Obra Cultural

Virgen del CarmenLa naturaleza teme y aborrece la muerte. Todas las religiones han honrado y honran de diversos modos sus muertos. La Iglesia Católica ha sabido orientar y definir las aspiraciones del corazón humano que tiene anhelos de inmortalidad. En las antiguas generaciones cristianas, la nota dominante ante los difuntos era una esperanza confiada en la gloria futura, tan viva, que se sobreponía a los mismos sentimientos naturales por la muerte de sus parientes, y en las honras fúnebres todo era alabanza a Dios. Esta serena actitud del espíritu ante la muerte, se refleja admirablemente en los ritos funerarios de la Iglesia Católica. Todo en ellos respira paz, serenidad y esperanza inquebrantable, dando consuelo al corazón afligido.

Doctrina de la Iglesia

Hay que admitir la posibilidad de salvarse o condenarse, pero también una situación intermedia: la de morir en estado de gracia, sin haber terminado de pagar la pena debida por los pecados ya perdonados. Esto es el Purgatorio, cuya existencia se deduce de la Sagrada Escritura. Se lee en el Apocalipsis: «Nada impuro entrará en el Reino de los Cielos» (Ap 21,27). Ya en el Antiguo Testamento, en el libro de los Macabeos, se nos habla de aquella cuestación hecha para ofrecer sufragios y sacrificios por los difuntos. En el Nuevo Testamento, Jesús explícitamente nos dice: «El juez eterno te entregará al ministro de la justicia, te hará encerrar en una cárcel, de la cual te juro que no saldrás hasta que no hayas satisfecho el último céntimo de tu deuda» (Mt 5,25-26). Repetición exacta de las palabras del salmista: «¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar erecto en su recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en cosas vanas ni juró contra el prójimo en falso» (Sl 23). Porque la santidad divina es incompatible con toda imperfección. «Porque es un hálito del poder emanación pura de la gloria de Dios omnipotente, en ella» (Sab 7,25).

El Papa Pablo VI, en el «Credo del Pueblo de Dios», enseña:

«Creemos en la vida eterna. Creemos que las almas de cuantos murieren en la gracia de Cristo –y en las que todavía deben ser purificadas en el Purgatorio, y a las que desde el instante en que dejan los cuerpos son llevadas por Jesús al Paraíso, como hizo con el Buen Ladrón-, constituyen el Pueblo de Dios más allá de la muerte, la cual será definitivamente vencida en el día de la resurrección, cuando esas almas se unirán de nuevo a sus cuerpos».

Sobre la existencia del Purgatorio tenemos multitud de testimonios auténticos de Padres y Doctores de la Iglesia y muchos son los Concilios en que de esto se ha hablado. Se confirmó esta creencia en los de Lyon, Florencia, Trento. La iglesia la ha inscrito en las profesiones de fe y la ha impuesto a sus fieles bajo pena de anatema.

Los dos principales promovedores del Cisma de Oriente, Focio y Miguel Cerulano, no critican ni combaten la fe católica sobre el dogma del purgatorio. Entre la Iglesia cismática griega y la Iglesia Católica, no ha existido nunca divergencia esencial sobre esta verdad de fe. El Purgatorio -se ha dicho- es el dogma del sentido común. Es tan plausible este dogma, que domina a la razón aún sin acudir a la revelación.

El dogma del Purgatorio no sólo ha sido manifestado por la revelación, sino que está también profundamente arraigado en la conciencia humana. Instintivamente se ha creído y se cree que muchas almas que parten de este mundo, ni son tan puras que puedan ir a gozar inmediatamente de los bienes inmortales, ni tan culpables que merezcan la condenación. Es preciso admitir un estado intermedio de purificación para saldar la pena debida.

Penas del Purgatorio

La lglesia nos enseña que existen las penas del Purgatorio, pero no nos dice nada acerca de su naturaleza. Nos enseña que las almas del Purgatorio no gozan de la visión beatífica, es decir, no poseen a Dios. Pero no nos dice si esta privación es la única pena, ni tan sólo si es causa de sufrimiento. Permite que los teólogos expongan libremente sus opiniones, pero no nos impone ninguna de ellas.

En el Purgatorio -dice Santo Tomás; como teólogo- se sufrirán dos géneros de penas: la pena de daño, es decir, privación de la visión divina, y la pena de sentido, que será causada por fuego corporal. La mayor parte de los teólogos posteriores al Doctor Angélico han aceptado su doctrina y han hecho de ella la base de sus enseñanzas. Sostienen muchos que la pena primera es la más viva de cuantas allí se sufren. Respecto a la pena corporal que produce la pena de sentida, no hay unanimidad en las opiniones. Unos opinan que es fuego material, pero que no se consume. Otros dicen que es fuego espiritual, como lo es el objeto sobre el que ejerce su acción; Hasta hay quienes sostienen que la palabra fuego, referida al Purgatorio, tiene un sentido figurado. Otros, en fin, consideran las penas del Purgatorio semejantes a las del Infierno, salvo su duración: unas temporales y otras eternas.

Intensidad de las penas del Purgatorio

Sobre la intensidad de estas penas, no existen definiciones dogmáticas. La fe tampoco nos proporciona más datos acerca de su intensidad que de su naturaleza. La Sagrada Escritura nada dice, y las enseñanzas que nos proporciona la tradición son tan poco precisas y concuerdan tan mal. entre sí que no puede afirmarse que existe doctrina católica sobre este punto. Ningún concilio ha tratado directamente esta cuestión; y la Iglesia jamás la ha definido. En este punto, debemos reducirnos, pues, a. conjeturas y suposiciones. Todo lo que de esto sabemos es que la expiación será proporcionada a la deuda contraída por los pecados. Que Dios atenderá a las leyes de una justicia rigurosa, y que las almas no entrarán en el Cielo sino después de haber satisfecho completamente por sus culpas.

