Mercè Morer Vidal

La Virgen María y el Espíritu SantoDios creó el ser humano a su imagen. Como hombre y mujer los creó. Compañeros y aliados. Complementarios física y espiritualmente.

Edith Stein, en su obra La mujer. Su papel según la naturaleza y la gracia, que recoge ensayos y conferencias de su época de profesora católica, escribe:

Si Dios “a los seres humanos no los dispuso en el mundo como especie única, sino doble, también a su existencia debe pertenecerle, junto a uno común, un sentido diferente. Ambos son formados a imagen de Dios. Y así como cada criatura en su finitud sólo puede reflejar un aspecto de la divina esencia, y en la pluralidad de criaturas aparece la unidad infinita y la simplicidad de Dios en una multitud de manifestaciones diferenciadas, así también el género humano masculino y el femenino podrían entenderse (hablando desde la perspectiva humana) como siendo de distinto modo imagen de la proto-imagen”.

¡Atención!, porque lo que sigue es una maravilla. Edith Stein lo expone partiendo de la doctrina de san Agustín y santo Tomás, y la tradición subsiguiente, que vieron en el espíritu del ser humano la imagen de la Trinidad. Y así razona la que es hoy santa Teresa Benedicta de la Cruz:

“Se entiende de diversas maneras, pero sobre todo de forma que en el ser, en el conocer y en el amar están transmitidos Padre, Hijo y Espíritu Santo. Si en el Hijo la Sabiduría divina se ha hecho persona, en el Espíritu Santo, amor. Si por el lado humano en la naturaleza masculina predomina el entendimiento y en la mujer el sentimiento, entonces se entiende que se intente continuamente poner a la naturaleza femenina en unión especial con el Espíritu Santo.

Dado que el Espíritu Santo es la divinidad en cuanto que sale de sí misma y entra en las criaturas, la fertilidad creativa y plenificadora de Dios, podemos volver a encontrarlo también en esa especifidad femenina de ser madre de los vivientes, de hacer brotar de su vida nueva vida y, cuando ha alcanzado autonomía existencial, ayudarla en orden a su más pleno desarrollo posible. Como el Espíritu Santo es consuelo y socorro, el que sana lo herido, el que calienta lo helado, el que vivifica lo mortecino, como en tanto que padre de los pobres distribuye todos los buenos dones, entonces volvemos a encontrarlo en todas las obras de amor y misericordia femenina. Es Espíritu que limpia lo manchado, que flexibiliza lo rígido, se refleja en la pureza y dulzura femenina, que no sólo quiere ser ella misma pura y dulce, sino también expandir la pureza y dulzura en torno a sí. Por eso el pecado original, que afectó a los dos al respecto, es caída del espíritu del amor y con ello caída de la esencia femenina en sí misma”.

Con la mirada puesta en la Virgen María: “La imagen pura de la esencia femenina está ante nuestros ojos en la Inmaculada, la Virgen, que estaba llena del Espíritu Santo, el templo en el cual construyó su morada y la plenitud de la Gracia, todos sus dones… Nadie fuera de Ella encarna la naturaleza femenina en su pureza originaria… A su imagen debe mirar toda mujer que quiera alcanzar su especifidad”.

A la luz de esta bellísima doctrina, se entienden los terribles esfuerzos y maquinaciones del Maligno y sus secuaces contra la humanidad redimida, contra la descendencia de la Mujer anunciada por Dios en los albores de la historia. Su arma principal: debilitar, corromper, degradar, destrozar la naturaleza humana. Matar en ella el espíritu de pureza de Cristo. Y sus dardos más envenenados van dirigidos contra la mujer. Fuera de combate la mujer, la batalla la tienen ganada.

Por todo ello, en estos tiempos de perturbación, no podemos abdicar de nuestra misión reparadora, queridas adoradoras. A imitación de María, dóciles a la acción del Espíritu Santo, hemos de empeñarnos en la restauración de la imagen dañada de Dios en el hombre -hombre y mujer-. Hemos de inundar el mundo del espíritu de Cristo, que es espíritu de pureza. A nuestro modo: adoradoras de noche, testigos de día.

Que la Virgen Inmaculada nos guíe e impulse a abrir de par en par la puerta de nuestro corazón al Espíritu Santo, para que su fuego nos purifique y no aparezca turbia, opaca, distorsionada la imagen del Don altísimo que ha de resplandecer en cada mujer, por obra de su gracia fielmente acogida. Y nos haga capaces de amar y darnos, con su mismo Amor.

Veniu, Esperit Creador!

Ompliu de la divina gràcia

els cors que Vós mateix heu creat.