesia en su magisterio infalible.

  1. a) La Sagrada Escritura. Ya en el Antiguo Testamento aparece clara la idea de la resurrección en múltiples pasajes. Véase, por ejemplo, todo el libro de los Macabeos. Leamos: «Más vale morir a manos de los hombres, poniendo en Dios la espera riza de ser de nuevo resucitado por Él. Pero tú no resucitarás para la vida.» (2 Mac 7,14). En el Nuevo Testamento los textos son muy abundantes. Citaremos los siguientes: «Cristo ha resucitado de entre los muertos como primicia de los que mueren. Porque, como por un hombre vino la muerte, también por un hombre vino la resurrección de los muertos» (1 Cor 15,20-21). «En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al último toque de la trompeta -pues tocará la trompeta-, los muertos resucitarán incorruptos» (1 Cor 15,25). manera más terminante.
  2. b) El magisterio de la Iglesia. La Iglesia ha proclamado solemnemente este dogma fundamental desde los tiempos primitivos. He aquí algunos textos:

«Creo en la resurrección de la carne» (Símbolo de los Apóstoles: D 2).

«Confesamos que se hará la resurrección de la carne de todos los muertos» (Profesión de fe del concilio XI de Toledo: D 287).

«Definimos …que, en el día del juicio, todos los hombres comparecerán ante el tribunal .de Cristo con sus propios cuerpos para dar cuenta de sus propios actos» (Benedicto XII: D 531).

La existencia del hecho colosal de la futura resurrección de todo el género humano redimido por Cristo, está, pues, fuera de toda duda y pertenece al depósito de la fe católica.

  1. Cualidades de los cuerpos resucitados

Al examinar las condiciones o calidades de los cuerpos resucitados, el Doctor Angélico Santo Tomás de Aquino establece tres grupos diferentes: las comunes a buenos y malos, y las especiales, de cada uno de ellos. Vamos a resumir su doctrina (cf. Suppl 79-86).

  1. Cualidades comunes a buenos y malos.

Las principales son tres: identidad numérica, integridad de los miembros e inmortalidad absoluta.

  1. Cualidades de los cuerpos bienaventurados.

Los cuerpos de los que murieron piadosamente en Cristo resucitarán resplandecientes de gloria. La teología católica, apoyándose inmediatamente en los datos de la divina revelación, les señala las siguientes cuatro cualidades: claridad, agilidad, sutileza e impasibilidad.

  1. Claridad

El cuerpo glorioso resplandecerá como el sol en la mansión de los bienaventurados, aunque en grados diferentes de: intensidad según la mayor o menor gloria del alma, de la que se deriva al cuerpo. Consta expresamente en la divina revelación:

«Los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre» (MT. 13,43).

«Uno es el resplandor del sol, otro el de la luna y otro el de las estrellas; y una estrella se diferencia de la otra en el resplandor. Pues así en la resurrección de los muertos» (1 Cor 15,41).

  1. Agilidad

Es otra redundancia de la gloria del alma sobre el cuerpo, en virtud de la cual éste obedece perfectamente al imperio de la voluntad en el movimiento local y en todas las demás operaciones. El movimiento de los cuerpos gloriosos, aunque rapidísimo, no será, sin embargo, instantáneo; porque no puede hacerse en un solo y mismo instante el abandono del punto de partida y la llegada al término del movimiento. Con todo, el movimiento traslaticio será tan vertiginoso, que puede decirse prácticamente instantáneo (cf. Suppl. 84,3). La Sagrada Escritura nos dice que «al tiempo de la recompensa brillarán y discurrirán como centellas en cañaveral» (Sab 3,7).

  1. Sutileza

Consiste en cierta perfección que procede del alma glorificada y habilita al cuerpo glorioso para sujetarse totalmente a ella como forma del cuerpo que le da el ser específico. En virtud de esta admirable cualidad, el cuerpo glorioso estará como espiritualizado, siguiendo con pasmosa facilidad todos los impulsos del alma, sin la pesadez y resistencia que ofrece el cuerpo corruptible en este mundo; San Pablo dice que «Se siembra en cuerpo animal y se levanta cuerpo espiritual» (1 Cor 15,44). Por ello podrá atravesar una pared o una montaña sin necesidad de abrir una puerta o un túnel, como el cuerpo glorioso de Cristo resucitado penetró en el cenáculo donde estaban reunidos los apóstoles «estando las puertas cerradas» (Jn 20, 19).