Duración de las penas del Purgatorio

La Iglesia nada ha definido sobre el tiempo que permanecen las almas en el Purgatorio, y las opiniones se dividen. Unos sostienen que la duración es variada; Y por regla general, larga. Otros reconocen que dicha permanencia es relativamente corta para la mayoría. No se puede hablar, pues; de tiempo fijo o aproximado. Algunos sostienen que los justos del Purgatorio desean que se agraven sus penas, pensando que cuanto mayores sean sus sufrimientos, tanto más pronto se terminará el tiempo de expiación, pues un deseo ardiente del Cielo les devora. Uno de los medios más seguros y eficaces para acortar el tiempo de nuestro Purgatorio es profesar, durante la vida, una tierna y filial devoción a María.

Estado en que se hallan las almas del Purgatorio

Es doctrina católica que la suerte del hombre se decide definitivamente en la hora de la muerte. La sentencia irrevocable será la salvación o la condenación. Las almas del Purgatorio están confirmadas en gracia y nunca más la perderán. Son incapaces de hacer méritos y son impecables. Todavía no gozan de la visión beatífica, pero están seguras de su salvación. Las penas que padecen no tienen más que valor puramente satisfactorio. Las obras de este mundo son a la vez satisfactorias y meritorias hasta la muerte. Por tanto, es ventajoso en todos los conceptos expiar las faltas en este mundo.

Las almas del Purgatorio, como están en gracia de Dios, tienen poder de intercesión que pueden emplear en beneficio de los que amaron en la tierra. Son castigadas dichosas. La pena que sufren nada tiene de infamante, y su suerte es preferible a la nuestra. Por todo lo cual, podemos tomarlas por protectoras y, ayudarnos, es para ellas manantial de íntimo gozo. El santo Cura de Ars decía que es necesario rogar mucho por las almas del Purgatorio, para que ellas rueguen por nosotros.

Consuelo que proporciona la Fe

¡Cuán tristes son las separaciones ocasionadas por la muerte, para los que carecen de esperanza! La fe modera la pena por la muerte de las personas queridas. No se sigue de aquí que no nos sea lícito llorar. Jesús lloró por su amigo Lázaro. Sino que no hemos de dejarnos dominar por un dolor demasiado natural. Las separaciones ocasionadas por la muerte no son perpetuas, y la fe nos enseña lo mucho que podemos ayudar a nuestros difuntos que están en el Purgatorio, y nos da la esperanza de volver a vernos en el Cielo.

Osibilidad y obligación de socorrer a nuestros difuntos

A los que mueren arrepentidos sin haber satisfecho plenamente a la justicia de Dios -lo que podemos pensar es posible en nuestros difuntos- hemos de prestarles un auxilio de gran valor con nuestras plegarias y buenas obras, ofrecidas para aliviar sus sufrimientos, abreviar el tiempo de su expiación y ponerles en posesión de la eterna felicidad. Desde sus orígenes, la Iglesia ha orado por los muertos, lo que está en armonía con las enseñanzas de la Sagrada Escritura: «Obra santa y saludable es orar por los difuntos a fin de que sean purificados de todos sus pecados» (2 Mac 12,46). Los Padres lo recomiendan encarecidamente. En los escritos de San Agustín hay frecuentes alusiones a la oración por los difuntos que les será de gran provecho, en especial el sacrificio de la Misa, las limosnas y otras buenas obras que los fieles ofrecen para que las almas sean tratadas más benignamente de lo que sus pecados merecen. La Iglesia ora y manda orar por todos los muertos, a fin de suplir la falta de familiares y amigos que debieran cumplir este deber. En todo tiempo y en todas las Iglesias y ritos, se han hecho oficiales y públicas plegarias por los difuntos. Como ignoramos, el tiempo que duran las penas del Purgatorio para cada alma en particular, tengamos en cuenta, como enseña la Iglesia, que si las oraciones ya no son necesarias para quienes las ofrecemos, se benefician otras almas.

Sufrimiento y gozo

Hay que considerar que las almas del Purgatorio tienen el gran consuelo de estar en gracia, de amar mucho a Dios y de saber que son de Él infinitamente amadas. Están conformes con la justicia de Dios y no quieren otra cosa que el cumplimiento de su divina voluntad, que les permite purificarse hasta llegar al abrazo divino. Por esto sufren con gozo. Dolor y gozo no se excluyen.

Si consideramos el Purgatorio como lo que es en realidad, es decir, el laboratorio divino del Amor misericordioso, donde las almas sufren los últimos retoques para entrar en el Cielo, y que Dios mismo es el único operador, y que el único instrumento que usa es su amor prodigioso para cada una de las almas que Él purifica, nuestro corazón se sentirá más confiado y deseoso de ponerse plenamente en manos de Dios; para que haga de nosotros lo que quiera.

«LA SANTIDAD CRECE EN PROPORCIÓN DE LA DEVOCIÓN QUE SE TIENE A MARÍA», dice William Fáber. Una manera concreta y decisiva para la salvación eterna, es rezar cada mañana y cada noche las TRES AVEMARÍAS. No las olvidemos.