Aún hay quienes piensan que la píldora anticonceptiva supone una liberación para la mujer en el plano de la sexualidad. La realidad no puede estar más alejada de esta visión.

Nunca antes un fármaco se había concebido para alterar la fisiología humana con un fin no curativo, sino únicamente para anular o alterar la función de ciertos órganos y funciones hormonales, para evitar que éstos puedan cumplir la función para la que fueron creados, provocando, eso sí, graves efectos secundarios fruto de la manipulación del ciclo natural de la mujer y que se han mostrado devastadores para las relaciones afectivo-sexuales y para el respeto hacia la mujer.

Papa Pablo VIPor fin las mujeres y los hombres podían dar rienda suelta a sus impulsos sin pensar en las consecuencias. El resultado directo ha sido que la mujer haya perdido el conocimiento y el control sobre su fertilidad, convirtiéndose así en un mero objeto de deseo para los hombres con el consiguiente aumento en el maltrato sufrido por mujeres. La Iglesia, que es madre, ya advertía del peligro que suponía el uso de la anticoncepción en la encíclica Humanae vitae. Allí Pablo VI advertía de que por el camino de la anticoncepción se acabaría perdiendo el respeto a la mujer, sin preocuparse más de su equilibrio físico y psicológico, llegando a considerarla como un simple instrumento de goce egoísta y no como compañera, respetada y amada.

Lo que la Iglesia nos propone es otro camino, otra visión de la sexualidad, una basada en el respeto a la naturaleza, a la libertad y a la dignidad de la persona creada a imagen y semejanza de Dios y colaboradora en el plan divino de la creación. Es una visión que no pierde de vista que la sexualidad tiene un fin unitivo y procreativo y que estos dos fines están intrínsecamente unidos, que educa al hombre y a la mujer en el control de sus impulsos, elemento clave para ayudarles en el conocimiento mutuo, la fidelidad, el diálogo, y la comunicación.

En definitiva, una visión que invita a la persona a admirarse por cómo Dios nos ha creado, a dar gracias y a tratar de vivirlo como un enorme regalo y no como un camino estrecho. Esta visión ha encontrado un inestimable apoyo en el descubrimiento de los métodos naturales de regulación de la fertilidad. Los iniciadores de estos métodos son los doctores Billings, quienes desarrollaron un método que lleva su mismo nombre y que fue el primer método científico a partir del cual se han desarrollado otros (temperatura, sintotérmico, MELA, Creighton). Todos ellos basados en el conocimiento que la mujer adquiere sobre su propia fertilidad, lo que además le permite también diagnosticar y resolver problemas de salud, averiguar las causas de la infertilidad y tratarlas si tienen solución.

¿Por qué, a pesar de todo, hay tanta gente que piensa que los métodos naturales no son asequibles a la gente de hoy en día?

En esta idea subsiste, en primer lugar, una desconfianza hacia la capacidad de la mujer para interpretar los síntomas de fertilidad y, en segundo lugar, la idea de que los hombres y las mujeres no son capaces de controlar sus impulsos.

La primera objeción supone minusvalorar la capacidad de la mujer, que por el contrario no sólo es capaz, sino que además, gracias al conocimiento de su fertilidad consigue sentirse más satisfecha y se hace más consciente de que tiene un tesoro que hay que cuidar. Respecto de la segunda, no podemos negar que la educación que reciben los niños y los adolescentes hoy en día no ayuda. Bastará citar algunos de sus rasgos: satisfacción inmediata de los caprichos, cultura de la inmediatez en la que nos educan las nuevas tecnologías, que tienden a inutilizarnos para la observación de los detalles, de lo pequeño y de la naturaleza, ausencia de límites y omnipresencia de unos medios de comunicación marcadamente erotizados. Evidentemente, todo este entorno no ayuda, pero el hombre sigue siendo un ser dotado de libertad, capacidad racional y voluntad, y por lo tanto capaz de sacrificarse, de dominar sus impulsos por un fin bueno como puede ser espaciar, en un momento determinado, un embarazo.

Por otro lado, los métodos naturales educan a las personas en la cultura del respeto a la vida y les hacen más conscientes de que los hijos son frutos de un acto de amor y de que las relaciones sexuales tienen un aspecto sagrado, ya que son actos que siempre están abiertos a engendrar una vida humana y que por ello nos hacen partícipes de la creación. Esta importante dimensión, que los métodos naturales nos ayudan a descubrir, se demuestra como un eficaz antídoto contra la banalización de la sexualidad.

Por todo ello, no podemos menos que dar gracias a Dios y a la Iglesia por este regalo y confiar en que quienes continúan con su labor de investigación y enseñanza puedan seguir profundizando en la comprensión de la sexualidad humana.

Guadalupe Alsina – CRISTIANDAD