  1. Impasibilidad

El Catecismo del Concilio de Trento, promulgado por San Pío V, describe esta cualidad del cuerpo glorioso del siguiente modo:

«Es una cualidad por la que los cuerpos resucitados en modo alguno podrán sufrir; y se verán libres de todo dolor y molestia. Ni el frío, ni el calor, ni las lluvias podrán dañarles: «Pues así en la resurrección de los muertos: se siembra en corrupción» (1 Cor 15,42). Los escolásticos llamaron a esta dote impasibilidad, y no incorrupción, para significar una cualidad exclusiva de los cuerpos gloriosos. Los de los condenados son también incorruptibles, mas no impasibles, y estarán sujetos a los rigores del frío; del calor y de cualquier otra molestia» (Catecismo Romano, ed. BAC (Madrid, 1956), p.1, c.11, n.13, p.278).

La Sagrada Escritura describe hermosamente esta cualidad de los cuerpos gloriosos. He aquí algunos textos especialmente significativos:

 «No padecerán hambre ni sed, calor ni viento solano que les aflija. Porque les guiará el que de ellos se ha compadecido, y los llevará a aguas manantiales» (Is 49, 10)

«Ya no tendrán hambre, ni tendrán ya sed, ni caerá sobre ellos el sol ni ardor alguno; porque el Cordero, que está en medio del trono, los apacentará y los guiará a las fuentes de aguas de vida, y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos» (Apoc 7,16-17).

«Y (Dios) enjugará las lágrimas de sus ojos, y la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni gritos, ni trabajo, porque todo esto ha pasado ya» (Apoc 21,4).

  1. Cualidades de los cuerpos condenados

En tremendo contraste con los cuerpos gloriosos de los bienaventurados, los cuerpos de los réprobos resucitarán íntegros. O sea, sin deformidad alguna natural, pero con los defectos inherentes a su condición material, tales como la pesadez, gravedad, etcétera. Resucitarán incorruptibles, o sea, no podrán ser destruidos por ningún poder creado; pero no impasibles, sino al contrario, perfectamente sensibles a los dolores inherentes a su castigo eterno (cf. Suppl. 86, 1-3).

¡Terrible y espantosa condición, de la que solamente ellos serán los únicos responsables!

  1. Circunstancias de la Resurrección

Las principales se refieren al tiempo y al modo de la resurrección. Vamos a examinarlas brevemente.

  1. Tiempo de la resurrección.

Santo Tomás llega a las siguientes conclusiones (cf. Suppl 77,1-4):

Primera. La resurrección de los muertos se verificará al acabarse el mundo; con el fin de que resucite a la vez todo el género humano. Sólo a la Virgen María, por especial privilegio, se le concedió una resurrección anticipada, y está en el cielo en cuerpo y alma, como definió el Papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950. Carece de toda probabilidad teológica la extraña opinión de algunos teólogos modernos que ponen la resurrección de los cuerpos inmediatamente después de la muerte.

Segunda. Nadie puede saber, ni siquiera conjeturar, en qué época se celebrará el juicio, ni, por lo mismo, cuándo se verificará la resurrección de los muertos. Cristo no quiso revelarlo (Mt 24,36; Act 1,7), ni probablemente lo revelará jamás a nadie, a fin de que permanezcamos todos vigilantes y preparados para su segundo advenimiento.

  1. Modo de la resurrección.

Santo Tomás explica que la resurrección de los muertos, como obra de la divina omnipotencia, se verificará instantáneamente:

«En un abrir y cerrar de ojos», como dice expresamente San Pablo (1 Cor 15,52).

Estas sublimes verdades deberían ser objeto de constante meditación para el cristiano. A imitación de su divino jefe, el cristiano debería pasar su vida terrestre con los ojos fijos en el cielo (cf. Jn 17,1). Teniendo a la vista promesas tan maravillosas y tan seguras -puesto que están garantizadas por la palabra infalible de Dios, que no puede engañarse ni engañarnos-, deberíamos despreciar todas las cosas terrenas, estimándolas como «estiércol y basura, con tal de gozar de Cristo», como dice admirablemente San Pablo (cf. Filp 3,8). Verdaderamente, a la vista de tales maravillas, se comprende cuán sabios y prudentes fueron los santos, sacrificándolo todo por Cristo, y cuán necios e insensatos los que, a trueque de los placeres fugaces y transitorios de la tierra, pierden para siempre una felicidad inenarrable y eterna.

«¿QUIERES OFRECER ALGO A DIOS? PROCURA OFRECERLO POR LAS MANOS DE MARÍA, SI NO QUIERES SER RECHAZADO», dice San Bernardo. Y una cosa muy sencilla y valiosa que agrada mucho a Dios es el rezo a la Virgen, cada mañana y cada noche, de las TRES AVEMARÍAS.